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Munificentísimo Señor

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Los últimos días hemos sido testigos de variopintas informaciones acerca de los problemas tenidos por un grupo de “juventutem” para poder celebrar una Misa tradicional en el interior del santuario de Loyola. Las controversias que se leen acerca del asunto, rozan lo delirante. Parecen centrarse en el culpable; que si el obispo les obligaba a concelebrar, que si les decía que no podían celebrarse dos misas simultáneamente (o que no podían celebrarse simultáneamente dos misas en ritos distintos), que si después de la Misa del obispo había una exposición del santísimo en el santuario, que si el demandadero tuvo una confusión y no se dio cuenta de que esa peregrinación coincidía con la Misa del obispo… Se ha hablado de todo menos de lo que hay que hablar.

Puestos a buscar culpables, el máximo culpable es el asesor religioso de ese grupo de “juventutem”, por no saber donde se metía. Lo llamativo no es que no se haya podido celebrar allí una Misa tradicional. Lo llamativo sería que en Loyola se hubiese celebrado. Pero el obispo es bueno, ¿no? Nadie lo duda, majo como un escarabajo. Pero es un obispo discutido por el clero de su diócesis, con probables intenciones de no armar demasiados líos con su clero durante su pontificado, para así discretamente lograr una promoción y dejar atrás la turbia y compleja diócesis de San Sebastián. Obviamente a monseñor Munilla lo que le faltaba era imponerse ante el rector del santuario de Loyola para cumplir las leyes de la Iglesia. Los consejos de presbiterio de San Sebastián podrían metamorfosearse en una comedia de situación. Habrá alguno que piense que “si lo dice el Papa, no habrá problema ¿no?”. La respuesta es: depende. El que piense de otra manera es que no sabe en qué Iglesia vive.

Si se pide permiso para celebrar una Misa, sea la tradicional, la de Pablo VI o el rito siro-malankar, lo que se está preguntando exactamente es lo siguiente: si ese centro de culto, iglesia, capilla o santuario está funcionalmente disponible ese día. Si no lo está, lógicamente habrá que buscar otro sitio. Si se concede el permiso, eso quiere decir que no hay ningún obstáculo físico o moral para esa celebración. Sin embargo, si el que da permiso observa que ese día hay una misa con el obispo. Tiene varias opciones: a) Decirle al obispo que no venga; b) Comunicarle al obispo esa eventualidad, con el fin de que él disponga lo que se ha de hacer; b.1) El obispo no pone problema alguno con que haya otra celebración; b.2) Al obispo no le parece bien que haya dos celebraciones simultáneas, y le indica al rector del santuario que avise a ese grupo para que se desarrollen su celebración en un momento anterior; b.3) Al obispo no le parece bien y conmina al rector del santuario para que no avisen a nadie, y así aprenden de paso; c) Los jesuitas del santuario aprovechan la excusa de la misa del obispo para prohibir cualquier tipo de Misa tradicional en su iglesia, sabiendo que mons. Munilla no les va a desairar; d) Permitirles la celebración y quemar la iglesia con todos dentro.

Un misterioso enigma, que sólo mentes privilegiadas podrán desentrañar. Sorprende que en Infocatólica no haya habido ninguna mención de este acontecimiento; una buena ocasión para manifestar su adhesión a monseñor Munilla ante un minoritario grupúsculo filo-lefebvriano, agresivo y displicente, que tras recibir el permiso para celebrar Misa en una iglesia, se encuentra la puerta cerrada y tiene que contentarse con hacerlo al solano. Chicos deslenguados sin duda. Iba a referirme al tradicionalista oficial de Infocatólica, pero mi punto de lucha en el plan de vida espiritual semanal es no hablar de él.

La respuesta más manida es “no se sabe lo que pasó”, “esperemos una noticia oficial”. Se sabe lo que pasó, ¿cómo que no? Llegaron, puerta cerrada, no hay posibilidad de celebrar en el santuario y ¡hala! a la alegre campiña guipuzcoana. “Esperemos una noticia oficial”, ¿para desmentir qué hechos? Curioso el voluntarismo neocon. Sin saber ni si quiera si va a existir alguna aclaración oficial por parte del obispado o del santuario –que no existirá- ya se rinde obsequiosamente el entendimiento y la voluntad a la misma. Ya digo, curioso.

Seamos positivos. Se dice que monseñor Munilla es buen obispo. Seguramente este acontecimiento, con las subsiguientes críticas en las webs “tradis” le dará muchos puntos en la Conferencia Episcopal. Parece que ya se oye a alguno: “¡Oye, Munilla es de los nuestros!”. En el caso de que reciba el merecido ascenso ya nos puede ir invitando a un asado.

Vueltas por un lado, y vueltas por el otro. Las cien mil glosas que se hacen en internet al Motu Proprio Summorum Pontificum, o a la instrucción Universae Ecclesiae, los cientos de comentarios en conversaciones bloguísticas al respecto, o los sesudos expertos comentadores de tales normativas, se dan de bruces con la realidad eclesial española. Y da igual que el obispo en cuestión sea bueno, malo o regular. La partitura de la sinfonía es siempre la misma aunque cambien los intérpretes.

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