Después de la gran tragedia de los migrantes en Ciudad Juárez, una nueva ocurrencia de la presente administración surgió como si esto fuera la mejor de las soluciones ante la cada vez más agobiante situación de decenas de miles de personas que pasan por México para tener mejores condiciones de vida. La creación de una coordinación interinstitucional que daría muerte al Instituto Nacional de Migración.
De naturaleza interinstitucional, la cabeza visible será el controvertido Alejandro Solalinde, sacerdote fundador del albergue “Hermanos en el Camino” quien, el 27 de febrero de2007 en Ciudad Ixtepec, Oaxaca, inició esta misión que le ha valido reconocimientos y galardones como el Premio Nacional de Derechos Humanos 2012 entregado de manos de uno de los que esté gobierno considera enemigo de su eufemística transformación, el presidente Enrique Peña Nieto.
Solalinde se estima así mismo de “misionero”. Con 78 años, el clérigo ha desatado polémicas, simpatías y antipatías. Su estilo es el preferido de AMLO acentuando las polarizaciones entre la cúpula eclesiástica que, en no pocas ocasiones, le han señalado de hacer jugosos negocios a costa de los migrantes. En Veracruz, el obispo emérito Luis Felipe Gallardo le prohibió celebrar cualquier sacramento y, recientemente, desde el Episcopado Mexicano, se le lanzó la advertencia de que, de aceptar este cargo político, estaría en riesgo su condición sacerdotal.
Formado en el desaparecido Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos -ISEE- de la arquidiócesis de México, el nativo de Texcoco ha dicho que es un cura fuera del sistema y heredero de la teología de la liberación. Dice que la iglesia no es un monolito sino conjunto de realidades: “Una parte de la jerarquía está dando el cambio, pero no lo dice en público” señaló y su privilegiada condición en el actual gobierno lo ha puesto al nivel de otros sacerdotes que sirvieron a sistemas autoritarios, demagógicos y represores como fue el caso de Ernesto Cardenal en el ministerio de Cultura de Nicaragua.
Independientemente de sus controversias y hasta de las graves acusaciones de ser un abusador sexual, Alejandro Solalinde incluso presume de las amenazas de muerte que ha sufrido con una particular sensación de masoquismo disfrazado de martirio. “Sí, ya me acostumbré, dijo en una entrevista. “Son secundarias, no tengo miedo porque confío en Jesús. Dice él, creo que en Juan 8:29: “El que me envió, está conmigo”. Yo no soy “El enviado”, pero soy un enviado y el que me envía está conmigo”.
Sin embargo, la gran crítica a Solalinde es haber simpatizado con una causa que ha defraudado a los mexicanos. A pesar de las advertencias y señalamientos, de posar al lado del presidente y de poner su brazo encima de la silla presidencial, realizar la labor por el bien de los migrantes y meterse en el gobierno para enderezar una causa corrompida tiene diferencias abismales. Lamentablemente, su papel ahora es político, lo que reduce su confianza y, sobre todo, su buena intención y credibilidad. Para el sacerdote es todo o nada. Reformar el sistema migratorio de raíz implica el reconocimiento de los derechos humanos, de las promesas de visas de trabajo y de regularizar a los migrantes que viven peor que animales en un país convertido en tumba para ellos y que este gobierno ha despreciado y fallado. ¿Hasta qué punto ha llegado el sacerdote? ¿Ser un reformador evangélico? ¿Estar tentado por el poder? ¿Poner su cabeza en la guillotina para que él mismo tire de la cuerda? Una cosa es clara, y usando el mismo recurso que él para justificar sus acciones: “Nadie puede servir a dos señores porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro”. Con el diablo no se dialoga, al final, siempre es traidor.