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Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita (3)

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Roberto De Mattei, Homo Legens, Madrid 201

En lo referente a la condena de los errores, Juan XXIII añade que la Iglesia «prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad […] renovando condenas». El Pontífice, sin saberlo, estaba adelantando uno de los eslóganes de la revolución cultural de mayo de 1968: «Prohibido prohibir». La apertura acrítica al mundo ideal, es decir irreal, fue completa.

«La novedad, más que en la doctrina, se encontraba en la nueva disposición psicológica de optimismo con la que se encaraban las relaciones entre la Iglesia y el mundo: simpatía y apertura. A los que ponían en duda este infundado espíritu irénico y optimista los calificaba el Papa como “profetas de calamidades”»[1]. Así se entiende que cuando, por indicación de la Santísima Virgen a Sor Lucía, en 1960 Juan XXIII abriera y leyera la tercera parte del secreto de Fátima decidiera que tal profecía que anunciaba castigos divinos no tenía nada que ver con él y su feliz tiempo y por lo tanto no la hiciera pública[2]. Aquel Papa bonachón parecía convertirse en una suerte de discípulo de Leibniz: «vivimos en el mejor mundo de los posibles»[3].

«Los concilios ejercen, bajo el Papa y con el Papa, un Magisterio solemne en materia de fe y moral, presentándose como supremos jueces y supremos legisladores en lo que al derecho de la Iglesia se refiere. Pero en este sentido, del Vaticano II no emanaron leyes, ni siquiera deliberó de modo definitivo sobre cuestiones de fe y de moral»[4]. De ahí deriva que el carácter pastoral y no dogmático que tanto Juan XXIII como Pablo VI quisieron dar al concilio le prive de su carácter de infalibilidad; pues, el dogma es infalible y permanece inmutable; mientras que la pastoral puede errar y es cambiante, voluble.

La influencia intelectual debida al auge mundial del marxismo también repercutió en el Vaticano II. La primacía de la pastoral (segundo «mantra» de la época conciliar) es la transposición teológica del «primado de la praxis» enunciado por Marx en sus tesis sobre Feuerbach. La glosa de Marx acerca de que la misión de los filósofos no es la de conocer el mundo sino transformarlo, puede ser parafraseada con la glosa conciliar de que la misión de los pastores y teólogos no es la de comprender y transmitir la fe sino la de transformar la historia por medio de ésta. Es la historia, la praxis, la que debe influenciar en la teología introduciendo en ella las novedades que se crean convenientes, de este modo la pastoral se transforma en la clave hermenéutica para interpretar la verdad católica[5].

Aquí pueden comprobarse las raíces del historicismo propio de la escuela de Bolonia y antes de la nueva teología que no son más que un neomodernismo; pues este movimiento siempre ha intentado cambiar la doctrina católica por la vía de la praxis. Se trata del paso del teocentrismo antiguo y medieval al antropocentrismo moderno. No es ya la fuerza de la religión lo que transforma al hombre, sino que es el hombre el que transforma la religión. No son los hombres los que deben ajustarse a las enseñanzas sagradas, sino que éstas deben adaptarse a mentalidad cambiante de los hombres. Es la Iglesia la que debe cambiar para ir al encuentro de los tiempos y no los tiempos los que deben cambiar para ir al encuentro de la Iglesia. En definitiva, es el mundo el que ha tomado la delantera a la Iglesia que inevitablemente debe seguirlo.

De esta forma, el Vaticano II se presenta como el primer concilio que tiene como finalidad «la apertura al mundo», por lo que se termina convirtiendo en una enmienda a la totalidad de la Tradición de la Iglesia anterior a él, ya que, esencialmente, la Iglesia es una tradición que se ha opuesto al mundo. Y, por consiguiente, se trata un concilio que se dice eclesiológico, pero que no deja de desnaturalizar la Iglesia hasta entonces conocida para dar paso a lo que parece una Iglesia nueva. Esta es la razón por la cual, lo que había sido conocido como Iglesia Católica desde sus inicios hasta el pontificado de Pío XII sea en la actualidad cada vez más irreconocible debido a su continua adaptación al pensamiento débil del mundo moderno.

I. La Iglesia en tiempos de Pío XII: los males del concilio incubados

El concilio Vaticano II tiene una enorme responsabilidad en los actuales males de la Iglesia que no han hecho más que acrecentarse desde entonces, pero no es el responsable de todos. Los errores emergieron en el concilio, pero no fueron creados por él, sino que eran anteriores, se encontraban en frase embrionaria. Por consiguiente, no se corresponde con la realidad histórica la idealización de la llamada Iglesia preconciliar. «Las grandes entregas como las grandes caídas no se improvisan».

Las causas remotas que condujeron a que el Vaticano II fuera el catalizador de los diversos errores modernos hay que encontrarlas en:

1.El movimiento bíblico: que se encontraba contagiado del biblicismo protestante, así como de los presupuestos filosóficos liberales. Divino Afflante Spiritu (1943), redactada en gran medida por el confesor Pío XII el cardenal y jesuita Bea, no depuraba suficientemente la importancia de los géneros literarios y el acotar el valor del método histórico-crítico. Este biblista alemán tendrá un gran peso en el concilio posicionándose desde el inicio como una de las principales figuras del ala liberal.

2.El movimiento litúrgico: impregnado de «arqueologismo» como el mismo Pío XII denunciara en Mediator Dei, y que portaba en su seno una clara tendencia protestantizante. No obstante, fue el mismo Papa quien «abrió la veda» a la «renovación» litúrgica al reformar el rito de la Semana Santa en 1950 encomendando su elaboración a Bugnini, quien bajo el pontificado de Pablo VI sería el inventor de la Misa nueva.

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3.El movimiento filosófico y teológico: a pesar de que Pío XII con Humani Generis parecía haber detenido la expansión de la Nouvelle Theologuie, no había sido así. Más bien levantó un muro de contención que, sin embargo, en poco tiempo fue desbordado debido, principalmente, al insuficiente cultivo de la filosofía y teología tomista como respuesta adecuada. El modernismo estaba contaminando la enseñanza que se impartía en muchos seminarios y centros de formación, especialmente del norte y centro europeo y de las órdenes religiosas principales. Aunque todavía el alcance del cáncer no se manifestaba en toda su extensión, sí se propagaba en las misiones al ser los misioneros (religiosos en su mayoría) formados o formadores de estos errores. El naturalismo filosófico (la negación del orden sobrenatural) que en teología se convierte en el modernismo y en política en el liberalismo no había sido completamente arrancado por San Pío X (Pascendi 1907) y paulatinamente estaba desarrollándose.

4.El Movimiento ecuménico: tenía en común con los anteriores un fuerte sentimiento antirromano y una eclesiología y soteriología que no pueden denominarse católicas sin un gran atrevimiento. Uno de sus principales inspiradores fue el evolucionismo de Teilhard de Chardin que fascinaba a Yves Congar y de cuya fuente se alimentaba[6]. Pío XI con Mortalium Animos (1928) no había conseguido atajar el problema del falso ecumenismo en los países donde los protestantes convivían con los católicos: Alemania, Francia, etc. En poco tiempo, los herejes y cismáticos de antaño pasaban a ser considerados «hermanos separados». Incluso, en otro ámbito, posteriormente los judíos serían denominados por Juan Pablo II «hermanos mayores». De ahí que no haya que escandalizarse pues de la afirmación de Berglogio: «todos somos hijos de Dios»[7].

 

[1] Roberto De Mattei, 167.

[2] Cf. Antonio Socci, El cuarto secreto de Fátima, Madrid 2012, 182

[3] Cf. Fraile-Urdanoz, Historia de la Filosofía, vol. III, Madrid, 2000, 675.

[4] De Mattei, 37.

[5] Cf. De Mattei, 22-24.

[6] Cf. De Mattei, 66.

[7] 7-1-2016.

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