La diócesis de Sigüenza-Guadalajara acoge a un condenado por abuso a menores

Y así lo comunica, en una nota en la que expresa el nombre del sacerdote reintegrado. Que había sido agustino.

https://www.revistaecclesia.com/el-obispado-de-siguenza-guadalajara-acerca-del-religioso-celso-garcia-hernandez/

Tal vez estemos volviendo a la racionalidad y a la eclesialidad después de un periodo de caza de brujas tan inexplicable como absurdo. La Iglesia perdona cualquier pecado con las condiciones de siempre y el Estado, salvo aquellos que apliquen la pena de muerte o la cadena perpetua, deja en paz al delincuente si el delito ha prescrito o reintegra al reo a la sociedad una vez que ha cumplido la pena impuesta.

Pues el abuso a menores, pecado gravísimo y especialmente asqueroso, y delito grave pero sin alcanzar los extremos de horror de otros que se saldan con quince o veinte años de cárcel, había pasado a ser lo más abominable del mundo, sin perdón y sin salida.

He sostenido siempre que el sacerdote que abusa de menores hoy tiene que dejar el sacerdocio e ir a la cárcel. Pero me parece que no tiene el menor sentido que lo que hizo uno hace cuarenta años y sin repetición posterior sirva para que hoy sea carne de titulares y motivo de execración en la Iglesia.

Seguro que si un cabo de Infantería hace treinta años violó y asesinó a una joven, hoy no se publica la noticia en ningún periódico. Y si un agente de cambio y bolsa en 1950 abusó de dos mellizos veinte años, entonces se era menor hasta los veintiuno, en Esparraguera del Monte de Arriba, tampoco. Pero como hubiera sido un sacerdote, en todos los telediarios. Pues comprenderéis que algo rechina.

Don Atilano, obispo de Sigüenza-Guadalajara, que es posible que no sea una lumbrera teológica o canónica pero de corazón y sentido común, ese tan escaso, todo, aunque el Pululu nada, lo ha acogido en su diócesis, en un ministerio rural, donde no hay apenas niños y además con instrucciones al respecto, y con seguimiento personal del obispo.

A mí siempre me pareció Don Atilano  un pedazo de obispo y hoy me lo sigue pareciendo. Y eso que no comenzamos precisamente bien. Ha hecho lo que debía. Lo que eclesialmente debía. Hasta es posible que el intento salga mal. Espero que no. Pero ya está bien de esta arqueología sin sentido que en base a cuatrocientos sinvergüenzas del pasado, o cuatro mil,  pretende descalificar a todo el sacerdocio católico. Conmigo  que no cuenten. Y Don Atilano, sí

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