No vayáis a ver esta película. Así de contundente soy. No vayáis a verla, porque os engañarán como a chinos, igual que han hecho conmigo. En efecto, gracias a la premisa, cualquiera puede pensar que se trata de un film con valores cristianos, pero ¡nada más lejos de la realidad! Como señalaremos a continuación, se trata de un nuevo alegato en favor de la muerte, aunque disfrazado bajo la máscara de la compasión y de la heroicidad. Por este motivo, no os dejéis engañar.
(Antes de proseguir, aviso que todo el artículo es un inmenso spoiler, por lo que, si pensáis ver la película, cosa que desaconsejo vivamente, no sigáis leyendo).

La película está basada en la historia real (en el argot cinematográfico, un biopic) de Robin Cavendish, un exmilitar del Ejército británico que, después de la Segunda Guerra Mundial, se instala en Kenia con su esposa. Allí contrae la polio, por lo que debe regresar a Inglaterra cuanto antes. Pese a la esperanza que alberga de una pronta recuperación, los médicos le advierten de que le quedan pocos meses de vida, pues la enfermedad suele ser mortal. Esto lo conduce a la desesperación y al deseo de morir, pero su mujer lo anima a seguir viviendo; tanto es así que, gracias al tesón de ella, él consigue sobrevivir al pronóstico e inventar una ingeniosa silla con pulmón artificial.
Frente a este argumento, ¿quién no va a querer ver esta cinta? En medio del marasmo ético que estamos viviendo respecto de la enfermedad, con un consecuente y preocupante interés por legalizar la eutanasia en los países donde aún está proscrita, ¿quién no va a querer ir al cine para sentir un soplo de aire fresco en la cara? Además, la película se titula Una razón para vivir, y su lema promocional, «Con amor, él logró lo imposible«, apunta a un film en la línea de Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989) o de El aceite de la vida (George Miller, 1992). Pero no solo eso, sino que también ha sufrido el menosprecio de la crítica, que la ha etiquetado con el humillante adjetivo de «folletinesca», aduciendo para ello que, precisamente, se suma a aquellos dos largometrajes en su defensa de la vida, en vez de adscribirse a la defensa de la muerte que hace Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004). Así pues, ¿qué cristiano no va a sentir curiosidad por esta película después de estos antecedentes?

Acicateado, pues, por todos estos convincentes argumentos (principalmente, por el del menosprecio de la crítica, siempre apegada a cualquier exceso ético o religioso, según sus cortas entendederas), decidí verla. Al principio, la película no defrauda en cuanto a las expectativas que arroja: nos muestra una historia de amor, una pareja feliz, una mujer embarazada, un marido ejemplar, la irrupción de la enfermedad, la desesperación del paciente, los ánimos de la esposa enamorada y la remontada moral de aquel. De hecho, mientras la veía, pensaba en deshacerme en elogios hacia ella, porque incluso tiene frases y situaciones que defienden abierta y valientemente la vida, pese a las dificultades de la enfermedad, que aquí son descritas con todo lujo de detalles. Incluso pensé en dedicar el artículo a la esposa del enfermo, una mujer amorosa y tenaz que, como en las películas citadas arriba, demuestra ser el cónyuge fuerte y entregado, que sostiene sobre sí la carga hogareña y familiar, haciendo valer las promesas matrimoniales por su fe en Dios (¿recordáis aquello de ser fiel en la salud y en la enfermedad?).
Pero resulta que, en el último tercio del metraje, cuando el protagonista ha conseguido distribuir la silla con pulmón artificial en todo el mundo y ha reconocido que el gran amor de su esposa ha sido el motor principal de su vida, la película da un giro completamente inesperado y tramposo: Robin Cavendish dice que se quiere morir. Al principio pensé que la mujer respondería con uno de sus acostumbrados rapapolvos, que él agacharía la cabeza y que, a continuación, acabaría la cinta; pero nada de eso: ella cede a la petición de él, le organiza una fiesta de despedida… ¡y todos los amigos de la pareja acude a ella para felicitar al hombre por su valentía! En ningún momento, nadie le disuade o le recuerda lo feliz que ha sido durante su vida y lo feliz que puede seguir siendo… ¡hasta la mujer está contentísima de la heroicidad de su esposo! Diez minutos que destrozan impune y arteramente la hora y media anterior.

Así que ahí estamos: lo que podría haber sido un estupendo alegato en favor de la vida (y de eso se trata durante la mayor parte del metraje), se convierte repentinamente en un vergonzoso discurso proeutanasia. Así que yo me pregunto: ¿dónde está esa razón para vivir, si él decide morir?, ¿dónde esta ese amor tan grande que él siente por su esposa, si luego la deja tirada? ¿La mujer no se preguntaría si ha perdido el tiempo con un hombre tan desagradecido?, ¿ningún amigo le hizo ver lo equivocado que estaba? ¡Hasta el médico dice que está acostumbrado a matar así a la gente! Pero, no contenta con todo esto, la cinta termina con un inevitable texto conclusivo (recordemos que se trata de un biopic), en donde se afirma que el tal Robin Cavendish… ¡eligió vivir para estar con su familia! Pero ¿no acabamos de ver lo contrario? De este modo, la película no solo nos engaña, sino que se ríe de todos nosotros. Y por último, ¿en que momento han creído los críticos que esta película no se adhiere a los (infames) dictados de Mar adentro, si, como ella, ensalza al enfermo que desea suicidarse y toma por tontos a los que desean vivir de verdad?
Por este motivo, si no queréis sufrir el desengaño que he sufrido yo, si no queréis que una película se ría en vuestra cara (¿hay algo más surrealista que eso?), no vayáis a ver esta película. Quedaos con los clásicos que os he citado arriba: dos películas que se rodaron cuando el cine aún creía en la vida. Porque los verdaderos héroes no son los que se suicidan aduciendo una falsa humildad respecto de su situación, o una mentirosa compasión hacia las personas que los cuidan, sino aquellos que resisten por amor la adversidad que Dios les envíe.
https://www.youtube.com/watch?v=b2kceO7CP3M