Como suele decirse, se ha vuelto viral el caso de un sacerdote que, forzado a dar misa sin fieles, ha pedido a sus parroquianos que le manden fotos propias que luego imprime y pega en los bancos, para dar la misa con los bancos aparentemente llenos.
La cosa no pasaría de mera anécdota, material de redes sociales, si no fuera porque revela una tendencia preocupante sobre el concepto de la Santa Misa en particular, y de los Sacramentos en general.
Con permiso del buen párroco, al que le supongo las mejores intenciones del mundo, se me ocurren pocas cosas tan absurdas como dar una misa en soliario ‘ad populum’ cuando no hay ‘populus’ alguno. Y si en este caso quizá no haya otra cosa que la nostalgia del sacerdote con la ausencia de sus fieles, también podría indicar un error cada vez más extendido entre los católicos desde hace ya medio siglo: la creencia de que lo importante de la Misa es su aspecto de ‘celebración comunitaria’, y no la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario. Que un cura, ni siquiera estando solo para celebrar la Santa Misa, se vuelva de cara a Dios es un tanto desconcertante.
Esta insinuación de protestantismo en nuestra Iglesia está, como decía, bastante extendida, a veces de un modo inconsciente incluso entre quienes se preocupan de formarse adecuadamente en nuestra fe, y que consiste en creer que la eficacia de los sacramentos la ponemos nosotros, nuestra presencia y nuestra devoción.
De hecho, se ha colado en el debate del que hablábamos ayer, y muchos de los que protestan por quedarse sin “su” misa no dan la impresión de entender que lo verdaderamente importante, lo esencial, es que la misa se celebre, con o sin nosotros.
Lo crucial de la Misa es su celebración, no nuestra presencia; lo crucial es la Consagración, no la comunión. De hecho, durante más de mil años, se desalentaba la comunión frecuente. Se hacía de la recepción del Cuerpo de Cristo un inefable privilegio ante el cual el fiel debía prepararse concienzudamente y debía agradecer en consecuencia. Hoy lo normal es que casi todos los que asisten a Misa se acerquen a recibir la comunión, lo que hubiera sorprendido a legiones de santos que nos han precedido.