A las 11 de la mañana atravesaba puntualmente las puertas de la milenaria catedral de la Seo de Urgel la procesión de obispos para la celebración de la Misa de ordenación episcopal de Monseñor José Luis Serrano Pentinat como nuevo obispo coadjutor de la diócesis de Urgel, con derecho a sucesión del actual obispo, Monseñor Joan-Enric Vives.
Desde primera hora de la mañana se había realizado un gran despliegue de seguridad policial, cortando todos los accesos a la plaza de la catedral, y con gran presencia de efectivos, puesto que, al ser desde tiempos medievales el obispo de Urgel también co-príncipe de Andorra, se esperaba presencia de multitud de instituciones políticas, entre ellas, el presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa, además de autoridades andorranas.
Presidía (celebraba) la Misa Monseñor Edgar Peña Parra, arzobispo titular de Telepte y sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, por elección, según podía leerse en la bula papal que designaba a Serrano Pentitat, de éste mismo. En el pequeño presbiterio de la catedral se podía contar una treintena de mitrados concelebrantes; entre ellos, todos los de la llamada “provincia” tarraconense, que reúne a las diócesis de la Iglesia Católica en territorio catalán, con el cardenal arzobispo de Barcelona a la cabeza, sus dos auxiliares y demás obispos.
Estaba también el nuncio del papa en España, Monseñor Bernardito Auza, el arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, el secretario de la Conferencia Episcopal Española, César García Magán, el obispo de Mallorca, Sebastián Taltavull, el jubilado obispo Javier Salinas (quien, en sus tiempos como obispo de Tortosa ordenó a Monseñor Serrano Pentinat), y el arzobispo de Valencia entre otros. Junto a los obispos, colocados ya en la nave, un centenar de sacerdotes concelebrantes, según anunciaba la diócesis de Urgel, y unos cuantos diáconos.
Una de las personas asistentes a la ordenación episcopal de Serrano destaca la atención la multitud de autoridades políticas y de medios de comunicación; una multitud tan significativa que se hacía excesiva para una diócesis rural como la de Urgel, con unas setenta mil almas en su zona catalana, si no fuera porque estaba en juego también el papel político que conlleva el episcopado de esta diócesis en Andorra, que cuenta con unas setenta mil almas más.
La Misa ha sido bella, sobria y bien celebrada, con los cantos a cargo del “Coro de pequeños Cantores del Principado de Andorra”, y una combinación de español y catalán, en la que entendemos que Monseñor Peña Parra ha realizado un gran esfuerzo. La fecha elegida, fiesta de San Mateo, Apóstol, ha dado lugar a una hermosa homilía sobre el sentido de la figura del obispo como sucesor de los Apóstoles y su papel como evangelizador y pastor. Monseñor Peña Parra ha hecho también referencia al lema episcopal del Papa Francisco, “Miserando atque eligendo”, muy inspirado por la figura de san Mateo y su vocación siendo recaudador de impuestos. Teniendo en cuenta las noticias que circulan sobre Monseñor Peña Parra en temas inmobiliarios, era difícil no pensar, escuchando su bello sermón, en las palabras de Nuestro Señor: “haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23, 3).
De hecho, esta cuestión de la Iglesia, santa y con presencia en ella de hombres pecadores, casi flotaba en el ambiente. Al nuevo obispo se le veía contenidamente nervioso y en actitud orante, y el actual arzobispo-obispo, Monseñor Joan-Enric Vives, ha destacado que se dice de él que es “buena persona”.
El perfil diplomático y la juventud del nuevo obispo (nacido en 1977) han despertado desde que se conoció su nombramiento el pasado 12 de julio numerosas conjeturas; ha parecido desde el principio un nombramiento de corte político destinado a trabajar sobre la cuestión del papel político en Andorra del obispo de Urgel.
La presencia de autoridades políticas y las cuestiones civiles se han dejado oír en los agradecimientos, obligados, y había tanto en el libreto de la Misa como en las palabras de agradecimiento de Serrano Pentinat al final de la misma una cuña, obligada también, de referencia a los “migrantes”.
Sin embargo, dejando de lado estas cuestiones, propias de nuestra naturaleza caída, la belleza de la liturgia católica ha podido más, y en ese tiempo fuera del tiempo ordinario que es la Santa Misa, han brillado con luz propia los símbolos de la unción, la entrega de la mitra y el báculo y la imposición de manos y la alegría de la Iglesia universal y la Iglesia local de la consagración de un nuevo sucesor de los Apóstoles.