Recientemente ha retornado a casa, aún con las maletas sin deshacer de su travesía que lo llevó a cruzar el Atlántico una vez más. Viaja ligero y es habitual que, en sus viajes por el mundo, cuente con un lugar donde “asentar la cabeza”, y ese lugar es México. Durante poco más de un mes —en el que también vivió la experiencia de la Semana Santa en una parroquia campesina de Puebla—, Ángel Lucio Vallejo Balda (64), se mueve como pez en el agua: se adapta con naturalidad a los distintos ambientes, reflejando siempre caridad y simpatía. Como buen español, disfruta de una buena charla, de la convivencia y de la mesa, sea cual sea la realidad que lo rodea, pero con la distinción propia del sacerdote que busca momentos íntimos de oración en el templo, profundiza en el significado de la fe y celebra los misterios sagrados.
En esta entrevista para este blog de Infovaticana comparte su experiencia en México, especialmente en el marco del centenario de la Cristiada, y confirma lo que todos sabemos: cuando un extranjero conoce México, ya no puede seguir siendo el mismo.
Agradezco esta entrevista para nuestro blog. ¿Cuál ha sido el motivo de su reciente visita a México?
Ángel Vallejo (AV).- Mi presencia en México comienza hace ya nueve años. La idea inicial era estudiar las posibilidades de desarrollar la labor social de la asociación española Mensajeros del la Paz, presente en México con casas de acogida para niños que están funcionando. Con el paso del tiempo se fueron desarrollando muchas relaciones con otras fundaciones y estamento sociales que seguimos manteniendo. Los propósitos actuales es mantener esta presencia y dar a conocer lo que hacemos, crear las relaciones que puedan ayudar a complementar actividades. La realidad es que es fácil querer a México y hacer amigos. Siempre me siento en casa y son para mi el rostro de este país. Es una realidad muy viva, muy joven y con muchas ganas. Suelo decir en broma que cuando vamos de Europa, por las cosas de horarios, se rejuvenece unas horas de repente. Pienso que mis estancias en México siempre me rejuvenecen sin darme cuenta.

–No es ajeno a la realidad de México donde se padecen serios problemas de inseguridad y de violencia. ¿De qué manera ha acompañado, a través de las organizaciones que representa, a las personas que viven estas problemáticas?
AV.- En mis travesías por el país, me muevo en las zonas más problemáticas del Ciudad de México, donde muchos mexicanos no han entrado, y siempre me he encontrado con una enorme acogida y colaboración. Barrios como Tepito, la Merced, Candelaria forman parte de mi agenda. Los colectivos con los que me encuentro sufren las consecuencias de la inseguridad y violencia en primera persona. Es complicado vivir, yo diría sobrevivir, cada día en estas zonas. Quizás lo más doloroso son los ancianos y ancianas, algunos de ellos con vidas muy complicadas, que los hace ser supervivientes de tantas situaciones. Es muy ejemplar ver la dignidad con la viven en medio de la pobreza y cómo ayudan a sus familias todo lo que pueden.

–Además de lo social, como sacerdote, ¿qué actividades pastorales realizó especialmente durante el tiempo de la Semana Santa y las primeras semanas de la Cuaresma?
AV.- Es inseparable, soy sacerdote y enseguida te piden de todo. La primera vez que visite una residencia de ancianos en uno de estos barrios me explicaron que entre los residentes había de todas las religiones y de esas cosas. Nada que objetar, nunca se ha dejado de atender a nadie por lo que piensa o cree. Al poco tiempo, ya me había pedido celebrar la Misa en su residencia y no faltaba nadie. Sabemos que las cosas en México se ganan con el corazón y que la respuesta siempre es enorme.

-Ha visitado regiones lejanas del mundo y puede tener un punto de comparación con nuestra realidad. ¿Cuál es su diagnóstico sobre México?
AV.- Me siento muy mexicano y hay muchas cosas que me hacen sufrir. Es un país con una gran riqueza natural y con una población llena de valores, no puede ser que se sufran carencias y que se vivan situaciones absurdas de violencia. Muchas muertes y, sobre todo, muchos desaparecidos, son muchas las familias de sufren, no pasa un día sin que te cuenten algunas desgracia. Son situaciones muy duras desde el punto de vista humano, con la fe somos capaces de soportarlas, pero nunca te acostumbras. En estos días he ayudado a un sacerdote en la diócesis de Puebla, en Atenco, ha sido una experiencia agotadora pero inolvidable. Poder compartir unos días con familias en su mayoría de labradores, del cultivo de maíz, poder pasar ratos con ellos, conocer sus familias, ver la ilusión en sus miradas. Esta es una zona de emigración a Estados Unidos con todos los matices que esto tiene en este momento.
–En este tiempo que vivió en México, ¿qué lecciones de fe podría destacar, especialmente en el marco del centenario de la conmemoración de la Cristiada?
AV.- Ha tenido el placer de visitar Jalisco, una de las tierras de mártires y es impresionante la devoción que hay a ellos. Muchos son sacerdotes diocesanos y siento un orgullo de cuerpo al ver sus estatuas en las plazas, considerados como lo que son, una grandes santos y mártires. La consecuencia es que se nota un cariño natural al sacerdote, basta estar en la calle y todo el mundo te saluda con afecto sin conocerte. Pienso que todo esto es fruto de martirio de muchos de sus sacerdotes que siguen ejerciendo su ministerio desde el cielo, no se explica de otra manera. Visitando la catedral de Guadalajara, “sufrí el asalto de un penitente” que buscaba un confesor, no me atreví a decirle que no, recordaré siempre su simpatía y su confesión sincera. No falto la invitación a cenar, una pena, no fue posible. Y podría contar mil y una anécdotas cada día.

-¿Cómo ve a la Iglesia de México?
AV.- Mi trabajo se mueve más en un ámbito civil y no tengo mucha relación con instituciones de la Iglesia. Es evidente que conozco y me considero amigo de un buen número de sacerdotes de los que tengo una impresión excelente. Faltan sacerdotes, eso se nota, puedo decir que, si te dejas, abusan de ti. Siempre falta tiempo para ayudar en parroquias, para atender a los que te piden visitar a enfermos. Nunca faltan bautizos, funerales, celebraciones y todo unido siempre a una invitación familiar a mesa y mantel. La devoción a Guadalupe lo llena todo, se nota en todos los poros de la piel. cuando llego o me despido siempre me acerco a celebrar a Guadalupe, es siempre una experiencia increíble.
-¿Quisiera dejar un mensaje final a nuestros lectores?
AV.- Que sean generosos. Es la forma de ganar el corazón de Dios, cuando más damos, mucho más recibimos. No hablo de dinero, sino de tiempo, dedicar tiempo a los demás siempre es muy rentable. No es que este mal ayudar con recursos económicos, siempre son necesarios, pero dedicar tiempo de nuestra vida cuesta más. Cuando le pido a los amigos que me acompañen a algunas visitas les suele hacer mucho bien y siguen colaborando.
