Así viven los refugiados que han ocupado una iglesia del Vaticano

Así viven los refugiados que han ocupado una iglesia del Vaticano

Tiendas de campaña en el corazón de Roma, en una Iglesia que goza de extraterritorialidad de la Ciudad del Vaticano. Así viven las familias, alguna mujer embarazada incluida, que han ocupado la basílica de los doce apóstoles. La Gendarmería espera la orden del Papa para desalojarles.

«Acoger a esta gente es como ofrecer una cabaña a Jesús, José y María. Es el espíritu del Papa Francisco. No es una respuesta a sus problemas, estamos esperando que las instituciones se muevan y den una solución. Pero mientras tanto afrontamos la emergencia. ¿La reacción de la gente, de los fieles? Los gestos de solidaridad son muchos: ofrecen su ayuda los parroquianos, los transeúntes, también los rectores y los párrocos de las iglesias cercanas. Seguimos con nuestra vida normal. Con ellos aquí». Fr. Agnello Stoia, hábito gris de los Hermanos Menores Conventuales, es el párroco de la Basílica de los Santos XII Apóstoles, en Roma: una expresión serena pero decidida, parece un profesor universitario. Desde el 10 de agosto, el pórtico del siglo XV, bajo la fachada neoclásica de Valadier, acoge unas tiendas de campaña. Bajo la verja los carteles explican: «Primero los pobres», «Casa/sueldo/dignidad», «Nunca más sin casa».

Más de cien personas (según un censo auto-organizado de 45 niños y 60 adultos) están acampadas en este lugar después del desalojo, el 10 de agosto pasado, del edificio que ocupaban desde 2013 (antes perteneciente al Instituto Nazionale di Prevvidenza Sociale, ahora de un privado) en via Quintavalle 88, en Cinecittà. Horas de tensión ese día, helicópteros volando a baja altura, trifulcas, pero ningún herido. Por la noche, manifestación delante de la sede del gobierno civil; después, la ocupación de la cercana antigua Basílica, detrás de plaza Venecia y via del Corso. Por último la negociación: tiendas de campaña bajo el pórtico. Algunas de las personas proceden de otro desalojo, el de enero en Colle Monfortani, en la Prenestina.
Tiendas de campaña ultraligeras y colchones para una humanidad multicolor: italianos como Alberto, 35 años, romano, trabajos ocasionales. O el rumano Costantino, 44 años, albañil enfermo, con su mujer y una hija de 9 años. Y marroquíes, sudaneses, mucha gente de Europa del Este. Y sirios y sudamericanos. Entre ellos hablan italiano, único denominador lingüístico común. Mujeres con el velo islámico comparten el espacio con una bella joven centroafricana vestida con un body negro muy ceñido. Los niños, que saben organizarse en las emergencias, juegan todos en la plaza, olvidándose de las nacionalidades, las religiones, el color de la piel y el desahucio. Basta un yeso, el dibujo de la rayuela en el suelo y todo son risas.
Más serios los adultos. Sólo voces, ni nombre ni apellidos si se quieren relatos. Es el pacto. «Nos han desahuciado sin darnos antes una solución. ¿Refugiados políticos? No hay. Llegó una propuesta del ayuntamiento: dividir a las familias, poner a las madres y a los niños en un lugar y a los hombres en medio de la calle. Inaceptable. Muchos de los niños están inscritos en escuelas de Cinecittà, en la Don Gioacchino Rey, en via Laparelli. Ahora, dentro de pocos días, ¿cómo harán, cómo podrán ir al colegio? Nadie nos da una respuesta». Otras voces: «No hay servicios higiénicos, recurrimos a la paciencia de los bares y restaurantes de la zona. Para lavarnos nos ayudan nuestros amigos o las duchas bajo la columnata de San Pedro para las personas sin hogar. Hemos pedido una y otra vez baños químicos, pero no han llegado». A la izquierda del pórtico hay un lavabo de emergencia, precisamente bajo la tumba del grabador Volpato firmada por Canova, con un tubo enganchado a un grifo de la Basílica: hacen la colada y luego tienden la ropa. ¿Y para comer? «Recibimos muchísima ayuda de los habitantes de la zona. De ésta y otras parroquias. No, a Caritas no la hemos visto. Como tampoco a la Comunidad de Sant’Egidio. Ha venido la Ronda della Solidarietà, una Onlus (Organización no lucrativa de utilidad social). Esperábamos al Limosnero papal que ayuda a todos, pero… También están los turistas, muchos: hacen fotografías, no creen lo que ven, regalan galletas y caramelos a los niños».
Frente a las tiendas de campaña, el palacio Odescalchi; a la izquierda, el palacio Colonna, pertenecientes a dos familias nobles romanas. Alberto los mira: «Roma, cada noche, se convierte en un dormitorio al aire libre y nadie se preocupa… Nos hacen sentir culpables de ser pobres».
(Publicado originalmente en Il Corriere, Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana)

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