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Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita (2)

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Roberto De Mattei, Homo Legens, Madrid 2018

Así lo narra Joseph Ratzinger, perito del Vaticano II: «Crecía cada vez más la impresión de que en la Iglesia no había nada estable, que todo podía ser objeto de revisión. El concilio parecía asemejarse a un gran parlamento eclesial, que podía cambiar todo y revolucionar cada cosa a su manera […]. Si en Roma los obispos podían cambiar la Iglesia, más aún, la misma fe, ¿por qué solo les era lícito hacerlo a los obispos […]. El papel que los teólogos habían adoptado en el concilio creó entre los estudiosos una nueva conciencia de sí mismos: comenzaron a presentarse como los verdaderos representantes de la ciencia y, precisamente por esto, ya no podían aparecer sometidos a los obispos»[1].

El diagnóstico es claro:

  1. El democratismo

Implantado en el concilio transmitía una imagen distorsionada de la Iglesia al mundo que el sensacionalismo de los medios de comunicación reforzaba alimentados por las ruedas de prensa, artículos, declaraciones y conferencias de los padres conciliares progresistas.

  1. Mutabilidad del depósito de la fe

Todo podía ser cambiado y de hecho ya empezaba a serlo. Por ejemplo, si la Iglesia había cambiado un rito de la Misa con más de mil años de antigüedad e inventado otro nuevo, ¿por qué no habría de cambiar también la enseñanza moral, el celibato sacerdotal, el sacramento de la confesión (absoluciones colectivas) o que las mujeres pudieran recibir el sacramento del orden? Es la consecuencia lógica de principio lex orandi, lex credendi. En lenguaje aristotélico, la substancia y los accidentes, la materia y la forma están unidas. Resulta harto difícil pretender cambiar los accidentes y que la substancia permanezca inmutable.

  1. Manipulación pastoralista de los nuevos teólogos

Ellos se habían convertido en los creadores de opinión en la Iglesia ante los que los obispos se rendían y cuyas propuestas más peregrinas seguían y convertían en normas en sus respectivas diócesis. Por ejemplo, la manipulación pastoralista del sacramento de la confirmación, el cierre de los seminarios y posterior envío de los seminaristas a pisos. De esta guisa, los teólogos se convertirán en una especie de poder fáctico en la sombra instaurándose de hecho una superioridad moral de los teólogos progresistas sobre el Magisterio, la Tradición y la disciplina eclesiástica.

  1. La herejía o disidencia eclesial en modo alguno era reprimida, sino que se encontraba, no sólo tolerada y enseñada profusamente en seminarios y facultades de teología, en congresos y publicaciones, debido a un silencio comprensivo y cómplice de los obispos; sino hasta privilegiada con nombramientos y reconocimientos eclesiásticos. Por otro lado, la ortodoxia era perseguida. Se tomaban medidas contra el sacerdote que llevaba sotana no contra el que vestía de civil, se perseguía al sacerdote que celebra la Misa tradicional no al que se inventaba la nueva. Se tomaban medidas contra el sacerdote que continuaba enseñando el Catecismo de Trento, el de San Pío X, el Astete o el Ripalda, no contra el que enseñaba sociología o estupideces humanistas en cuadernillos de «pinta, recorta y colorea» (antes llamados catecismos), que silenciaban las verdades fundamentales de la fe católica cuando no las contradecían.
  2. Los cambios doctrinales, litúrgicos y morales afectaron hondamente la fe y las costumbres del sencillo pueblo de Dios que quedaba así completamente inerme, confundido e indefenso ante el avance arrollador de la revolución cultural marxista-freudiana de mayo de 1968. Los fieles necesitaban certezas ante la invasión del pensamiento secularizador y la Iglesia sólo les ofreció opiniones personales variadas, diálogo y buenismo. Este y no otro es el motivo principal de la descristianización contemporánea de Occidente, de la pérdida de relevancia de la Iglesia y de su posterior descrédito actual. Por consiguiente, achacar los males actuales de la Iglesia a la praxis errónea preconciliar; (como se predica en la Universidad de San Dámaso) no es más que una vil manipulación de la historia digna de los clérigos que simpatizaban y excusaban al marxismo para dialogar con él. No ha de olvidarse que el marxismo entiende la historia como propaganda.

I. Naturaleza anómala y hermenéuticas opuestas

«En los concilios, la voz del Papa y de los obispos del mundo en comunión con él se eleva por encima de los acontecimientos históricos, y esa voz solemne construye la historia de la Iglesia y, con ella, la del mundo»[2].

¿Por qué la Iglesia había convocado concilios? En modo alguno para inventar o añadir novedades al depósito de la fe, sino para confirmar y defender un artículo de fe que, a pesar de haber sido pacíficamente creído por todos los fieles, siempre y en todas partes había sido negado con pertinacia en el cuerpo de la Iglesia[3]. Todos los veinte concilios ecuménicos (es decir, universales, generales) anteriores de la Iglesia Católica, desde el primero el año 325 en Nicea, habían producido, como por otra parte era lógico, solemnes pronunciamientos dogmáticos y la condena de los errores subsiguientes.

Por ejemplo, en el caso de dicho concilio de Nicea, se afirmó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo que había sido impugnada por Arrio. Otro tanto ocurriría en el concilio de Trento ante la herejía protestante. Por el contrario, el concilio Vaticano II no se propuso:

  1. Definir ninguna verdad de fe.
  2. Como tampoco condenar ningún error.

Así lo declarará Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 en su discurso de apertura que se convierte en la clave hermenéutica del espíritu del concilio. El Papa llama a exponer la doctrina católica «a través de las fórmulas literarias del pensamiento moderno»[4]. Lo cual conlleva la asimilación de las categorías del pensamiento moderno que son radicalmente incompatibles con la misma fe católica. Por consiguiente, se produce una amalgama donde la fe tiene todas las de perder al subordinarse el fin al medio y de esta forma perder la fuerza de la claridad y la precisión que se encuentran en la escolástica, especialmente la tomista; mientras se aumenta la ambigüedad haciéndose así posible una doble interpretación. De este modo era modificado, o mejor dicho desechado, el método teológico que desde el apogeo de la Edad Media había conformado a la Iglesia Católica y cuyo mayor exponente es Santo Tomás de Aquino y sus grandes comentadores[5]. Siendo sustituido por el método de la teología narrativa que existe en la actualidad. Así el Vaticano II puede interpretarse según un criterio de:

  1. Continuidad del concilio con la de la Tradición precedente, es la tesis que fue asumida por la jerarquía especialmente desde el pontificado de Juan Pablo II y fue enunciada con claridad en el discurso programático de Benedicto XVI a la curia romana el 22 de diciembre de 2005. «La única manera de hacer creíble el Vaticano II es la de presentarlo como una parte de la completa y única Tradición de la Iglesia y de su fe»[6].
  1. Discontinuidad con el pasado de la Iglesia, se trata más bien de una hermenéutica que aborda el concilio no tanto desde un análisis teológico sino histórico pero que, evidentemente, tiene de fondo una filosofía de la historia[7]. Su expresión más significativa es la llamada «escuela de Bolonia», que bajo la dirección del profesor Alberigo, produjo una voluminosa Historia del concilio Vaticano II, obra de referencia aunque muy discutida y discutible debido a su sesgo profundamente modernista pero muy difundida en varios idiomas[8]. «Para esta escuela, el Vaticano II fue, ante todo y más allá de los documentos que produjo, un “acontecimiento histórico” que, como tal produjo una innegable discontinuidad con el pasado, dando paso a una nueva época»[9]. Alberigo ha querido hacer de esta escuela una continuación de la dominica de Le Saulchoir.

Resumiendo, y enunciado de manera prosaica, según la escuela de Bolonia la Iglesia Católica vendría a fundarse en 1962, o al menos a refundarse una nueva Iglesia, una nueva concepción de la Iglesia que ha roto de forma radical con su historia. La Iglesia anterior al Vaticano II vendría a ser algo parecido al AT, por el contrario, la Iglesia salida del Vaticano II sería el NT: «antes se os dijo, pero yo os digo»[10]. El concilio es convertido así en un «supergodma» que sustituye a los anteriores, todo el Magisterio anterior al concilio puede ser puesto en duda, ahora bien, nada del Vaticano II puede tener la más mínima objeción ya que se trata de un nuevo «Pentecostés»[11]. De este modo Gaudium et Spes y Dignitatis Humanae vendrían a ser el anti Syllabus y los mismo puede decirse de Dei Verbum respecto a Dei Filius del concilio Vaticano I y así sucesivamente para seguir avanzando porque los documentos del Vaticano II no serían más que un punto de inicio, no de llegada. La dialéctica hegeliana de tesis-antítesis-síntesis es nítida. El mayor representante de esta corriente en el actual colegio cardenalicio es el joven cardenal Tagle de Filipinas al que algunos no dejan de señalar como el «papable» tapado de Bergoglio.

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[1] Joseph Ratzinger, Mi vida, Madrid 2005, 132.

[2] De Mattei, 11.

[3] Cf. San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. IV.

[4] De Mattei, 168.

[5] Cayetano, Melchor Cano, Domingo Báñez, Domingo Soto, Juan de Santo Tomás, Pedro de Ledesma, Santiago Ramírez, Garrigou-Lagrange, Ettiene Gilson, Cornelio Fabro, Royo Marín.

[6] De Mattei, 13.

[7] Cf. Fraile-Urdanoz, Historia de la Filosofía, vol. III, Madrid 2000, 922.

[8] Giussepe Alberigo, Historia del concilio Vaticano II, Salamanca, 1999,

[9] Roberto de Mattei, 14.

[10] Mt 5, 17.

[11] De Mattei, 16.

3 comentarios en “Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita (2)
  1. No puede entenderse el valor intrínseco del Vaticano II desde una perspectiva a ras de tierra, que sólo analiza las andanzas del sector de teólogos modernistas y de una parte del episcopado desviada del magisterio tradicional desde mucho antes del mismo (a pesar de la Pascendi y de los esfuerzos de Pío Xi y Pío XII). Querían un Concilio de entrega al mundo de las revoluciones anticristianas, es cierto, pero la parte sana de la Iglesia tenía también mucho que decir, y el Espíritu Santo que auxilia a la Iglesia también: No es lo mismo un concilio que se pliega a la “igualdad, libertad y fraternidad” proclamadas por la revolución, que un concilio que RESCATA la verdadera igualdad, la verdadera libertad y la verdadera fraternidad que siempre han sido realidades cristianas y que la revolución usurpó sin practicarlas nunca. La Iglesia no podía enfrentar el engaño anticrístico final desde posiciones desconocedoras de la dignidad humana esencial: Tenía que armarse con la Verdad del Evangelio COMPLETA.
    La incomprensión del concilio auténtico (de sus constituciones y declaraciones textuales) y no del “espíritu” falsificado por el progresismo y por el aparato masónico, se debe al trasfondo de racionalismo maurrasiano oculto tras el falso tradicionalismo francés. Ese trasfondo ha impedido a muchos entender la realidad escatólogica de nuestro tiempo, valorar la profética y la mística y atender la obra ingente de Nª Señora preparando la Segunda Venida.
    El doctor FCo. Canals Vidal explicó todo esto en su momento en un congreso tomista de Roma, sin que el Sr. De Mattei y algún otro entendiesen nada….

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