Munilla y la equidistancia que todo lo pudre

Munilla y la equidistancia que todo lo pudre

Si algo define a gran parte de la jerarquía eclesiástica contemporánea es su obsesión enfermiza por la equidistancia. No pueden condenar el mal sin meter en el mismo saco a los que lo combaten, no pueden defender una causa justa sin señalar algún «pero» que desactive su discurso. Se creen árbitros morales del universo, cuando en realidad solo practican un relativismo acomodaticio que no molesta a nadie pero tampoco convence a nadie.

El obispo Munilla, en su programa Sexto Continente, ha dado un nuevo ejemplo de esta tendencia desquiciante. En su última intervención, analiza a Trump y, como era de esperar, intenta equilibrar la balanza. Por un lado, reconoce que Trump ha sido un defensor de la vida y se ha opuesto a la locura trans, pero acto seguido lo pone al mismo nivel de condena que los promotores del aborto y la ideología de género porque, según él, su postura contra la inmigración ilegal y su apoyo a Israel «desacreditan moralmente» su causa.

Munilla sostiene que si alguien defiende la vida pero no apoya a los gazatíes, entonces su postura provida queda en entredicho. Este tipo de razonamiento solo puede salir de una mente clerical acostumbrada a no pensar en términos de realidad sino en términos de narrativa emocional. Según esta lógica, la defensa de los no nacidos ahora debe estar supeditada a una postura política concreta sobre Oriente Medio. La implicación es clara: no basta con estar en contra del aborto, también hay que alinearse con un discurso migratorio globalista o, de lo contrario, la causa provida «queda desacreditada».

Pero lo más delirante de su intervención llega cuando afirma que Trump no tiene coherencia de vida sexual y que, por tanto, no puede tener principios sólidos. Esta afirmación, que pretende ser una crítica moral, en realidad define una mentalidad clerical enferma que se empeña en juzgar el corazón del otro. Para Munilla, un hombre que ha actuado valientemente en la defensa de la vida y contra la ideología de género no puede ser tomado en serio porque su vida privada no encaja en el ideal que él considera necesario. Es el típico clericalismo de despacho: no importa lo que hagas en la esfera pública si no cumples con un criterio de pureza privada que ellos mismos establecen.

Esto es especialmente escandaloso porque, en la práctica, implica que cualquier persona con un pasado pecaminoso —como todos los conversos de la historia— no podría nunca defender causas justas. Es la mentalidad del fariseo que desprecia al publicano porque no ha vivido siempre conforme a la ley.

Munilla también critica a Trump por sancionar a la Corte Penal Internacional (CPI) después de que esta dictara una orden de persecución contra Netanyahu por crímenes de guerra. Munilla presenta esto como si fuera la gran injusticia del siglo, sin detenerse a analizar lo que realmente implica. La CPI, como toda institución supranacional, es un instrumento ideológico utilizado selectivamente. No persigue a regímenes comunistas ni a los patrocinadores del terrorismo islámico, pero sí a líderes occidentales que deciden actuar con firmeza. Que un presidente estadounidense cuestione su legitimidad no es una «barbaridad», como dice Munilla, sino sentido común.

El problema de Munilla es el mismo que el de tantos prelados: su concepto de justicia está completamente deformado por el miedo a ser tachado de parcial. No entienden que la equidistancia no es virtud, sino cobardía disfrazada de sensatez. En un mundo donde el bien y el mal están claramente definidos en muchos aspectos, jugar a ser el moderador imparcial solo te convierte en irrelevante.

Mientras los enemigos de la Iglesia avanzan sin escrúpulos, la jerarquía sigue obsesionada con quedar bien. Mientras el aborto, la eutanasia y la destrucción de la familia se imponen con brutalidad, los obispos prefieren repartir reprimendas equidistantes para no molestar demasiado a nadie. Y así, poco a poco, van perdiendo toda autoridad moral.

Munilla, que en su día parecía un obispo con principios claros, ha caído en este juego. Ha elegido la postura cómoda del «sí, pero no», de la condena tibia que se matiza al instante. Y así, sin darse cuenta, ha terminado haciendo lo que tantos otros: diluir la verdad hasta hacerla irreconocible.

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