La primera lectura que se leyó ayer en Misa es de San Pablo ya va dirigida a los Corintios.
En ella el apóstol se dirige a sus hermanos en la fe y les pregunta: «¿cómo se atreve a llevar el asunto ante los tribunales paganos y no ante los hermanos? ¿No saben que los hermanos van a juzgar al mundo? Y si ustedes van a juzgar al mundo, ¿no son acaso capaces de juzgar esas pequeñeces? ¿No saben que vamos a juzgar a los ángeles? Pues, cuánto más los asuntos de esta vida».
Aquí encontramos un primer aviso de San Pablo dirigido a todos nosotros: habrá juicio. Por mucho que se empeñen algunos en excusarse sus pecados y faltas diciendo frases bonitas como que «Dios es amor» o «Dios me hizo así», no podemos olvidar que existe el bien y el mal y que nos dejó unos Mandamientos que cumplir. Es verdad, que seremos examinados al final de nuestros días de cuánto hemos amado, pero esto no significa que esté permitido el libre albedrío sin moralidad ninguna.
San Pablo, sigue diciendo en la carta a los Corintios, que «cuando tienen que resolver asuntos de esta vida, se los llevan a los que no tienen ninguna autoridad sobre la comunidad cristiana. ¿No les da vergüenza? ¿De modo que no hay entre vosotros ninguna persona competente, que pueda ser juez vuestro, y van a pleitear, hermano contra hermano, ante los infieles? El mismo hecho de que haya pleitos entre vosotros ya es una desgracia. ¿Por qué mejor no soportan la injusticia? ¿Por qué mejor no se dejan robar? Pero no, ustedes son los que hacen injusticias y despojan a los demás, que son sus propios hermanos».
Si acudimos a la traducción oficial que encontramos en Vatican News, la web del Vaticano, el discípulo de Cristo desglosa una lista de aquellos comportamientos y acciones que no entrarán en el Reino de los Cielos. «¿Acaso no saben que los injustos no tendrán parte en el Reino de Dios? No se engañen: ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores tendrán parte en el Reino de Dios», escribe San Pablo quien concluye afirmando que «eso eran algunos de vosotros. Pero han sido lavados, consagrados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por medio del Espíritu de nuestro Dios».
De este modo, el apóstol advierte de forma clara y exhaustiva aquellos comportamientos que apartan al hombre de Dios y provoca la pérdida de la Gracia. Para volver a Él, como indica San Pablo, es necesario ese proceso de «lavado», que sería la confesión, es decir, limpiar el alma de todo pecado e impureza para permitir que Dios vuelva a habitar en nuestro interior.