El Vaticano elige a inmigrantes, transexuales y presos para dar el último adiós a Francisco

El Vaticano elige a inmigrantes, transexuales y presos para dar el último adiós a Francisco

Mientras los fieles de todo el mundo lloran la partida del Papa, en el Vaticano se prepara un espectáculo cuidadosamente orquestado que refleja, hasta el último instante, la línea ideológica que marcó el pontificado de Francisco.

El próximo sábado 26 de abril, un grupo de personas —seleccionadas no precisamente por su fe sino por su pertenencia a categorías sociales emblemáticas del discurso político eclesial reciente— despedirá al Papa Francisco desde las escaleras de la Basílica de Santa María la Mayor. Migrantes, personas transgénero, presos, pobres y sin techo, todos con una rosa blanca en la mano, estarán allí como símbolo final de un pontificado centrado en los márgenes, muchas veces a costa del centro: la doctrina, la liturgia, y la clara enseñanza católica.

Monseñor Benoni Ambarus, delegado del episcopado italiano para el ámbito de la caridad —y figura recurrente en los gestos más fotogénicos del pontificado— se emociona en los medios vaticanos al describir la presencia de estos colectivos en el último trayecto del Santo Padre. Habla de una “decisión conmovedora”, de una “belleza profunda”. Sin embargo, lo que muchos católicos ven con estupor es cómo, incluso en su funeral, se insiste en una narrativa que ha desplazado al sensus fidei por una sensibilidad mediática y secular.

Una última puesta en escena

El comunicado oficial de la Santa Sede no escatima en poesía social: “Los pobres tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios”. Una afirmación que nadie discute, pero que bajo este pontificado se ha convertido casi en una ideología que utiliza a los “últimos” como estandarte, mientras se margina a quienes simplemente buscan fidelidad a la fe de siempre. La liturgia, la tradición, los dogmas, han quedado relegados. En cambio, lo importante —al parecer— es la inclusión de minorías en contextos eclesiales, aunque su presencia desafíe, en más de un caso, la doctrina moral de la Iglesia.

Ambarus no duda en mencionar con ternura a “una pequeña representación de transexuales” acompañadas por religiosas. Se habla de contratos laborales, de historias de superación… pero no se menciona ni una palabra sobre conversión, ni sobre el camino de reconciliación con la verdad del Evangelio. No se habla de Cristo, sino de integración social. ¿Es este el legado que se quiere dejar?

Nadie niega que el Papa Francisco haya promovido obras de caridad concretas —donaciones, apoyo a los marginados, ayudas durante la pandemia—. Pero tampoco puede ignorarse que estos gestos, legítimos en lo humano, han sido presentados casi como sustitutos de una evangelización auténtica. El corazón de la Iglesia no puede latir sólo al ritmo de lo social, sin doctrina, sin liturgia, sin verdad. La misericordia sin verdad no es caridad, es sentimentalismo.

Una rosa blanca y una pregunta incómoda

Mientras cuarenta personas —símbolos vivientes de la narrativa bergogliana— le ofrecen una rosa blanca, muchos católicos fieles se preguntan: ¿dónde quedaron los mártires, los confesores de la fe, los santos anónimos, los que defendieron la doctrina en medio del mundo? ¿Quién les dará voz en este último adiós?

Porque lo que se está despidiendo no es sólo a un Papa, sino a un estilo de gobierno eclesial que priorizó las periferias físicas sobre las espirituales, el aplauso del mundo sobre la claridad del Evangelio.

Francisco se va acompañado por los que él llamó “sus hijos”. Pero quedan huérfanos otros muchos que, silenciosos, siguen esperando pastores que los confirmen en la fe.

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