¿Por qué hay tan pocos cristianos en Occidente?

¿Por qué hay tan pocos cristianos en Occidente?

(Christophe Geffroy en La Nef)-En Europa, lugar de su influencia, el cristianismo se ha convertido en una religión minoritaria: ¿cómo se ha llegado a esta situación y cuál es el futuro de los cristianos en Occidente? ¿Por qué hay tan pocos cristianos en Occidente?

«Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas» (Flp 3,18-19). Estas líneas de san Pablo, escritas hace dos mil años, ¿no se aplican a nuestro mundo actual? Añadamos esta pregunta planteada por Cristo: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). Estas palabras nos interpelan, cuando la cuestión de Dios parece interesar poco a los occidentales, cuando son tan pocos los que creen en Dios y menos aún los que practican lo que les prescribe la religión de sus padres, aunque aquí nadie pueda ignorar la existencia del cristianismo, si bien muchos no saben realmente lo que es y lo que enseña.
Se ha escrito mucho sobre las razones de la descristianización de Occidente, su secularización y la disminución del número de católicos practicantes. Suelen aducirse causas externas e internas.

Entre las primeras, cabe citar el largo movimiento de emancipación del hombre de sus dependencias tradicionales (Dios, la naturaleza, la cultura), con la revolución nominalista y la afirmación de la razón soberana a partir del Renacimiento; así, sin negar la fe en un primer momento, Dios fue progresivamente apartado. Por una parte, en el plano personal, el auge del individualismo en detrimento del holismo (en política, el holismo se refiere a una sociedad en la que el grupo, el todo, predomina sobre el individuo, la parte), provocó una disociación entre la vida espiritual, que era asunto de la esfera privada, y la vida pública; por otra, en el plano político, se estableció una clara separación entre el orden temporal y el espiritual, dando primacía total al primero. Con la Revolución francesa y la desaparición de la «cristiandad», el movimiento se aceleró y a veces adquirió un fuerte tono anticristiano, como ocurrió en Francia con las leyes laicas que condujeron a la separación de 1905. En ese momento, la soberanía de Dios sobre la ciudad había sido en gran parte destruida, y aún era necesario destruir la soberanía ejercida por la ley moral natural y el patrimonio de la cultura para que la voluntad del hombre no tuviera ya ningún obstáculo: en eso estamos hoy, con la teoría de género y el wokismo, etapas finales de la deconstrucción de la antropología clásica modelada por el cristianismo.

Por el lado de las causas internas, simplificando al máximo, se enfrentan dos tipos de explicaciones. Los «progresistas», que esperaban que el Concilio Vaticano II (1962-1965) marcara una ruptura limpia con el pasado, consideran que el declive del catolicismo se debe a las posiciones aún reaccionarias de la Iglesia, posiciones que no son comprendidas por nuestros contemporáneos; abogan, pues, por una apertura al mundo y a sus exigencias, sobre todo morales (anticoncepción, aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, abolición del celibato de los sacerdotes y desacralización de la misión de la Iglesia, ordenación de mujeres, etc.). Algunos «tradicionalistas» defienden el punto de vista exactamente opuesto: el Vaticano II provocó una ruptura en el Magisterio y la liturgia de la Iglesia, ruptura causada por un rechazo del pasado y una apertura excesiva al mundo, que se manifestó en una estampida generalizada que explica la fuerte caída de la práctica religiosa y de las vocaciones; el remedio sería, pues, «olvidar» el Vaticano II y volver a la Iglesia preconciliar. Entre estos dos extremos un tanto caricaturescos hay todo tipo de matices, incluso quienes consideran que las causas internas son insignificantes.

Sin duda, las justificaciones externas han desempeñado un papel importante en el declive del cristianismo en Europa. En cuanto a las causas internas, las explicaciones «progresistas» distan mucho de la realidad. Sin embargo, esto no valida la tesis contraria, que responsabiliza al Vaticano II de los males de la Iglesia: en lugar de ver en el Concilio una «ruptura» con el pasado, creemos con Benedicto XVI que marcó una necesaria «renovación en la continuidad». Ciertamente, las derivas posconciliares, reales, han influido sin duda en la crisis de la Iglesia, aunque no bastan para comprender su alcance, ya que las demás confesiones cristianas han experimentado un declive igualmente rápido sin concilio ni reforma litúrgica. Sin embargo, mi propósito aquí no es discutir la corrección o no de estas afirmaciones, sino sugerir otra clave de comprensión, que no es en absoluto contradictoria, sino por el contrario complementaria de las explicaciones que se acaban de mencionar brevemente.

¿Siguen siendo minoritarios los «verdaderos» cristianos?

La pregunta es: ¿por qué Occidente se ha convertido en el único lugar del mundo en el que la religión ha sido expulsada de la esfera pública, en el que la cuestión de Dios ha sido evacuada de los organismos oficiales, en el que el número de católicos practicantes ronda el 1-2%, mientras que antaño existía en Europa, una «cristiandad» en la que el 95% de la población estaba bautizada? La idea a debatir es la siguiente: en cualquier época, las personas que viven real, profunda y libremente la fe cristiana ¿no han sido siempre una pequeña minoría, incluso en la cristiandad? En otras palabras, ¿no sigue la mayoría de ellos los requisitos externos de la religión dominante, por presión social o por costumbre? Esto es lo que parece pensar Pierre Manent en su último ensayo sobre Pascal: «Para los que miran las cosas fríamente, el hecho más significativo no sería la autoridad adquirida por el cristianismo, sino, por el contrario, el ateísmo teórico o práctico de la inmensa mayoría de los seres humanos, cristianos incluidos» (Pierre Manent, Pascal et la proposition chrétienne. Esta es también la idea evocada por el cardenal Joseph Ratzinger en Voici quel est notre Dieu). Si esta intuición es correcta, ello no significa que el cristianismo esté reservado a una «élite», como si se tratara de una gnosis: al contrario, y la historia lo demuestra, se dirige, como afirma el Evangelio, a los que se reconocen «pequeños» y no a los que pretenden ser «sabios» o «inteligentes» (cf. Mt 11,25 y Lc 10,21).

A lo largo de la historia, una religión solo ha podido imponerse a largo plazo mediante el apoyo político y la presión social, en el marco de sociedades holísticas en las que el grupo prima sobre el individuo. En general, el cristianismo no escapa a este patrón. Su vocación, como nos mostró Cristo, es extenderse, no por la fuerza de las armas, sino predicando, sin violar las conciencias, y más aún dando testimonio hasta el martirio. Esta forma «pobre» de actuar conduce a conversiones libres y profundas, pero siempre minoritarias. Ni siquiera el paso de Dios hecho hombre por la tierra suscitó adhesiones masivas: aunque Dios se encarnó en Jesús, la mayoría de sus contemporáneos no abrazaron sus enseñanzas. Algunos teólogos han visto en el episodio de los diez leprosos curados por Cristo, de los que solo uno volvió para darle las gracias (cf. Lc 17,11-19) la imagen de la fe, que solo es compartida por un pequeño porcentaje de hombres (el 10% en este caso). Cuando Constantino promulgó el Edicto de Milán (313), los cristianos representaban el 5% de la población del imperio, una tasa que variaba, sin embargo, según el territorio: Roma, la ciudad más cristianizada de Italia, contaba con cerca de un 10% de cristianos; rondaban el 20% en Egipto, el 10-20% en África y el 30% en Asia Menor. Y siempre que la evangelización se ha llevado a cabo con este espíritu, como en Asia a partir del siglo XVI, es decir, sin ningún apoyo político, los frutos han sido magníficos, revelando una fe admirable y un gran valor entre los conversos, pero siempre han representado una pequeña proporción de las poblaciones.

Se puede argumentar, con razón, que en estos últimos casos de evangelización los cristianos siguieron siendo una minoría debido a la hostilidad de las autoridades políticas hacia la Iglesia, que a menudo llevaron a cabo terribles persecuciones para intentar erradicarla.

En resumen, el cristianismo solo empezó a congregar a amplios sectores de la población cuando la política no lo amenazó, y más aún cuando lo apoyó. Tras el Edicto de Milán, que instituyó una especie de libertad religiosa, el cristianismo se extendió, incluso en las altas esferas del Estado. Como nunca había existido realmente un poder político «neutral» en materia religiosa, el imperio, bajo Teodosio, acabó convirtiendo la religión que se había hecho dominante en religión de Estado (Edicto de Tesalónica del año 380). Así, el cristianismo inauguró un nuevo estatuto, el del Estado cristiano, en el que el poder temporal y el poder espiritual estaban a la vez vinculados y, sin embargo, eran distintos, en un equilibrio de poder que seguiría variando a lo largo de los siglos.

Cristianismo

Así se estableció la «cristiandad» en Europa, con la historia forjando dos sistemas diferentes en Oriente y Occidente. En Oriente, Bizancio, heredera del Imperio romano tras la caída de Roma, perpetuó un régimen «cesaropapista» caracterizado por una Iglesia sometida en gran medida al emperador. En Occidente, las invasiones bárbaras destruyeron el imperio y con él el poder político central, abriendo paso al feudalismo: en el caos que se instaló, la Iglesia fue el único baluarte, la única entidad que salvaguardaba el saber y era capaz de transmitirlo. A diferencia de Oriente, lo espiritual estaba más o menos en pie de igualdad con lo temporal: esto condujo a un régimen en el que cada uno de los dos poderes conservaba su independencia, teniendo que resistir la Iglesia durante mucho tiempo al intento de hacerse con el control de la política, de ahí las interminables disputas que recorrieron la cristiandad occidental. En ambos casos, sin embargo, la fe cristiana fue defendida por príncipes que eran a su vez cristianos: en estas sociedades holísticas, la unidad de la religión era un factor esencial del bien común temporal, razón por la cual el ataque a esta unidad era un delito de derecho común que la autoridad política podía reprimir, al igual que delitos como el robo -hay que recordarlo al referirse a una institución como la Inquisición para evitar cualquier anacronismo-.
En la «cristiandad», el cristianismo es la religión de Estado -lo que no quiere decir que se trate de una «teocracia» (Teocracia en el sentido de autoridad política ejercida por los religiosos. El cardenal Charles Journet ha demostrado que incluso una bula como Unam sanctam (1302) de Bonifacio VIII no entraba en este marco: cf. La juridiction de l’Église sur la Cité)- y la inmensa mayoría de la población solo puede ser cristiana, ya que la presión social se dirige en esa dirección y los no cristianos tienen un estatus inferior que no les permite ejercer responsabilidades políticas dentro de la ciudad. Hasta hace bien poco, todas las civilizaciones funcionaban más o menos así, de forma bastante coercitiva, ignorando la libertad individual y la dignidad de la persona. Esto es especialmente cierto en el caso del islam, que, a diferencia del cristianismo, ha avanzado poco en estos aspectos.

En efecto, existe una diferencia esencial entre el cristianismo y el islam que explica en parte la evolución de las sociedades cristianas y el inmovilismo de las sociedades musulmanas: el cristianismo es una religión de fe mientras que el islam es una religión de derecho (Cf. Rémi Brague, La loi de Dieu. Histoire philosophique d’une alliance). En otras palabras, la adhesión al cristianismo se manifiesta por un acto personal de fe que se supone libre e iluminado, es decir, por un gesto que compromete profundamente a toda la persona, incluida su conciencia, mientras que basta con observar la ley del islam al pie de la letra para ser musulmán. Así pues, la fe cristiana exige un compromiso mucho más fuerte que la obediencia a una ley externa, aunque esta última pueda ser exigente, como durante el Ramadán. Y esto explica dos cosas esenciales: por qué el concepto de libertad individual, con la noción de dignidad personal que lo acompaña, solo pudo surgir en tierras cristianas; y por qué, en cuanto se relajó la presión social y política que imponía la religión de Estado, la práctica religiosa del cristianismo descendió bruscamente.

En otras palabras, la aspiración a la libertad, que no solo es legítima en sí misma, sino que también es el fruto inequívoco del auténtico cristianismo, hizo estallar las sociedades holísticas del Antiguo Régimen, que mantenían la unidad religiosa mediante una cierta presión social incompatible con las nuevas libertades. El pluralismo religioso se hizo así ineludible. Estas transformaciones políticas, que deben mucho al cristianismo y cuyo principio de partida era el derecho, se produjeron en un contexto de gobiernos a menudo anticristianos que tenían una falsa concepción de la libertad. Si el deseo de libertad es un impulso espontáneo y legítimo, debe estar limitado, especialmente por la ley moral natural, y estar al servicio del bien común temporal. Cuando este deseo deja de estar limitado y la voluntad humana queda a su libre albedrío, las derivas son inevitables, como vemos demasiado bien hoy en día.

¿Qué futuro?

Este brevísimo desvío histórico proporciona algunas claves para comprender el considerable declive de la fe cristiana en Occidente y el bajo nivel de la práctica religiosa. Por supuesto, podemos lamentar los aspectos positivos del cristianismo, ya que durante este largo periodo se escribieron muchas páginas hermosas de nuestra historia. Pero, a pesar de las evidentes derivas actuales, nadie querría volver a una sociedad holística que impusiera una unidad religiosa en gran medida artificial, ni renunciar a las aportaciones positivas de la modernidad en términos de libertad, justicia y funcionamiento de un Estado de derecho. Dado que el cristianismo es una religión de fe, la cristiandad se derrumbó porque se había convertido en una «cáscara vacía» (tal vez el cristianismo habría perdurado si el cristianismo hubiera sido una religión de derecho…): cuando la élite gobernante se libera casualmente de la moral común sin ser reprendida por el alto clero (solo dos de los últimos Borbones no multiplicaron sus amantes a los ojos de todos), es el signo de un régimen que es cristiano solo de nombre.
Sin embargo, la Historia demuestra que los pueblos viven mejor su fe cuando la política y la religión trabajan juntas. Hoy, en Europa, lo temporal y lo espiritual están separados y los regímenes occidentales se proclaman «neutrales» con respecto a todas las creencias, relegando el cristianismo, que ha dado forma a nuestra civilización, al mismo nivel que las demás religiones. De hecho, esta neutralidad es en gran medida ilusoria y cada régimen se rige por una filosofía que segrega su propia moral. Hemos llegado así a una situación en la que se rechaza la moral cristiana en favor de un relativismo mortificante que, sin embargo, tiene su propia ética y sus propios dogmas, que son muy rígidos y se resumen en los derechos humanos y el «rechazo de toda discriminación». Las nociones de bien y de bien común han desaparecido y nuestras democracias se han reducido a un sistema procesal que se supone debe garantizar que cada cual pueda perseguir sus propios fines. Un sistema así -sin límites objetivos- conduce inevitablemente a la mayoría, o más exactamente a las minorías activas y organizadas, a imponer su ideología a todos. En este contexto inestable los cristianos no están oprimidos (no obstante, no se respetan los reductos de conciencia), se benefician como todos de una verdadera libertad religiosa, pero si quieren vivir profundamente su fe se ven confrontados a continuas preocupaciones cotidianas, sobre todo por la educación de sus hijos: deben hacer malabarismos constantemente para sortear los múltiples desórdenes generados por esta alteración de la moral, estar la mayoría de las veces a contracorriente y vigilantes para resistir a todo tipo de venenos.

En un contexto tan degradado, se comprende lo importante que es para el orden social beneficiarse de una inspiración cristiana, disponer de una legislación conforme a la ley moral natural, por el bien de todos. Esto solo puede ser obra de los cristianos. Por eso, la «nueva evangelización» de nuestro viejo continente es un reto esencial. En un régimen de libertad, es probable que una religión de fe solo pueda ser minoritaria -mientras que una religión de derecho solo puede sobrevivir limitando la libertad religiosa-, pero es posible que esta minoría cristiana sea lo suficientemente viva y fuerte como para inspirar las leyes y animar el espíritu de un régimen democrático y pluralista.

Publicado por Christophe Geffroy en La Nef

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

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