El olor a podrido inunda el Vaticano, el Papa Francisco y el sínodo de las brujas, la utopía del mundo de colores, el ejemplo de los santos.

El olor a podrido inunda el Vaticano, el Papa Francisco y el sínodo de las brujas, la utopía del mundo de colores, el ejemplo de los santos.

En estos días tenemos la sensación de cansancio ante una agonía que no parece tener fin. La situación interna en los órganos de gobierno del Vaticano y de la Santa Sede está enrarecida y ni los más viejos del lugar recuerdan momentos peores. Pensamos que todo lo que está sucediendo tiene la misma raíz y se muestra a nuestros ojos con síntomas diversos fruto de una misma enfermedad. Hemos gozado de dos grandes papas, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, que con su carisma personal y su enorme altura humana e intelectual han conseguido cubrir la descomposición interna que está viviendo la iglesia desde los tiempos conciliares. El mal sigue estando pero creemos que en las últimas fases de la enfermedad y asistimos a sus últimas y desesperadas crisis.

La presunta neo iglesia nacida en los tiempos conciliares, con la escusa del concilio y a su sombra, se agota. Se agota porque sus postulados están muertos y sus protagonistas a punto de estarlo. Las prisas en intentar imponer a la fuerza lo que no han sido capaces de convencer en decenios se nota demasiado. Las nuevas generaciones están otra cosa y saben que lo tienen tan fácil como esperar. El daño causado es enorme y sus consecuencias imprevisibles pero la presunta neo iglesia se agota y muere de su propia muerte. El sínodo que hemos vivido es un exponente demasiado claro de un camino que no convence ni a sus predicadores y que imposibilitados de ver que ya están muertos pretenden aparentar primaveras y juventudes que no quedan ni en sus más remotos recuerdos. Terminar cayendo  en el ridículo es el peor fin que se puede tener y lo están haciendo con summa cum laude y habrá que darles el premio especial de fin de carrera por su tenacidad hasta el último suspiro.

Hasta pensamos que la indiferencia religiosa que estamos sufriendo en los países de tradición cristiana está protegiendo a generaciones de caer masivamente en la locura. Vivir sin Dios es terrible y sus consecuencias extremadamente dañosas, pero vivir adorando a un Dios falso también lo es. El futuro no está escrito y está en las manos de Dios, el Señor de la historia, que hará lo que tiene que hacer, nos toca rezar, esperar y luchar con los medios y fuerzas de que somos capaces y todo llegará.

Una casa revuelta suele terminar en la ruina también económica y eso estamos viendo con el último Vatileaks en que estamos sumidos. Esto no tiene ni pies ni cabeza es una verdadera locura. Tenemos la sensación de que todos los demonios andan muy sueltos y la casa huele a podrido. Nos siguen prometiendo nuevos documentos que pondrán orden al caos. Las normas están pero no se aplican desde hace decenios y están son sus consecuencias. Lo estamos viviendo en el problema de los abusos a menores en donde no se quieren ves sus verdaderas causas y seguimos dando palos al aire. Estamos leyendo el último libro de Gianluigi Nuzzi , el Juicio Universal, y ciertamente es terrible el nivel de descomposición al que se ha llegado. Si no fuera por la cantidad y calidad de los documentos filtrados y de los testimonios aportados, pensaríamos que el autor se ha vuelto loco. Es de escalofrío lo que algunos llaman el olor a podrido que sale de los sacros palacios. El mal se destruye a sí mismo pero prefiere morir matando porque nunca reconocerá su fracaso.

Dicen que el Papa Francisco está muy disgustado por toda esta situación, y cuando se disgusta se le nota tenso y enfadado. Intenta disimular con generosos abrazos y forzadas sonrisas que no consiguen ocultar la realidad. Se está usando la técnica del silencio que nada silencia. Los periódicos de máxima tirada y los programas de gran audiencia están llenos de continuas referencias a los nuevos y viejos escándalos. Suena a chiste ver cómo el Papa Francisco sigue con su preocupación por el calentamiento, por los pecados ecológicos, por los ídolos profanados, por los mundos arco iris, por los lejanos señores migrantes, por los muros y los puentes. Estamos en medio de una tormenta tropical y el sol hace tiempo que se ve con dificultad. La solución no llegará abrazando árboles aunque sean amazónicos.

Celebramos hoy la fiesta de San Antonio María Claret, uno de nuestros grandes santos del tormentoso siglo XIX que en medio de enormes dificultades supo vivir su apasionado amor a Jesucristo, el en su tiempo supo dar una respuesta hoy nosotros tenemos que dar la nuestra:

«Haz, Señor, que ardamos en caridad
y encendamos un fuego de amor por donde pasemos;
qué deseemos eficazmente
y procuremos por todos los medios
contagiar a todos de tu amor.
Qué nada ni nadie nos arredre, Señor.
Qué nos gocemos en las privaciones.
Qué abordemos los trabajos,
qué abracemos los sacrificios.
Qué nos complazcamos en las calumnias
y alegremos en los tormentos.
Señor, qué no pensemos sino como seguir e imitar a Jesucristo
en trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria tuya y la salvación de las almas. Amén.»

«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!»

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