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«Los niños de nadie»

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Víctor Ulín / Arquimedios Guadalajara.- Con la mano le indico que no. Que el parabrisas está limpio. Le doy una moneda que no debería darle. Me siento culpable porque mañana estará igual que hoy en estas mismas calles sin que nada haya cambiado.

Me sonríe mientras se acerca a la ventana del auto y balbucea unas palabras que apenas puede deletrear, como turbadas, desencajadas de su boca que no sincroniza con su pensamiento. Le respondo que hace bien en preguntar primero si el automovilista desea o no que les limpien el parabrisas de su auto. Dice algo más, pero la verdad no alcancé a descifrar qué.

Es un adolescente. Delgado. Moreno claro. Sus compañeros hacen lo mismo con el resto de automovilistas aparcados durante el rojo del semáforo en la avenida. No son los únicos en esta enorme ciudad que se traga la vida a bocanadas y que impone una dinámica que ni tiempo nos damos para darnos cuenta que las calles de aquí, y de todas partes del país, se van inundando de niños y niñas que ya nadie reconoce como suyos.

Mientras el gobierno no cesa de agregar en sus discursos –y en sus presupuestos– que los niños que ahora llaman eufemísticamente en situación de calle merecen ser felices, la realidad de todos los días, inocultables, les devuelve su demagogia. Parece una lucha simulada o es una lucha simulada: miles de millones de pesos invertidos en infinidad de programas sociales durante tanto tiempo para que hoy no hayamos logrado evitar que muchos niños y niñas sigan tomando una franela y una botella de agua con jabón para limpiar los parabrisas de los autos y ganarse unos pesos que, en muchos casos, lamentablemente, acaban gastando en Resistol o alguna droga.

Nosotros también hemos fracasado desde el momento en el que nos volvimos meros espectadores y los acomodamos como una pieza más de la realidad de nuestra vida ordinaria que privilegia la indiferencia y que tiende a normalizar lo que debería reprobarse. Es evidente que vamos perdiendo con cada nuevo niño que se suma a las calles por necesidad, porque sea obligado por sus padres o terceros, o porque tenga que reunir para comprar la “mona” del día.

Nos preocupamos sólo porque el hijo que está en casa permanezca alejado de aquello que parece ajeno en las calles, pero que a diario nos recuerda que los hijos de nadie también pueden ser los propios, sin hogares ni destinos. Nos consolamos con que sean nuestros hijos los que vayan a la escuela y tengan por delante un porvenir generoso, una vida plena.

A diario vemos en las calles de la ciudad más autos y menos compasión por el prójimo que como los niños que limpian parabrisas, que también son nuestros hijos, merecen una vida digna que no se quede en la mera retórica o en la simulación.

Que no vivan ni mueran en las calles, ignorados y que sean amados como el hijo que nos espera en casa.

Los niños de nadie

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