
Uno muchas veces está devorado por el tiempo, deja para mañana el hablar de una noticia, al día siguiente vuelve a ocurrir lo mismo y el propósito se desvanece en el olvido. Así me ocurrió con este artículo de mi queridísimo y admirado amigo Nemesio Rodríguez Lois que hoy me he vuelto a encontrar, varios meses después, haciendo limpieza de un correo siempre sobresaturado. Pues de hoy no pasa. Y aquí están hoy esos niños mejicanos, mártires y ya santos.
Olvido injusto y además maleducado por cuanto Nemesio tuvo la amabilidad de citarme en su escrito. Al parecer dije en algún sitio, supongo que refiriéndome al también niño mártir y santo, José Sánchez del Río, por quien tan enorme devoción y admiración tengo, qué maravilloso un país como Méjico en el que hasta los niños son santos. Sí recuerdo en cambio haber dicho en una conferencia, hablando de mi España visigoda, de la que la Nueva España es también heredera, algo muy similar: Maravillosa una nación en la que los obispos, tantos, fueron santos.
No tenía ni idea de la existencia de estos tres santos niños que se unen a los ya gloriosos San Francisco, Santa Jacinta, San José Sánchez del Río… Hay en lista de espera, junto a otros, tres niñas españolas de vida tan corta como llena de inmenso amor a Cristo y a su Santísima Madre, de sufrimiento, de lo que privadamente podemos afirmar, de santidad. Dios permita, yo así se lo ruego, que la Iglesia reconozca tantas vidas verdaderamente admirables.
Mi maestro Eugenio Vegas, a quien tantísimo debo, repetía que no hay mejor lectura que las vidas de santos. Estoy en total acuerdo con él y dese mi insignificancia se lo recomiendo de todo corazón a mis lectores. En el convencimiento de que con ello sólo obtendrán beneficios y no sólo espirituales. Porque leyendo esas vidas se es mejor padre y madre, marido y mujer, hijo, joven, anciano, profesional, amigo, vecino, político… y enfermo.
Satisfecha, gozosamente por mi parte, la deuda que tenía con los tres Santos Niños Mártires de Taxcala, rogando a Nemesio que perdone mi olvido, seguro estoy que no me ha perdonado nada porque su corazón generoso y amigo no tomó en cuenta para nada el retraso. Y tal vez la lectura de vidas de santos, que ambos frecuentamos, haya marcado nuestras vidas, con tantas cosas comunes, y nuestra gran amistad.
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