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Francisco, el Papa que se auto contradice. Teoría y práctica de un pontificado no infalible

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El que entiende es bueno. Lee un poco aquí:

“Se dan cuatro elementos: en el aprendizaje de la realidad están el concepto y la intuición, y en la explicitación de la realidad están los dos términos de una antinomia. Estos cuatro elementos entran en tensión entre sí. No podemos decir que el signo de la adecuación sea el equilibrio entre la realidad y la captación. Debemos buscar un signo que, en sí mismo, abarque la tensión de los cuatro elementos. En mi opinión, este signo es la consonancia.

“La consonancia de la que el sujeto que conoce tiene experiencia en sí mismo es, en este caso, el reflejo de la consonancia que hay entre la realidad en sí y la realidad conocida. Me explico: el que conoce tiene experiencia directa de la consonancia que hay entre lo que aprende y lo que expresa. Sobre la base de esta consonancia puede saber cuándo se da la consonancia entre la realidad en sí y la realidad aprehendida.

“San Ignacio utiliza esta experiencia para asegurarse del hecho que un espíritu sea bueno o malo: la consonancia representada en la caída del agua sobre la esponja y no sobre la piedra. Se trata de una consonancia ambivalente en lo que se refiere a la identidad de los espíritus, porque su signo positivo o negativo se toma del estado habitual del sujeto, quien o bien sube de bien a mejor o bien desciende de mal a peor”.

El extracto ahora citado es el núcleo de un texto inédito de Jorge Mario Bergoglio, con el que «La Civiltà Cattolica» abrió solemnemente su último número, alabando su «estilo de argumentación».

> Interpretare la realtà

El texto data de 1987-88 y coincide con el momento álgido de la carrera intelectual del jesuita argentino ahora Papa, cuando, con poco más de cincuenta años, trabajaba en una tesis doctoral sobre el pensamiento del teólogo y filósofo ítalo-alemán Romano Guardini.

Esa tesis nunca se completó, a pesar del viaje de Bergoglio a Alemania con ese propósito. Pero uno de sus capítulos, según su autor, fue insertado en bloque en «Evangelii gaudium«, el documento programático del pontificado de Francisco. Y es el capítulo con los llamados “cuatro postulados” tan queridos por el actual Papa, según los cuales el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea, el todo es superior a la parte.

El papa Francisco ha reconocido muchas veces estar en deuda con Guardini y en particular con su ensayo de 1925, “Der Gegensatz”, en español “El contraste”.

Es una deuda que también reconoce el estudioso mejor dotado del pensamiento teológico y filosófico de Bergoglio, el profesor Massimo Borghesi, profesor de filosofía moral en la Universidad de Perugia y cercano a él desde hace años, en dos de sus libros dedicados al tema: el primero, de 2017, centrado en los maestros intelectuales del actual Papa, desde Gaston Fessard a Henri de Lubac, desde Erich Przywara a Alberto Methol Ferré, además de Guardini, por supuesto, todos ellos grandes maestros pero ciertamente asimilados de forma muy confusa por su discípulo; y el segundo, de este año, en el que compara la visión de Francisco -de nuevo asociada principalmente al pensamiento de Guardini- con la corriente inspirada por los “teoconservadores” estadounidenses Michael Novak, George Weigel y Richard John Neuhaus.

Borghesi no duda en afirmar que el pensamiento de Guardini “es la teoría que sustenta el marco teórico de ‘Evangelii gaudium’, ‘Laudato si’ y ‘Fratelli tutti’”, es decir, de los tres principales documentos del actual pontificado. “Un pensamiento ‘católico’ fundado en la distinción entre ‘oposición’ y ‘contradicción’”.

Pero, de nuevo, la distancia entre el maestro y el discípulo también es abismal aquí.

La polaridad teorizada por Guardini es la que mantiene unidos los opuestos sin anularlos, la cual concibe a la Iglesia como «complexio oppositorum», formada por institución y carisma, misterio y palabra, interioridad y culto público, historia y vida eterna.

En Bergoglio, en cambio, este fructífero equilibrio de opuestos cae en burdas contradicciones, en las que uno de los dos polos supera al otro (como el tiempo, o el “proceso”, sobre el espacio, la norma) o uno es tan válido como su contrario.

Es un desequilibrio, éste, no sólo del pensamiento sino del hombre Bergoglio, que ha marcado profundamente su vida personal, ya en aquellos años ochenta del siglo pasado en los que escribió, entre otras cosas, las notas farragosas ahora publicadas en “La Civiltà Cattolica”.

Al no ser más el Padre provincial de los jesuitas argentinos, pero todavía con un partido constituido por sus fervorosos partidarios, Bergoglio era en esos años un elemento irremediable de división en la Compañía de Jesús, y así lo juzgaban no sólo sus adversarios argentinos, sino el entonces superior general Peter Hans Kolvenbach, al punto que ni éste quiso reunirse con él cuando fue a Buenos Aires, ni Bergoglio puso un pie en la Curia General cuando fue a Roma.

El propio Bergoglio, como Papa, describió aquellos años ochenta como “un tiempo de gran desolación”, un “tiempo oscuro” que sucedió a los años radiantes de su “omnipotencia” como Padre provincial, durante los cuales, sin embargo, sintió una inquietud interior que le llevó en 1978 a acudir a una psicoanalista judía. La Compañía de Jesús acabó por marginarlo, desterrándolo a Córdoba sin ningún otro destino. Sin embargo, de allí fue rescatado milagrosamente como auxiliar del entonces arzobispo de Buenos Aires Antonio Quarracino, y luego se convirtió en su sucesor y cardenal. En el cónclave de 2005, el que vio la elección de Joseph Ratzinger como Papa, recibió hasta 40 votos, pero también entonces el cardenal Carlo Maria Martini, gran jesuita y gran votante, mantenía intactas sus reservas sobre él y “no era partidario de la elección del jesuita Bergoglio”, como confió después a Andrea Riccardi, historiador de la Iglesia y fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, quien escribió sobre él en un libro publicado hace unos días.

Se convirtió en Papa en el 2013, siempre con sus angustias psicológicas, como él mismo ha declarado varias veces. Es “por razones psiquiátricas” que ha explicado que quiere vivir en Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico. Es “por salud mental” que dice no querer leer los escritos de sus opositores.

El desorden de su discurso es igual al de su pensamiento. Cuando habla o escribe, Bergoglio nunca es lineal, sintético, directo, inequívoco. Es todo lo contrario. Dice y no dice, se desdice, se contradice.

El ejemplo tal vez insuperable de su elocuencia auto contradictoria -sí, no, no sé, decidan ustedes- sigue siendo la respuesta que dio en la iglesia luterana de Roma, el 15 de noviembre de 2015, a una mujer protestante que le había preguntado si podía comulgar en Misa con su marido católico:

> “Para mí no es fácil responder…”

Como es sabido, aquella irresolución respecto a la intercomunión dio cabida en la Iglesia a las prácticas más divergentes, inútilmente contrarrestadas por las sucesivas llamadas al orden emitidas -con el silencio del Papa- por la Congregación para la Doctrina de la Fe y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

Pero no sólo las palabras, también los actos del pontificado de Francisco son un festín de contradicciones, desde el principio.

Al final de su primera audiencia pública tras su elección como Papa, el 16 de marzo de 2013, ante cientos de periodistas de todo el mundo, omitió bendecir a los presentes “para respetar la conciencia”, dijo, de los no católicos o no creyentes.

Pero unos días después, en la noche del Jueves Santo, tras lavar los pies a doce reclusos de diversos credos en la cárcel de menores de Casal del Marmo, entre ellos una joven musulmana, celebró tranquilamente frente a ellos la Misa «in coena Domini», dejando de lado todos sus escrúpulos anteriores.

Y todo ello para júbilo de los medios de comunicación, tanto en el primer caso como en el segundo, un júbilo probablemente calculado por él.

Ocho años más tarde, en 2021, Francisco se las ingenió en cambio para celebrar sorpresivamente una Misa de Jueves Santo en casa del cardenal Giovanni Angelo Becciu, el mismo colaborador cercano y de confianza suyo al que había destituido brutalmente seis meses antes, despojándolo incluso de sus “derechos” como cardenal, en ambos casos sin dar ninguna explicación de estos dos gestos suyos tan opuestos.

La todavía inmotivada defenestración de Becciu es sólo una de las muchas contradicciones con las que incurre el papa Francisco, cuando por un lado alaba la “transparencia” de su acción limpiadora y por otro ejerce sus poderes despreciando las normas y sobre todo los derechos más elementales de las personas.

Otro caso ejemplar reciente es la suerte que corrió el “Responsum” de la Congregación para la Doctrina de la Fe -encabezada por un teólogo jesuita de alto nivel como el cardenal Luis F. Ladaria- contra la bendición de las parejas homosexuales.

Francisco dio formalmente “su consentimiento a la publicación” del “Responsum”, pero inmediatamente después filtró su oposición. Bastó que en el Ángelus del domingo siguiente deplorara los “legalismos”, los “moralismos clericales” y las “condenas teóricas” desprovistas de gestos de amor, para que los partidarios de la bendición de las parejas del mismo sexo se sintieran autorizados por él a proceder como quisieran. Sin que el Papa haga nada para detenerlos. De hecho, hace unos días Francisco ni siquiera pestañeó cuando un miembro de la comisión vaticana para la protección de las víctimas de abusos sexuales, el chileno Juan Carlos Cruz, denunció que el Papa, hablando con él, le había dicho que estaba “muy dolido” por el “Responsum” y que tenía intención de “reparar de alguna forma esta situación”.

El capítulo de la homosexualidad es quizás en el que Francisco se ha pronunciado de forma más camaleónica, comenzando por ese “¿Quién soy yo para juzgar?” que ha sido asumido por muchos como la “marca” del actual pontificado, dando cabida a las interpretaciones y a las prácticas más contradictorias. Y aquí, de nuevo, Francisco nunca ha hecho nada para poner orden en la comprensión de su elocuencia, a veces empujada a formulaciones estrafalarias como ese “él, que era ella, pero es él” aplicado por el Papa -en la rueda de prensa del 2 de octubre de 2016 en el vuelo de regreso de Azerbaiyán- a una mujer que se había hecho hombre y había tomado a otra mujer como esposa, ambos recibidos en una audiencia de bendición en el Vaticano.

También en el campo de la economía, con Bergoglio, las contradicciones están en casa. Existe en él la voluntad declarada de sustituir la “economía que mata”, que sería la de las infames multinacionales, por una ascética “Economy of Francesco” vestida con el hábito del santo de Asís. Pero entonces, al principio de su pontificado, llamó al Vaticano a McKinsey, Ernst & Young, KPMG, Promontory, Deloitte y Price Waterhouse Cooper para que le asesoraran. Y el invierno pasado eligió como socio en la lucha contra el capitalismo al… “Council for Inclusive Capitalism”, es decir, a los magnates de la Fundación Ford, el Banco de América, British Petroleum, la Fundación Rockefeller y otros similares.

Y también, pero no menos importante, está el enigma de la sinodalidad. Tantas veces exaltada por Francisco como la forma ideal de la Iglesia y de su gobierno, pero otras tantas veces contradicha por la forma en que el Papa ejerce de hecho sus poderes, en un régimen de absolutismo monárquico que no tiene parangón en el último siglo de la historia de la Iglesia.

Porque en realidad, con Bergoglio como Papa, la sinodalidad es precisamente como el ave fénix musicalizado por Mozart en “Così fan tutte”: «Lo que hay cada uno lo dice, dónde está nadie lo sabe”.

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