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Necesidad de cooperar activamente con la gracia en los tiempos actuales de persecución religiosa

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 La espiritualidad católica mediante la Iglesia nos predica, siguiendo las enseñanzas del Señor, que nuestra vida en la tierra es una lucha. Una lucha contra enemigos reales que quieren nuestro mal. Y que para ello nos persiguen. Enemigos que tienen unas estrategias para acabar con nosotros.

Esto es algo muy delicado, porque de ser cierto implica un cambio total en nuestra aproximación a la vida. Por eso es importante hacernos la pregunta ¿Es cierto esto o lo que decimos, es un invento de la Iglesia? ¿No será una exageración pensar esto? ¿Acaso no suena más a cuentos e historias antiguas? ¿Se puede pensar en el siglo XXI en algo así? ¿En enemigos de la Iglesia?

Bueno, hoy es lo que el Señor nos dice: «Mirad, no os dejéis engañar». Con esta frase ¿A qué se refiere el Señor? El término usado por el Señor es muy fuerte: πλανηθετε, planefete (de πλαναϖ, planaw). Significa seducir, descarriar, engañar, extraviar, desviar, apartar del buen camino, errar, abandonar el camino recto, errar en doctrina.

Este engaño ¿De dónde provendría? En el NT se menciona que proviene de tres fuentes: el demonio, el mundo y el hombre viejo. Así, éste es el término que se usa para hablar de demonio: «Fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él»[1]. Puede traducirse por ello como engañador. Pero este engaño puede venir también de uno mismo (la concupiscencia, es decir esa tendencia al mal que fruto del pecado tenemos): «No os engañéis, hermanos míos queridos»[2]. San Pablo va en la misma línea: «¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis!»[3]. Finalmente, habrán engaños provenientes de gente del mundo (como se ve en el Evangelio de hoy, sobre todo en el paralelo de San Mateo): «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos…Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría…Surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos»[4]. La versión de San Marcos dice así: «Surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los elegidos»[5]. San Pablo tiene finalmente una explicación de este engaño proveniente de mundo y descrito con mucho dramatismo: «Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error»[6]. Y esto lo vincula directamente a satanás: «Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz»[7].

Siguiendo la doctrina sobre las concupiscencias, vemos que el hombre está en tensión de ser engañado por el mundo, por el demonio e incluso por sí mismo. Por eso el vocablo usado por el Señor para hablar de los posibles engañadores no se refiere a uno, sino a muchos: πολλοι, haciendo referencia a que los enemigos del hombre serán varios.

Pero ¿Este extravío es acaso algo de lo cual haya que preocuparse? ¿Es tan serio el asunto? San Pablo nos dice que sí: «Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío»[8]. Si es así, entonces merece que le demos atención a esto puesto que el extravío del que hablamos es serio, grave, consistente y lleva a la ruina. Pero ¿En qué consiste este extravío? ¿De dónde uno se extravía? ¿De dónde uno se pierde? El centro de esta pérdida y extravío está en a lejanía de Dios; en que el maligno, por el cual entra el pecado a la humanidad, busca que nos alejemos de Dios como lo hizo con Adán y Eva, cuya tentación podríamos decir es una tentación tipo y modelo de toda tentación: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal»[9]. De quien hay que alejarse es de Dios dirán estos enemigos, porque es nuestro rival o porque no nos da lo mejor. Porque se cree que no es respuesta o que se opone a lo que quiero. San Juan finalmente categoriza esta oposición y engaño así: «Muchos seductores han salido al mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Ese es el Seductor y el Anticristo»[10]. La clave de la seducción es apartarse del Señor, volverse justamente lo puesto a Cristo, pero de modo solapado, disfrazado, para que el hombre caiga en la trampa. El ejemplo claro está en la parábola de hijo pródigo que podríamos resumirla en esto que afirma el padre del hijo: «Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta»[11]. El que se aleja del Señor siempre estará engañado porque estará lejos de la Verdad. Por ende estará muerto en vida.

Nuestros enemigos, que existen, buscan nuestra ruina, destrucción e infelicidad. Son pues nuestros directos adversarios.

Releamos entonces lo que el Señor nos dice en el Evangelio de hoy: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy» y «el tiempo está cerca». No les sigáis». Estos muchos que vienen y engañan, como hemos visto, tienen el objetivo de usurpar el lugar del Señor. Y es que los enemigos saben que el hombre tienen inscrito un deseo de felicidad que es un deseo de Dios y que naturalmente va a buscarlo y a clamar por Él. Por ello no pueden pretender que busque en otro lado porque la naturaleza humana misma los rechazaría. Entonces, la estrategia que usarán para buscar la ruina del hombre debe ser la del engaño, la de disfrazarse de ángel de luz de bondad, de bien. La de, como dice el Señor, presentarse «diciendo: «Yo soy» y «el tiempo está cerca»». Presentándose como la respuesta, como dioses. Como si fueran el Señor. Como si fueran lo que necesitamos se disfrazan para tratar de engañarnos y que los sigamos.

Esta actitud la manifiesta el mismo Señor diciendo que estos enemigos lo usurparán. Se usa el adverbio επι, para designar que estos vendrán como en reemplazo del Señor; por eso la traducción puede ser muy variada y dependería del contexto: encima, además, también, igualmente, sobre, al lado de. Así, las posibles traducciones pueden darnos algunos indicadores de lo que el Señor quiere decir: vendrán estos enemigos que se presentarán «encima», «además», «igualmente», «sobre» e «igualmente» que Cristo. Si esto lo constatamos en la realidad, tenemos que muchos dicen que Cristo no responde y que ellos sí; que Cristo es parcial y ellos están a la misma altura y uno puede escoger porque todas las respuestas son iguales. O se presentan simplemente despreciando a Cristo y pasándole por encima. «Siendo el enemigo el odioso inventor de todo mal, oculta lo que es en realidad; inventa con astucia el nombre que ha de dar a todas las cosas, como el que queriendo sujetar a los hijos ajenos en la ausencia de sus padres, imita sus rostros, y engaña así a los que desean el regreso de sus padres. De este modo el diablo disfrazado en todas las herejías, dice: «Yo soy el Cristo y la verdad está en mí»»[12].

El drama humana y, diremos más, la ruina humana está en que se aleje del Señor; ello será sinónimo de infelicidad y es lo que busca el enemigo, para lo cual buscará desplazar de un modo u otro al Señor de nuestras vidas. Esto ¿Nos pasa? ¿Nos hemos dado cuenta? Recordemos que el enemigo, astuto, buscará varios medios y será paciente en buscar que de a pocos nos separemos del Señor; le vayamos robando espacios de amor. Ante esto hay que estar atento, pero ¿Cómo?

Luego de darnos cuenta de estos posibles engaños y de sus terribles consecuencias ¿Qué hacer? ¿Cómo no sucumbir a ellos? El Señor nos dice: «No les sigáis». Muy bien ¿Pero cómo? Empecemos a abordar la respuesta desde una posible traducción de un vocablo ya visto,  πλαναϖ; esta traducción es descarriarse. Esto nos pone de cara a una realidad, la del Buen Pastor que busca a la oveja descarriada: «¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada?»[13]. La respuesta a esta pérdida está en vencer el mal con el bien, en buscar lo contrario a lo que el seductor y sus secuaces buscan que es apartarnos del Señor. Por ende, la cercanía a Él, la amistad con Él por la vida espiritual y sacramental, la lucha espiritual, la caridad y la vida recta hacen que uno, con la gracia de Dios, no se aleje del Señor. Solo unidos a Él vencemos las seducciones. Por eso San Pedro decía: «Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas»[14]. La vuelta a Él, la permanencia en Él es la respuesta, sabiendo que la predicación del Señor y «exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño»[15], sino de la Verdad.

Y para concretizar esto el Señor nos recomienda: «No les sigáis». El término πορευθητε (de πορευομαι), significa transportar, marchar, viajar, ir, pasar, entrar, dejarse llevar, pasar de un lugar al otro (viene de poro, pasar). La mejor manera de no ceder a las astucias y engaños del enemigo y descarriarse y perderse, es no seguirlo. Eso nos lleva a varias preguntas ¿Por dónde nos quiere llevar el enemigo? ¿Cómo se disfraza de ángel de luz y de bien para engañarnos? ¿Cuáles son los caminos que usualmente el enemigo me quiere hacer transitar para alejarme de Dios? ¿Qué me presenta como respuesta y como tesoro el enemigo que quiere yo siga? Es ciertamente una lucha, pues el mal se presenta como bien y es duro discernir; se presenta deleitoso y es difícil renunciar. Pero solo «con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Es decir, con la υπομονη (upomon). Esto significa constancia, paciencia; implica una paciencia bajo circunstancias adversas; es un concepto más activo que la paciencia, implica un salir adelante y tomar iniciativa, tenacidad; esperanza activa; implica una permanencia espiritual; es un durar. Viene de menei que significa «el que queda, permanece» y de upo «bajo el peso». Permanecer firme en el Señor, bajo el peso y la dificultad de la lucha contra nuestros enemigos, requiere sacrificio, perseverancia, estabilidad. En última instancia fidelidad.

En resumen, volvemos a aquello con lo que empezamos: la vida aquí es una batalla y sin lucha uno no acoge la gracia de Dios y no llega a la santidad; sin cooperación la gracia puede quedar a la puerta, sin entrar en nuestras vidas. La conciencia de ello es vital. Nosotros ¿La tenemos?



[1] Ap, 12, 9.
[2] Stgo 1, 16.
[3] 1Cor 6, 9.
[4] Mt 26, 4-5.11.24.
[5] Mc, 13, 22.
[6] Ef 4, 14.
[7] 2Cor 11, 13-14.
[8] Rom 1, 27.
[9] Gen, 3, 4-5.
[10] 2Jn 7.
[11] Lc 15, 23-24.
[12] San Atanasio. Orat. 1 contra arrianos.
[13] Mt 18, 12.
[14] 1Pe 2, 25.

[15] 1Tes 2, 3.

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