El Tránsito de san Francisco: el antiguo rito que recuerda sus últimas horas

El Tránsito de san Francisco: el antiguo rito que recuerda sus últimas horas

Este 3 de octubre se cumplen exactamente ochocientos años de la muerte de san Francisco de Asís. La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 4 de octubre, pero la tradición franciscana comienza a recordarlo cuando cae la tarde de la víspera, mediante una antigua celebración conocida como el Tránsito de san Francisco.

No se trata simplemente de anticipar la fiesta del santo. La palabra latina transitus —paso— expresa la manera cristiana de contemplar aquello que ocurrió en la Porciúncula durante la tarde del 3 de octubre de 1226: Francisco dejó la vida terrena para comparecer ante Dios.

Este año la celebración tiene un carácter excepcional. La Iglesia conmemora el VIII centenario del Tránsito del Poverello, última de las grandes efemérides franciscanas celebradas durante estos años después de los ochocientos años de la Regla y la Navidad de Greccio, los estigmas de La Verna y la composición del Cántico de las criaturas. Con este motivo, León XIV ha establecido un Año especial de san Francisco, que se prolongará hasta el 10 de enero de 2027 y durante el cual pueden obtenerse indulgencias plenarias en las condiciones establecidas por la Iglesia.

Una vigilia para recordar la muerte de un santo

La tradición franciscana ha conservado durante siglos una forma particularmente expresiva de recordar aquella última noche. El rito tradicional del Transitus, recogido en el antiguo Ritual Romano-Seráfico y recuperado recientemente por New Liturgical Movement, comienza con una procesión a la capilla, altar o imagen del santo, acompañada por la luz de las velas.

Allí se venera su reliquia o, en su ausencia, su imagen, y se suceden salmos, antífonas, himnos y oraciones tomadas de la tradición franciscana.

Entre ellas ocupa un lugar particular el salmo 141, que Francisco pidió a sus hermanos que rezaran cuando comprendió que se acercaba su muerte. También forman parte de esta tradición la antífona O Sanctissima anima y el Salve, Sancte Pater.

La celebración conserva además el recuerdo de otro detalle de aquellas horas. Poco antes de morir, Francisco pidió que le leyesen el comienzo del capítulo 13 del Evangelio de san Juan: el pasaje de la Última Cena en el que Cristo se levanta, se ciñe la toalla y lava los pies a sus discípulos.

La elección difícilmente podía resumir mejor la vida que estaba a punto de concluir. Francisco había querido imitar literalmente a Cristo pobre, obediente y crucificado; en sus últimos momentos quiso escuchar nuevamente las palabras y los gestos del Maestro al que había tratado de seguir.

«Nuestra hermana muerte corporal»

Hay otro texto que permite comprender cómo afrontó Francisco aquel momento: el propio Cántico de las criaturas.

Su conocida expresión sobre la «hermana muerte corporal» puede resultar desconcertante fuera de la fe cristiana. Francisco no consideraba buena la muerte en sí misma ni ignoraba el juicio que sigue a la vida. La podía llamar hermana porque Cristo había vencido a la muerte y porque, para quien muere reconciliado con Dios, esta deja de ser la última palabra.

Precisamente por eso, la estrofa que suele quedar relegada cuando se presenta el Cántico únicamente como una celebración de la naturaleza contiene una severa advertencia:

«¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!»

Y, a continuación, la esperanza:

«Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal».

La muerte corporal y la muerte eterna no eran para Francisco realidades equivalentes. La primera alcanza inevitablemente a todo hombre; la segunda es aquello que el cristiano debe temer verdaderamente. New Liturgical Movement ha llamado recientemente la atención sobre esta parte frecuentemente olvidada del Cántico, escrita precisamente cuando Francisco se encontraba próximo a morir.

Desnudo sobre la tierra

Las fuentes franciscanas transmitieron además la radicalidad con la que Francisco quiso afrontar sus últimos momentos. Aquel hombre que había abrazado la pobreza como forma concreta de imitación de Cristo quiso terminar su existencia sin apropiarse siquiera del lugar donde iba a morir.

Había regresado a la Porciúncula, pequeña iglesia dedicada a Santa María de los Ángeles y corazón de la primera fraternidad franciscana. Allí pidió ser colocado sobre la tierra y se dispuso para la muerte rodeado de sus hermanos.

La Familia Franciscana continúa considerando la Porciúncula como el lugar por excelencia del Tránsito. Allí mismo se inauguró solemnemente, el pasado 10 de enero, el VIII centenario que culmina este fin de semana.

No resulta casual que la memoria franciscana haya llamado Tránsito a aquella muerte. No se conmemora la desaparición de un personaje histórico, sino el dies natalis de un santo: su nacimiento para el cielo.

Ochocientos años después

León XIV recordó al comenzar este centenario que Francisco llegó al 3 de octubre de 1226 como «un hombre finalmente pacificado» y evocó precisamente las palabras con las que recibió a la «hermana muerte».

Ochocientos años después, el antiguo rito del Transitus conserva algo que fácilmente se pierde cuando san Francisco queda reducido a un personaje amable, amante de los animales y de la naturaleza.

La tradición que acompaña sus últimas horas habla de otra cosa: pecado y gracia, Eucaristía, Sagrada Escritura, penitencia, pobreza, juicio, muerte y vida eterna.

Es el horizonte sobrenatural en el que Francisco entendió toda su existencia.

Por eso, uno de los primeros autores del Oficio litúrgico compuesto en su honor, el franciscano Julián de Espira, pudo resumirlo con una expresión mucho menos ambigua que muchas de las imágenes posteriores del santo: «Vir catholicus et totus apostolicus», un hombre católico y enteramente apostólico.

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