En su alocución a los fieles de Roma en el Aula Pablo VI, el Papa ha discurrido sobre los objetivos del sínodo sobre la sinodalidad que se abrirá el próximo mes, y ha insistido en uno de sus mensajes más repetidos últimamente: “La rigidez es un pecado contra la paciencia de Dios”.
Tras el primer impulso posterior al Concilio Vaticano II, la Iglesia quedó pronto estancada, detenida, frustrándose así las esperanzas de las radicales reformas emprendidas. Pero lo último que puede hacer la Iglesia es pararse; la Iglesia es un caminar constante, un continuo recomenzar, un incesante encuentro con el cambio y la necesidad de discernir qué se debe cambiar y qué no en la propia Iglesia. Y en este camino, que debemos hacer juntos, la clave está en una escucha activa que no haga acepción de personas, a ejemplo de lo que hizo San Pedro con el pagano centurión Cornelio en los Hechos de los Apóstoles. En ese sentido, el sinónimo de parálisis sería la ‘rigidez’, que en esta ocasión el Santo Padre califica de “pecado contra la paciencia de Dios”, porque el fiel debe esperar siempre sorpresas del Dios de las sorpresas.
Ese podría ser un resumen del mensaje del Santo Padre a los fieles de la Diócesis de Roma presentando las líneas maestras del próximo sínodo sobre sinodalidad que se celebrará el próximo mes. Sorpresas, muchas sorpresas: “Prepárense para sorprenderse y prepárense para las sorpresas”, dijo el Papa. Lo cual ya no es muy sorprendente.
El Papa toma como modelo al libro de los Hechos de los Apóstoles como «el primer y más importante ‘manual’ de eclesiología», la historia de un camino que comienza en Jerusalén y que, tras un largo recorrido, termina en Roma. Este camino, dijo, cuenta la historia en la que caminan juntos la Palabra de Dios y el pueblo que dirige su atención y su fe a esa Palabra. «Todos son protagonistas – dijo el Papa – nadie puede ser considerado un mero extra. A veces puede ser necesario salir, cambiar de dirección, superar convicciones que nos frenan y nos impiden avanzar y caminar juntos».
Hay problemas, añadió, que surgen en la organización del creciente número de cristianos, y «especialmente en la atención a las necesidades de los pobres». El camino para encontrar una solución «es reunir a la asamblea de discípulos y tomar la decisión de nombrar a esos siete hombres que se comprometan a tiempo completo con la diaconía, el servicio de las misas».
La primera fase del proceso es la fase diocesana, muy importante porque implica escuchar a todos los bautizados. En este sentido, dijo, “hay mucha resistencia a superar la imagen de una Iglesia rígidamente dividida entre dirigentes y subordinados, entre los que enseñan y los que tienen que aprender, olvidando que a Dios le gusta volcar las posiciones. Caminar juntos descubre la horizontalidad y no la verticalidad como línea”.