¿Tiene el católico el deber de obedecer a la ONU?

¿Tiene el católico el deber de obedecer a la ONU?

“Si nos consideramos humanidad, entonces tenemos el deber de obedecer cuando organizaciones internacionales hacen afirmaciones”, dijo Su Santidad en la rueda de prensa en vuelo a su vuelta de Mozambique. ¿Realmente debe el católico obedecer a una organización internacional que promueve una visión radicalmente anticristiana?

La desconcertante afirmación del Santo Padre empezaba con la declaración de una causa para esa ‘obediencia’: “cuando nosotros las reconocemos y les damos la capacidad de juzgar internacionalmente”. ¿Quién es ese “nosotros”? Porque si existe un organismo absolutamente carente de legitimidad democrática, ese es la ONU. Ningún electorado ha votado a su Secretario General, ante ningún ‘pueblo’ deben responder sus numerosos departamentos y organizaciones asociadas.

Pero si ya es sorprenderte que el representante de Cristo en la tierra nos pida que ‘obedezcamos’ a una organización internacional que no hemos elegido, siendo la propia Iglesia la única institución universal legítima, lo es más cuando examinamos la naturaleza de esa organización que debemos “obedecer” y sus fines, frontalmente contrarios a la doctrina moral católica.

La ONU ha sido responsable del mayor -en dólares- escándalo de corrupción de la historia, el de ‘petróleo por alimentos’, del que se benefició, entre otros, el propio hijo del secretario general Kofi Annan. Y no ha sido un caso aislado, aunque peores fueron los numerosos escándalos de prostitución infantil protagonizados por sus tropas de Paz en África (sí, la paz puede ser una bonita consigna para tapar las perversiones más indignantes). Un reciente informe publicado por el diario británico The Sun eleva a 3.300 pedófilos en la nómina de la ONU, responsables de decenas de miles de violaciones, según un ex empleado de la organización, Andrew Macleod.

Más importante aún es lo que la ONU defiende, sostiene, promueve e intenta imponer en todo el mundo: la ideología de género, el aborto, la esterilización de las poblaciones de países en desarrollo, los grupos LGTBI, el feminismo radical, la destrucción de la familia o, al menos, su subordinación a la autoridad política, etcétera.

Y, sin embargo, aunque esta ha sido la declaración más explícita del Santo Padre a este respecto, no es ni de lejos la primera en la que revela su extraordinaria sintonía con la organización internacional, con la que el Vaticano colabora en multitud de proyectos. Un alto miembro de la Curia nos confesaba ‘off the record’ hace algún tiempo su alegría de que, al fin, la Iglesia y el Mundo empezaran a converger en acciones y objetivos, refiriéndose específicamente a la ONU, lo que parece darse de bofetadas con ese “si el mundo os odia…” evangélico y con la radical oposición que ha sido doctrina común desde el principio.

Es obvio desde hace ya tiempo que Su Santidad estrecha su alianza con la ONU a partir de las preocupaciones que se han convertido en obsesivas en sus mensajes, como la desaparición de las fronteras y la lucha contra el Cambio Climático. Pero es difícil pasar por alto dos hechos evidentes: que estas dos obsesiones son, cuanto menos, opinables y no parte de la doctrina de la Iglesia, y, sobre todo, que existe el riesgo de que las ventajas de una alianza con la organización internacional tienten a pasar por alto los aspectos claramente anticristianos de las políticas de la ONU.

Vemos esta tentación, por ejemplo, en China, donde la Iglesia calla ante las protestas de Hong Kong, aunque su diminuta minoría católica juegue un papel desproporcionado, por los compromisos que tiene con Pekín. O con los católicos martirizados en África y otras partes, a los que apenas se menciona en Roma porque sus verdugos son musulmanes, y ahora hemos de creer que, como dijo ayer el cardenal Carlos Osoro, “todas las religiones son religiones de paz”.

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