En un tiempo necesitado del ejemplo de los mártires y de aquellos que han defendido su fe hasta las últimas consecuencias, el sacerdote Charles P. Connor nos acerca a algunas de las grandes figuras de la historia de la Iglesia a través de las páginas de Defensores de la fe. En este libro, publicado en España por la editorial Homo Legens,descubrimos las vidas ejemplares de aquellos que fueron baluartes de la fe en algunos de los momentos más relevantes -y también más difíciles- de la historia de la Iglesia.
Historias heroicas como las de los primeros mártires, que dieron su vida en defensa de la fe bajo el Imperio Romano, durante las feroces persecuciones que tuvieron lugar en los primeros siglos de vida de la Iglesia. Este fue el caso de san Tarsicio, que pagó con su vida su fidelidad a Cristo en los tiempos de la persecución del emperador Valeriano. Fue acorralado mientras llevaba la comunión a los enfermos y murió tratando de proteger la Eucaristía que le había sido confiada.
Otro de los testigos de la fe de estos primeros tiempos fue santa Felicidad, esclava de la noble santa Perpetua en Cartago. Fue martirizada en el año 203 tras negarse a hacer sacrificios a los dioses. Su respuesta ante la amenaza de ser echada a las fieras es para todos los cristianos un ejemplo de fe y confianza en Dios: «Ahora soy yo la que sufro. Pero entonces habrá otro que sufrirá por mí, porque yo sufriré por él.»
Años más tarde, era san Cipriano, obispo de Cartago, quien daba testimonio de Cristo hasta el derramamiento de sangre. Capturado durante las persecuciones de Valeriano, afrontó con valentía el martirio, confirmando su negativa a participar en los rituales a los dioses paganos.
Las persecuciones a estos primeros defensores de la fe comenzaron en el siglo I bajo el mandato del emperador Nerón y fueron soportadas por los cristianos con fortaleza heroica. A pesar de padecer todo tipo de sufrimientos a causa de su fe, la caridad fue la respuesta que ofrecieron a sus perseguidores. El testimonio de Tertuliano de Cartago, recogido en las páginas de Defensores de la fe, así lo confirma:
Somos un solo “cuerpo” por el sentimiento de una misma creencia, por la unidad de la disciplina, por el vínculo de una misma esperanza. Formamos una agrupación y un batallón para asediar a Dios con nuestras plegarias, como cerrando filas ante Él. (…) Rezamos también por los emperadores, por los ministros, por las autoridades (…) Pero es sobre todo esta práctica de la caridad la que, a ojos de muchos, nos imprime un carácter vergonzoso. “Mirad -se dicen- cómo se aman los unos a los otros”, porque ellos se detestan entre sí; “mirad -dicen-cómo están dispuestos a morir unos por otros”, porque ellos están dispuestos más bien a matarse (…)
La última de las grandes persecuciones contra los cristianos se produjo durante el mandato de Diocleciano a principios del siglo IV. Esta persecución se extendió por todo el Imperio y duró una década. La llegada al poder de Constantino trajo finalmente la paz y el fin de las persecuciones de las autoridades a los cristianos. Sobre este momento histórico escribe Eusebio de Cesarea en un fragmento que recoge Charles P. Connor en su obra:
Y al ocurrir de este modo las cosas, de repente, como una luz que brilla saliendo de la noche oscura, en cada ciudad se podían ver iglesias congregadas, reuniones concurridísimas y, además, las ceremonias ejecutadas al modo acostumbrado. Y todo pagano infiel era presa de gran estupor ante esto y se maravillaba de cambio tan prodigioso y a gritos proclamaba grande y único verdadero al Dios de los cristianos.