¿Qué posibilidad de ser escuchada en el proceso sinodal tiene la Iglesia perseguida?

¿Qué posibilidad de ser escuchada en el proceso sinodal tiene la Iglesia perseguida?

En vísperas del muy esperado sínodo sobre la sinodalidad, ya han llegado a Roma los resultados del famoso ‘proceso de escucha’. Pero si la preocupación en el mundo libre es que el mensaje no sea representativo, en la Iglesia clandestina de los países sometidos a persecución es que no pueda ser libre o sincera.

Imagine que es usted un católico chino implicado en su parroquia. Recibe usted un formulario con determinadas cuestiones del gobierno de la Iglesia que se supone debe rellenar con sus opiniones, que luego serán recopiladas por su obispo y enviadas a Roma. ¿Se fiaría? ¿No tendría miedo de que esas fichas cayeran en manos de los guardianes de la ortodoxia comunista para usarse en su contra?

Si en Occidente se critica el proceso sinodal por poco representativo, ya que uno porción minúscula de fieles se ha molestado en hacer oír su voz en él, el verdadero problema está en los países que persiguen la fe, cuyos pastores bastante tienen con que su rebaño sobreviva y mantenga la fe de un día para otro. Casualmente, esos países son esas “periferias existenciales” que el Papa tiene como favoritas en teoría, aunque en la práctica parecen ser iglesias ricas y centrales como la alemana las que marcan el ritmo de la renovación.

El Vaticano, en su ingenuidad y en su deseo de generar un proceso ‘espontáneo’, no ha previsto ningún mecanismo para asegurar que los regímenes enemigos de la Iglesia no manipulan descaradamente las respuestas, dando así una influencia sobre los destinos temporales de nuestra Iglesia a sus enemigos declarados. Los cardenales Mario Grech, de Malta, y Jean-Claude Hollerich, SJ, de Luxemburgo, pese a su declarado entusiasmo por el proceso sinodal, han expresado su preocupación sobre la integridad de las respuestas de iglesias como la de China.

En otro sentido, tampoco parece seguro -quizá, ni siquiera probable- que la información recabada por los obispos en Occidente refleje tanto la visión del feligrés promedio como la de los activistas más interesados en cambiar la doctrina.

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