(M. Emmanuel Corradini en Il Timone)-A veces pensamos que seguimos adelante a través de la expresión de las virtudes o de nuestras «florecillas»; en cambio, el camino que lleva al corazón de Dios son nuestras caídas, que pueden abrir una brecha en la que puede obrar la Gracia.
Para hablar de confesión, primero debemos afirmar que existe el pecado. El hombre, creado libre, inicialmente elige el amor, pero con la adhesión de su libertad a la insinuación del enemigo de ser como Dios, a veces se encuentra desnudo, perdido, en conflicto consigo mismo, con Dios y con el prójimo. Con el pecado se crea una herida profunda, que lacera la carne del hombre y que solo Dios, a través de su amor misericordioso, puede sanar. No es casualidad que san Ambrosio, en la conclusión al comentario a la obra de los seis día observa: «Doy gracias al Señor, Dios nuestro, que ha creado una obra tan maravillosa en la que descansar; creó el cielo y no leo que descansara; creó la tierra y no leo que descansara; creó el sol, la luna y las estrellas y ni siquiera entonces leo que descansara; pero leo que creó al hombre y que en ese momento descansó, al tener un ser a quien perdonar los pecados» (Exameron, VI, IX, 10, 76). Dios descansa cuando puede comunicar su presencia amorosa a la criatura herida, aliviándola de la tristeza y de los errores desencadenados por la presunción de bastarse a sí misma. El encuentro entre nuestra voluntad de autonomía y la insistencia amorosa de Dios con la que quiere recuperarnos se llama misericordia. Misericordia que, diariamente, nos sale al encuentro precisamente donde fallamos, donde la tristeza nos sorprende, donde el fondo y el abismo solo puede ser alcanzado por Dios, y donde solo quienes se sienten ladrones y pecadores experimentan una salvación ofrecida de manera gratuita y total.
Un abrazo misericordioso
En un pasaje de Los hermanos Karamazov, Dostoyevski describe magníficamente este pasaje del perdón de Dios a su criatura herida, a través de un abrazo de misericordia que devuelve al hombre a la vida. «‘No temas nada, ni temas nunca ni te acongojes. Que el arrepentimiento no mengüe en ti y Dios te lo perdonará todo. No hay ni puede haber en toda la tierra un pecado que Dios no perdone al que se arrepiente de verdad. Y el hombre no puede cometer un pecado tan grande que agote el infinito amor del Señor. ¿Puede haber acaso un pecado que supere el amor de Dios? Preocúpate siempre de tu arrepentimiento, incesantemente, y arroja el miedo por completo. Has de creer que Dios te quiere tanto como no puedes ni imaginarte, te quiere con tu pecado y en tu pecado. Habrá más alegría en el cielo por un arrepentido que por diez justos, se ha dicho hace mucho. Vete, pues, y no temas. No te disgustes por la gente, no te enojes por las ofensas. Perdona de todo corazón al difunto sus agravios, reconcíliate con él de verdad. Si te arrepientes, amas. Si amas, ya eres de Dios… Con amor todo se compra, todo se salva. Si yo, pecador como tú, me he enternecido escuchándote y he sentido compasión por ti, ¿qué no hará Dios? El amor es un tesoro tan valioso que con él puedes comprar todo el mundo, puedes redimir no sólo tus pecados, sino además pecados ajenos. Vete y no tengas miedo. […]’. ‘Me he sentido tan conmovida…'» (Libro II, 3). La misericordia es la única verdadera belleza que puede dar de nuevo luz a nuestro rostro, porque es la belleza que se hace compatible con el mal, con las heridas, con los fracasos presentes en nuestro corazón y que emergen en nuestra vida y en nuestro rostro, pues llevamos sus signos. Esta misericordiosa belleza, inextinguible y única, está en el rostro «del más bello de los hijos del hombre».
Feliz culpa
En ese rostro, que «vimos sin aspecto atrayente» (Is 53), está Dios, que se hace similar a nosotros y afirma: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Mt 9,12). En un instante, la ternura misericordiosa de Dios nos envuelve y, con un paradójico golpe de Gracia que da vida y no muerte, nuestra desesperación puede transformarse en salvación. Dios «utiliza» nuestro pecado para declararnos su amor, manifestar su sobreabundante misericordia, que nos reviste. A veces, también en nuestro camino espiritual pensamos que vamos a Dios solo a través de la expresión de nuestras virtudes o «florecillas» que nos imponemos para expresar cercanía a quien sufre. En cambio, descubrimos que el camino que lleva realmente al corazón de Dios y a la experiencia de su misericordia son nuestras caídas, nuestros fracasos, que acaban por abrir una brecha donde, por fin, puede obrar la Gracia.
O feliz culpa se canta en el pregón pascual. No hay perdón sin herida, como no hay misericordia sin justicia. Tocar a Dios con la propia herida abierta es el secreto para experimentar su misericordia y ver, por fin, sin defensas, la belleza que todo vence y todo conquista, belleza antigua y siempre nueva; nunca es demasiado tarde para que ella nos seduzca, como le sucedió a san Agustín o al ladrón arrepentido en la cruz, el cual, viendo una mirada de misericordia como nunca había recibido en su vida, se encontró dentro del corazón partido de Cristo y, por ende, directamente en el paraíso. Ese malhechor, que representa a cada uno de nosotros, no puede alegar nada en su defensa, no puede pagar nada, está desnudo y herido por la vida y los errores, y sin embargo consigue decir lo único necesario: «Señor, acuérdate de mí».
Agradecidos a la rejilla
Este encuentro en la cruz es, paradójicamente, el que acontece en cada confesión. Un encuentro, un cara a cara entre la misericordia de Dios y yo, el lugar donde Jesús coge mi pecado, me perdona y me lleva consigo. ¿Cómo se puede renunciar a tanta gracia, que nos vuelve a poner en pie y nos conmueve? Solo el encuentro con la gracia de Dios en el sacramento puede volver a dar al hombre, a cada uno de nosotros, una mirada nueva, ante todo, sobre nosotros mismos, una mirada que, primero, nos recupera ante nuestros ojos haciendo que la luz de la verdad no nos haga huir sino que, alzándonos, nos permite levantarnos de nuevo y caminar con esa paz que no tiene sentimientos de culpa. ¿Quién puede renunciar a tanta gracia, que nos alcanza hasta donde ningún hombre, ningún especialista, puede comprendernos? En el sacramento de la Reconciliación solo se experimenta y se nos ofrece el Amor, el verdadero. En él se «conoce» de verdad quien es Dios: el Salvador. Al hombre, a cada uno de nosotros, no nos queda más que estar agradecidos, descubriendo cómo la benevolencia y la ternura de Dios ya habita en nosotros. Pecadores, sí, pero amados y esperados, capaces de experimentar en el corazón una plenitud y un gozo que llenan los ojos de lágrimas.
Publicado en M. Emmanuel Corradini en Il Timone
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana