El Vaticano continúa cerrado, el Papa Francisco sigue enjaulado, corriendo hacia el futuro con la fortaleza de la fe.

El Vaticano continúa cerrado, el Papa Francisco sigue enjaulado, corriendo hacia el futuro con la fortaleza de la fe.

Empieza a cundir en todos los ámbitos sociales la sensación de cansancio ante la situación de confinamiento en la que viven la mayoría de los países para evitar el contagio. Todo apunta a que estamos llegando a un momento de cambio en donde es necesario descubrir nuevas formulas para convivir con el maldito virus que parece que nos acompañará por algún tiempo. Es evidente que en un primer momento la epidemia se fue de las manos a la mayoría de gobiernos y como reacción se vieron obligados a tomar decisiones extremas intentando parar el contagio. Si no hay contacto entre personas no puede haber contagio posible. Empiezan a pasar meses de esta decisión y el problema no se soluciona, los contagios siguen y los muertos, contenidos o no, son abultados. Cuanto más tiempo se prolonga la paralización de la sociedad serán más terribles las consecuencias sociales y económicas. No podemos vivir perpetuamente paralizados pretendiendo que nos asignen un presunto mana milagroso que nos permita comer.

Pasamos a lo que está sucediendo en la Iglesia en estos momentos. Cuando esto empezó se improvisaron fórmulas de ‘presencia’ religiosa que pensamos se están agotando. La realidad virtual lo es incluso en el espacio y el tiempo. Las retransmisiones ‘en vivo’ tienen su sentido si son verdaderamente vivas y vividas por sus protagonistas. Una llamada de teléfono relaciona a dos personas, o mas, en tiempo real y disfrutan del vivo por ambas partes, la misma llamada registrada y escuchada pasivamente por otro u otros carece de sentido y pierde el vivo. Cuando hemos hecho referencia estos días a que está naciendo una nueva forma de relación virtual entre los sacerdotes y sus fieles no podemos verla como un frio registro que uno ve cuándo puede, o cuándo quiere. Observamos como se dan conexiones en vivo con el sacerdote, o la iglesia de referencia en las que las partes se sienten protagonistas. El sacerdote conoce a los conectados y los conectados se sienten parte activa y no solamente pasiva del hecho ‘virtual’ que a pesar del medio utilizado adquiere verdadera vida.

El interés por frías transmisiones está desapareciendo y vemos cómo crece la necesidad de sentirse cercanos a las personas conocidas y con la que se comparte algo más que el tiempo y el espacio. Si perdemos esta cercanía, es indiferente visualizar pasivamente la misa en directo del Papa Francisco del día o visualizar un archivo de Juan Pablo II o de Benedicto XVI sobre la misma festividad. Pensamos que esto no sucede cuando se da una cercanía entre los protagonistas del hecho virtual pero es un riesgo cuando esto no existe. Todos estamos aprendiendo, pero pensamos que la virtualidad está llegando a su mayoría de edad en el mundo religioso y ha venido para quedarse. El Vaticano está cerrado y nadie lo está echando de menos y el Papa Francisco se está quedando en la imagen, real o diferida, de un enjaulado alejado de una sociedad que está corriendo hacia un futuro incierto con velocidad acelerada.

Vemos que los artículos de hoy siguen profundizando en la epidemia y sus consecuencias entrando en temas mucho más de fondo y dejando a un lado las anécdotas diarias que están dejando de ser noticia y pasando a ser rutina. No serán las viejas formulas, y las viejas personas que las encarnan, las que nos sacarán de esto. Es un momento en el que se están abriendo nuevos caminos para los que tenemos que estar preparados. Son muchas las generaciones a lo largo de la historia que se han tenido que reinventar y construir algo nuevo sobre los cimientos que has sobrevivido a la catástrofe. El hombre eterno está siempre y la epidemia nos ayuda a librarnos de tonterías innecesarias y a quedarnos con los valores permanentes.

Los católicos tenemos la suerte de tener en nuestro patrimonio un verdadero tesoro de fe y de historia al que hemos querido dar la espalda pretendiendo crear una nueva iglesia vacía, apostata y sin trascendencia. Recuperemos el tesoro perdido y seremos capaces de fundamentar una verdadera renovación a prueba de pestes.

Terminamos con San Juan Crisóstomo tan lejano en el tiempo pero tan cercano en la fe: «Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero, se hacen blandos y frondosos, y fácilmente les hiere cualquier cosa; sin embargo, los árboles que viven en las cumbres de los montes más altos, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos a la intemperie y a todas las inclemencias, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro.»

«Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. »

Buena lectura.

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