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Prudencia y técnica

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La bitácora del Brigante ofrece la traducción de unos textos del p. Deman sobre la prudencia que nos parecen muy recomendables. Destacamos hoy el siguiente:

«En realidad, los hombres no pueden evitar preguntarse sobre lo que deben hacer en la práctica. Todos verifican en su experiencia que las intenciones virtuosas no bastan. Pero no siempre recurren a la prudencia para determinar la acción que van a realizar. La casuística, tal como se la ha denominado, ha intentado usurpar esta función. Figurándose teóricamente los casos, es decir, las situaciones de todo tipo que pueden presentarse a la conciencia, provistos de las variadas circunstancias de las que pueden venir acompañados, la casuística elaboró fórmulas de solución, en la ilusión de que bastaría con ir a buscarlas a los libros para saber cómo actuar. Históricamente ésa fue la mentalidad de la que nacieron, a partir del siglo XVI, los enormes volúmenes de casus conscientiæ. Método perezoso y artificial, que no puede alcanzar a la realidad –a pesar de pretenderlo– y que trata como autómatas a quienes lo adoptan.
Sólo al hombre le corresponde elaborar su acto moral. Que él se informe y que consulte es cosa que se entiende bien: en la docilidad hemos reconocido uno de los elementos de la prudencia. Que busque determinar de antemano, en forma de doctrina, las reglas que se imponen en tal o cual terreno de la acción, también es cosa que se entiende (y la palabra “deontología” se inventó para expresar esa búsqueda). Pero siempre quedará para cada cual el deber de formarse un juicio sobre la acción que pretenda realizar (puesta la mirada sobre la realidad y no sólo sobre las opiniones) y en esa acción su autor comprometerá su propia responsabilidad. La multitud de los doctores jamás podrá ocupar el lugar de la prudencia para el individuo. Sólo educando en sí mismo su inteligencia práctica se pondrá en condiciones de realizar su papel de agente moral. El camino para estar a la altura de la noble tarea de realizar el bien, que ha recibido de la naturaleza y de Dios, pasa por el interior de cada hombre. Él no ha nacido para averiguar las opiniones de los casuistas, sino para formar su propio juicio, de modo que el acto moral surja de él como un fruto maduro y lleno de savia. El hombre aspira al bien y en su deseo de practicarlo realmente se provee de todas las cualidades del espíritu merced a las cuales se hace capaz de elaborar su acción vitalmente y en verdad. La vocación moral del hombre le compromete por entero. Que no espere corresponder a esa vocación si, de entre las facultades de su alma, deja sin usar su inteligencia.»

En la actualidad, la prudencia es una virtud olvidada. A tal punto se ha llegado, que se pretende reemplazarla por la mentalidad técnica. Pero la técnica es una racionalización mediante la cual el hombre somete la naturaleza exterior a la dirección de la razón. Esta racionalización, que se realiza sobre las cosas exteriores, nunca puede ser idéntica a la que la prudencia debe imprimir en las acciones humanas. La mentalidad técnica rechaza toda theoria en su significado correcto de contemplación profunda de la realidad; ni siquiera pretende alcanzar otra nueva y más perfecta, a través de lo que la propia práctica va mostrando. No trata sino de realizar e im­poner un modelo poiéticamente ideado. El riesgo mayor consiste en que nuestra razón llegue a despotenciarse, reduciéndose a mera funcionalidad en busca de lo útil; pues, como había advertido Sciacca:

«Cuando lo ra­cional, entendido como medida y peso de cantidad calculable, es aplicado incluso a la vida estética, moral y religiosa, obtura y expulsa la fantasía, los sentimientos, la fe, adormece todo ím­petu y empeño, seca el amor y hace a los hombres mezquina­mente egoístas, perdidamente empeñados en medir y pesar su propia utilidad para una siempre mediocre felicidad…».

Reemplazar la prudencia por la técnica tiene consecuencias deshumanizadoras y patógenas.
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