
Por David Carlin
La mayoría de las personas hablan del feminismo como si fuera una única cosa, como si la palabra «feminismo» fuera una palabra unívoca. Sin embargo, no lo es, es equívoca con una cantidad de significados, aunque todos estén relacionados. Si le preguntan, «¿Usted es feminista?», tiene poco sentido contestar con un simple sí o no. Es mejor decir, «Depende. ¿Qué clase de feminismo tiene en mente?»
Existen, me parece, al menos cinco tipos de feminismo:
Feminismo igualitario. Una feminista de esta clase piensa que los hombres y las mujeres deberían tener igualdad en los derechos legales y sociales. Creen en la igualdad de oportunidad; cualquier cosa que se le permita hacer a un hombre (o a un niño) también se le debería permitir hacer a una mujer (o a una niña).
Hace décadas, cuando yo enseñaba en una facultad para mujeres (que ya no existe), un colega profesor era sacerdote católico. Era buen hombre y clérigo, pero lo completamente opuesto a un feminista igualitario. Representaba un punto de vista más antiguo, uno que todavía vivía en aquellos días pasados. Un día me dijo, «Si un hombre tuviera una hija, querría que viniera a una facultad como esta; pero si tuviera un hijo, lo enviaría a Harvard». No sé si todavía está vivo, pero su postura en la actualidad casi no existe.
Feminismo de la carrera primero. Una feminista de este tipo cree que la obligación principal de la mujer para con ella misma es encontrar una carrera. Si, luego de haber hecho eso, quiere casarse y tener hijos, bueno, está bien. Si preferiría no casarse ni tener hijos, eso también es correcto. No obstante, es imperativo que encuentre una profesión en el mundo del trabajo, el mundo que solía ser, en los malos viejos tiempos, casi con exclusividad un mundo de hombres. Con respecto de las mujeres que ponen al matrimonio y a los hijos primero y a su trabajo en segundo o en ningún lugar, la feminista de la carrera primero siente pena por ellas y las aborrece por dar un mal ejemplo.
Feminismo de la liberación sexual. Las feministas de esta clase son grandes creyentes en la liberación sexual para las mujeres. En parte, esto deriva de la creencia en la absoluta igualdad de los sexos. Si la sociedad tradicionalmente toleró un alto grado de liberación sexual para los hombres, entonces la misma tolerancia debería extenderse a las mujeres. Sin embargo, en gran parte tiene origen en el desprecio que estas feministas tienen por el viejo ideal (cristiano) de la castidad femenina: el ideal acerca del cual una buena mujer tiene un solo compañero sexual durante su vida (su marido) y permanece virgen hasta su noche de bodas.
Lo anterior, de acuerdo con estas feministas, es un absurdo. Si comienza en la mitad o al final de su adolescencia, una joven/mujer debería tener varias parejas sexuales. Esto contribuye a su disfrute, a su maduración emocional, y a su sentido de la independencia. Las feministas de la liberación sexual son, por supuesto, grandes creyentes en el derecho al aborto, e inclusive a que los contribuyentes paguen por esas operaciones; y piensan que las empresas de seguros médicos deberían ser obligadas a proveer cobertura de anticonceptivos. No hace falta decir, aprueban la homosexualidad y la bisexualidad. También el «trabajo sexual» (prostitución), siempre y cuando esto pueda ser llevado a cabo de una manera segura y no coercitiva y que no implique la explotación del trabajador sexual.
Feminismo antihombre. De acuerdo con el feminismo de este tipo, la sociedad siempre fue patriarcal y en muchas maneras todavía lo es. Los hombres son dominantes, las mujeres son subordinadas. Las mujeres son una clase oprimida, los hombres son los opresores. En tanto puede haber excepciones aquí y allá —es decir, los hombres que hacen su mejor esfuerzo por renunciar a su «privilegio masculino»— en general, los hombres son los enemigos de las mujeres. Una mujer debería asumir, en la ausencia de claras pruebas en contra, que cada hombre que conoce es su enemigo, dado que pertenece a la clase enemiga.
Que un hombre sea «amable» con usted no significa que no sea su enemigo; muchos dueños de esclavos lo eran con ellos. Las feministas de este tipo aprueban rotundamente el lesbianismo. La lesbiana es prueba de que una mujer puede vivir sin la necesidad de un hombre. (Como la célebre frase de Gloria Steinhem, «Una mujer necesita a un hombre como un pez a una bicicleta». Muchas feministas de esta clase son lesbianas y las que no lo son se sienten casi «culpables» por su heterosexualidad, como los marxistas de clase media se solían sentir por no ser proletarios.
No muchas mujeres son feministas de este tipo ya que encuentran difícil odiar a sus padres, sus maridos, y sus hijos. No obstante, estas son las más ruidosas, las que consiguen más titulares en los periódicos. Son las que en la actualidad promueven la idea de que los campus universitarios están plagados de violadores.
Feminismo cuasireligioso. Con el ocaso de la religión tradicional en los últimos siglos, millones se volvieron a lo que pueden ser llamadas «cuasireligiones», es decir, movimientos seculares que brindan a sus miembros lo que la religión solía brindar, una sensación de que la vida tiene sentido, que tiene un propósito. En el siglo veinte, el nazismo y el comunismo fueron dos corrientes con tal característica.
Para muchas mujeres estadounidenses que perdieron su fe religiosa o que nunca la tuvieron desde un principio, el feminismo ha sido como un movimiento cuasireligioso. Las feministas de esta clase tienen el sentimiento de que se están ganando su pasaje hacia algo similar al cielo al luchar por su derecho a ser policías, políticas, boxeadoras o soldados (¡uy!, quise decir personal de infantería); por el derecho de tener sexo sin compromiso; por el derecho de «interrumpir» vidas en gestación, etc.
El feminismo como una cuasireligión estuvo en su apogeo en las décadas de 1970 y 1980. Hoy en día está casi extinguido debido a que las antiguas feministas o fallecieron o se convirtieron en septuagenarias u octogenarias.
Cerca del 99,9 por ciento de las mujeres estadounidenses son feministas del tipo número 1. Sin embargo, como en otras áreas de la vida pública, las cifras no determinan a quién se oye y respeta más.
Acerca del autor:
David Carlin es profesor de Sociología y Filosofía en el Community College de Rhode Island, y es autor de The Decline and Fall of the Catholic Church in America.