El Papa Francisco no ha sido muy original con su nueva aparición televisiva que es la estrella en la información de hoy. No parece que sirva para acercar lejanos y sí para cabrear a cercanos. Seguimos con la tragedia de los ‘migrantes’, “La guerra es una contradicción de la creación”, la «ecología integral»: “Tirar plástico al mar es criminal. Cuidar la creación es una educación que debemos hacer”. No falto referencia al los «suicidios de jóvenes», al cotorreo capaz de «destruir identidades». No faltaron sus gustos sobre la música: «Me gustan los clásicos, pero también me gusta mucho el tango». Y, como no, el clericalismo, que es el efecto de la rigidez, una «perversión de la Iglesia». Saviano, definió a Bergoglio como «el último socialista», y Fazio como un «intelectual de corazón».
Seguimos con los comentarios a la presencia del Papa Francisco en el programa de televisión abanderado del politicismo de izquierda políticamente correcto, ‘Che Tempo Che fa’ dirigido por Fabio Fazio. Especialmente dura la intervención de Ariel S. Levi di Gualdo, sacerdote, escritor y director de la revista ‘L’Isola di Patmos’. ¿Cómo puede el Papa Francisco entrar, aunque sea unos minutos, en un programa que lleva años tirando porquería a la Iglesia católica y a los sacerdotes, burlándose a cada paso de la doctrina, la moral católica y de los obispos italianos? Recogemos sus principales ideas publicadas en el Blog de Tosatti.
Cada vez son más, y no es para menos, que prefieren referirse al Papa Francisco por su nombre civil: Jorge Mario Bergoglio. Lo hacen y así lo explican, para distinguir cuando hablamos de sucesor de Pedro en la plenitud de su legítima e indiscutible autoridad apostólica y otros momentos, abundantes en este pontificado que sale el argentino Bergoglio. Necesitaremos muchos años, décadas, para poder leer y comprender cómo Dios nos ha colmado de gracia a través de este infeliz y triste pontificado, especialmente en sus últimos y desesperados giros. Sabemos que la misericordia de Dios ha concedido con frecuencia las mejores gracias a través de las desgracias. Sin la peste negra que exterminó a la mitad de la población de Europa no habríamos tenido, un siglo después, el Renacimiento.
Es necesario distinguir entre el hombre y el oficio del Romano Pontífice, al que todos los sacerdotes y fieles debemos un respeto devoto y una obediencia filial, siempre y a pesar de todo. Digno o indigno es el sucesor legítimo del Apóstol Pedro, que cuando se expresa en materia de doctrina y de fe, goza de la especial asistencia del Espíritu Santo hasta el punto de pronunciarse infaliblemente. Cuando actúa como hombre puede realizar acciones o dejarse llevar por esas expresiones inapropiadas, desdichadas y engañosas, como ya estamos habituados en sus declaraciones de altura y en sus charlas con Scalfari, que no pueden ser para nosotros elementos de supremo magisterio y mucho menos vinculantes. Ambrosio de Milán, santo , obispo y doctor: “Díganle al obispo de Roma que después de Jesucristo viene él para nosotros, que lo veneramos y respetamos, pero también díganle que la cabeza que Dios nos ha dado no la vamos a usar solo para ponernos un sombrero”.
El meollo del problema es que Jorge Mario Bergoglio dejó de existir para convertirse en Pedro, pero obstinado e impávido, sigue siendo Jorge Mario Bergoglio, un jesuita mal formado a nivel teológico y eclesiológico entre finales de los 60 y principios de los 70, claramente despectivo con la romanidad e incapaz de entender la universalidad católica. Por desgracia en estas estamos y no quererlo ver es rechazar la realidad para no aceptar el horror de la verdad. Bergoglio se mostró inmediatamente enfermo de originalidad y debe hacer lo contrario de lo que hicieron todos sus predecesores, olvidando la dignidad, que no le pertenece, de la que fue investido y por la cual tendrá que responder seria y gravemente a Dios: “Al que mucho se le ha dado, mucho se le pedirá; al que mucho se le confió, mucho más se le exigirá”
Las llaves del reino de los cielos no están para arrastrar a la Iglesia a un teatro de burlas en medio de las risas de los malabaristas, enanos y bailarines del circo. No menos responsabilidad tienen los obispos y cardenales silenciosos, encantados con el pecado de omisión, al cinismo destructivo de aquellos que esperan a que cambie el viento, sin tener que mover un dedo, sin asumir una sola responsabilidad, esperando saltar al carro del próximo jefe. Como sacerdotes estamos predispuestos a las persecuciones anticatólicas, a morir mártires por la fe, el sagrado ministerio puede implicar también estas posibilidades y esto está en la esencia del sacerdocio, pero nadie estaba preparado para morir en el ridículo, con un «Sumo Pontífice que decidió hacer el papel de bufón en la corte izquierda de Fazio y Littizzetto».
La popularidad de este pontificado hace tiempo que se ha hundido, amado por todo lo que no es católico pero sufrido en lágrimas de sangre por sacerdotes y fieles. Por primera vez en la historia de la Iglesia, los 85 no ayudan, tenemos un cañón suelto impredecible e incontrolable. Fulton Sheen decía: “Cuando Dios quiere castigar a la humanidad, no da al Papa que necesita, sino que deja a la Iglesia el Papa que merece”. San Bernardo escribió a Eugenio III: «¿Puedes mostrarme solo uno que saludó tu elección sin haber recibido dinero o sin la esperanza de recibirlo?»
Hemos entrado en la guerra de los informes sobre abusos, de nula objetividad, que pretender sentar en banquillo de los «acusados mediáticos» a todo el que no gusta. La justicia no es justicialismo, ni a la comunidad herida ni a la Iglesia se le prestaría un buen servicio si se actuara de manera apresurada, solo para dar algunos números. Para Ruini: “la pedofilia es una plaga extendida en todas partes, mucho más que en la Iglesia. Por eso es extraño que el foco de los medios se concentre casi exclusivamente en la Iglesia”. El obispo Camisasca, en defensa del Papa Ratzinger: «las investigaciones deben ser verdaderamente independientes. La Iglesia debe tener el coraje de la verdad aun cuando sea una verdad muy dolorosa. Pero también debe tener la sabiduría de no autolesionarse, de no montar máquinas que realmente trabajen en su contra».
Nos quedamos con la oración de Santo Tomas Moro que el Papa Francisco confesó rezar cada día:
«…y los que lo tocaban se ponían sanos».
Buena lectura.