El obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Ramón Castro Castro, ha entregado una nueva catequesis de la serie “Testigos del Reino”, dedicada a san José Sánchez del Río, el adolescente de 14 años martirizado en 1928 durante la persecución religiosa y hoy patrono de la juventud.
La serie “Testigos del Reino”, inaugurada a mediados de julio de 2026, se enmarca en el centenario de la encíclica Quas Primas de Pío XI, que instituyó la solemnidad de Cristo Rey, y en la memoria de los mártires mexicanos de la Cristiada. No se trata de una evocación nostálgica ni de una bandera ideológica, sino de una propuesta de discipulado: la Iglesia contempla en sus mártires “hecha vida en carne mexicana” la verdad de que la muerte no tiene la última palabra y que la vida en Cristo es más fuerte que cualquier amenaza.
Castro arranca con la imagen contundente del muchacho que camina hacia el cementerio con las plantas de los pies desolladas y, en lugar de maldecir, grita con todas sus fuerzas: “¡Viva Cristo Rey!”. Era un niño de Sahuayo, alegre y normal, que jugaba, rezaba el rosario y servía en su parroquia. Cuando la persecución cerró las iglesias y persiguió a los sacerdotes, José, con apenas 13 años, quiso defender su fe. A su madre, que dudaba, le dijo con claridad: “Nunca ha sido tan fácil ganar el cielo y no quiero perder la oportunidad”.
No empuñó las armas. Llevaba el estandarte, tocaba la corneta y animaba el rosario en el campamento. En un combate, al general cristero le mataron el caballo. José, sin pensarlo, le entregó el suyo: “Tome mi caballo, que usted hace más falta a la causa que yo”. Por ese gesto lo capturaron. Lo encerraron en su propia iglesia, convertida en cuartel y corral. Su padrino, un diputado poderoso, le ofreció dinero y estudios en el extranjero si renunciaba a Cristo. El niño dijo que no. Pidió la bendición a su madre y escribió: “Nos veremos en el cielo”.
La noche del 10 de febrero de 1928 le cortaron la piel de los pies y lo hicieron caminar al panteón. Le ofrecieron la vida a cambio de gritar “¡Muera Cristo Rey!”. Jamás lo hizo. Hasta el final repitió: “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”. Tenía 14 años.
El prelado dirige entonces la mirada a los jóvenes de hoy: “Dios te quiere santo y no se conforma con que vivas a medias. No tengas miedo de apuntar muy alto”. Advierte que muchos quieren robarles el sentido de la vida y reducirlos a consumidores, esclavos de las pantallas, del miedo y de las modas. Por eso recuerda que el Papa León XIV, en la encíclica Magnifica Humanitas, pide custodiar a la persona, sobre todo a los jóvenes. Joselito demuestra que un corazón joven es capaz de lo más grande. Como los profetas a los que Dios llama desde niños, anunció que Cristo reina y, sin odio, denunció que ningún poder esclaviza una conciencia: contundente en la verdad, desarmado en el modo.
La pregunta que deja el obispo es directa: “¿Y tú, a qué te aferras?”. Joselito entregó la vida porque la entendió como un don, no como una posesión. Por eso pudo decir que nunca había sido tan fácil ganar el cielo. “No tengas miedo de ser santo, de descubrir tu vocación, de darlo todo por amor. Que su ‘¡Viva Cristo Rey!’ vuelva a encender el corazón de la juventud de México”.
La catequesis cierra con la invocación sencilla y poderosa: “San José Sánchez del Río, Joselito, ruega por nosotros”. En un país donde la violencia, la indiferencia y las seducciones de una cultura de la inmediatez erosionan las convicciones, el testimonio del niño mártir de Sahuayo no es un recuerdo del pasado: es una provocación presente. Monseñor Castro no ofrece un discurso heroico lejano, sino un llamado concreto a la fidelidad cotidiana, a la valentía de no claudicar y a la libertad de una conciencia que solo se rinde ante Cristo.
La serie “Testigos del Reino” continúa así su itinerario de memoria agradecida y de propuesta pastoral. El vídeo completo de esta entrega puede consultarse en el canal oficial de la Conferencia del Episcopado Mexicano.