Es una pena constatar como algunos sacerdotes han despreciado su maravillosa vocación, que consiste en dar la Luz de Cristo al mundo a través de los sacramentos, la cura de almas y el ejemplo, y se han convertido en poco más que simples amigos o alguien con quien los jóvenes se ríen y lo pasan bien.
Un sacerdote no tiene que ser un colega, sino un padre y pastor, maestro de almas, y no es buen maestro quien les dice a sus pupilos que todo está bien, sino que parece más bien razonable pensar que el mejor entrenador es el que más exige a sus “entrenandos”.
Creo que la crisis que ha sobrevenido a la Iglesia Católica en los últimos 50 años ha tenido algo que ver con los sacerdotes que han tratado de acercarse a la gente de la manera equivocada, es decir, renunciando a su propia naturaleza sacerdotal:
Cuando un universitario busca un sacerdote no busca en él risas ni fiesta ni bailes sino que busca consejo, sabiduría, experiencia y exigencia… Si un joven quiere pasárselo bien buscará amigos de su edad o chicas guapas, si van a los sacerdotes es porque reconocen en ellos a Cristo, por eso si un sacerdote abandona su papel para estar cerca de los jóvenes, y en vez de asumir una posición de maestro busca el colegueo, los jóvenes, tarde o temprano, le abandonarán.
Los laicos vemos la diferencia entre un sacerdote con Fe y uno sin Fe, un Sacerdote al que el se ve llorando mientras celebra la liturgia del Viernes Santo, sinceramente compungido, frente a otro al que, tristemente, se le nota que, cuando reza, simplemente cumple con unas determinadas metas de horario…
Cuentan del Cura de Ars que se quedaba minutos en la elevación de la Hostia en la consagración… Por algo Benedicto XVI le proclamó patrón de los sacerdotes…