
Informaciones argentinas:
El impresentable arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, parece creer que sigue viviendo su otrora valedor argentino, en el Vaticano. Por eso, o tal vez como un desafío a León XIV, acaba de realizar unos patéticos nombramientos en su arquidiócesis, ex primada de Argentina.
Designó vicario general a Pedro Cannavó, uno de los últimos nombramientos episcopales de Bergoglio. Mononeuronal, su único «antecedente» es ser fanático militante kirchnerista, y «cura villero». Sus compañeros de Seminario recuerdan cómo se escapaba de allí para ir a los actos políticos, junto a su amigo, el también kirchnerista, Guillermo Moreno. Y otro obispo, que lo conoce muy bien, desde entonces, es categórico: «Se ordenó cura porque era protegido de Bergoglio, y del «Gallego» (hoy obispo de San Justo, Eduardo) García. ¿Méritos? Ninguno, más allá de su obsecuencia y militancia política. Eran conocidos sus faltazos a la Facultad de Teología. Con frecuencia dormía hasta media mañana, y aún más. Las trasnochadas militantes tenían sus costos».
El «Cuervo» nombró, también, como provicarios generales a los curas Alejandro Puiggari y Carlos White; dos mediocres, con sed de carrera, que han hecho de la «catequesis», el primero, y del «ecumenismo», el segundo, sus «cartas de presentación». Con esta tropa, la Iglesia argentina -y, particularmente, la porteña- sigue su -como dice el tango- «cuesta abajo, en su rodada». Hipotecada por las próximas décadas. Ojalá que el Papa León XIV tome decisiones claras: y eche a gorrazos a estos especímenes.
Un experimentado obispo de la zona metropolitana de la capital argentina, al analizar los nombramientos recientes del arzobispo de Buenos Aires, Jorge «Cuervo» García Cuerva, fue contundente: «Es la típica de un mediocre: elegir a sus colaboradores, no por sus antecedentes, sino por su prontuario. El «Cuervo» es un oscuro cura de ‘periferias’, de San Isidro, hecho obispo por Bergoglio, por su ideología, chatura, y obsecuencia. No hubiese pasado, jamás, una investigación seria del Dicasterio de los Obispos. Muerto su mentor, pretende seguir viviendo de su mortaja, o hacerle un claro desafío a León XIV, con impresentables de su misma cuerda. Cannavó es de lo peor de sus auxiliares, y por eso lo hizo su vicario general. Lo podrá tener bajo su incondicional sumisión, porque conoce de sobra su pasado».
Dijo, también, que «el gran perdedor, en todos estos cambios, es Alejandro Giorgi. Tendrá que conformarse con ser una figura decorativa, sin ningún poder de decisión, como vicario de la zona Centro. Muy poco para quien pretendía que valiesen sus antecedentes (es médico, y fue rector del Seminario de Buenos Aires), y lo considerasen para más; incluso, para gobernar una diócesis. Tendrá que resistir, como pueda, hasta esperar su jubilación».
Dijo, también, que «los provicarios -con posibilidades de ser próximos obispos- son, también, parte del cuadro de la opacidad. Alejandro Puiggari hace treinta años que pretende venderse como el ‘apóstol de la catequesis’ y no es más que un angurriento del poder -como es de la comida-; que se cree llamado a grandes responsabilidades, por ser familiar del recordado padre Etcheverry Boneo, y egresado del Colegio San Pablo. Supone, igualmente, sentirse avalado para un cargo episcopal, por ser hermano del ex arzobispo de Paraná, Monseñor Juan Puiggari. Lo cierto es que éste pasó, con pena y sin gloria, por esa arquidiócesis; sin frenar la deriva progresista, iniciada por sus predecesores, el Cardenal Karlic, y Monseñor Maulión».
Y, con respecto al otro provicario general, Carlos White, dijo que «es otro zurdito de ‘buenos modales’. Que, con su fingido aire angelical, destila su heterodoxia. En fin, una catarata de nombramientos patéticos, que seguirán arrastrando hasta la casi insignificancia a la decadente Iglesia argentina».
Sobre el último nombramiento del «Cuervo», el del párroco de San José de Flores, padre Martín Bourdieu, como interino de la Vicaría Flores, este obispo concluyó: «Es el más católico de todos. Es trabajador, bien varonil, y procede de una familia acomodada. No necesita de la dignidad episcopal para ‘ser más’. Esperemos que sea un cierto contrapeso ante tanto desmadre».