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Los que no pertenecen a la Iglesia

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El obispo Antônio de Castro-Mayer ha sido una personalidad pública de la Iglesia en el siglo XX. Traducimos unos fragmentos de su Instrucción pastoral sobre la Iglesia (2-III-1965) referidos al bautismo in voto y al valor de las confesiones no católicas para la salvación de sus integrantes. 


“Normalmente, la persona debe pertenecer a la Iglesia, ingresando en ella mediante el bautismo, profesando en ella la fe católica, según la cual debe vivir, Este es el camino ordinario de salvación. Cuando decimos ordinario, queremos significar que fuera de él, aunque la persona puede salvarse, la salvación puede considerarse más rara. Pero incluso aquellos que no pertenecen a la Iglesia y por la Misericordia de Dios se salvan, sólo consiguen la entrada al Paraíso mediante una relación con la Iglesia de Cristo. Tal relación es habitual en los catecúmenos, que movidos por el Espíritu Santo, aspiran a ingresar en la Iglesia y se preparan para el bautismo. Y también hay una relación en aquellos que, siempre movidos por el Espíritu Santo, mantienen en su corazón un amor sobrenatural a Dios Nuestro Señor, deseosos de realizar todo cuanto Él manda. Tales personas, si conociesen a la Iglesia de Cristo, ciertamente entrarían en ella. Conservan, por tanto, un deseo implícito de adherir a la verdadera Iglesia
Por otro lado, la gracia de pertenecer a la Iglesia de Dios no justifica, en modo alguno, un desinterés por los que no pertenecen a ella, o, mucho menos, un desprecio por sus personas (…) Dios quiere la salvación de todos los hombres y a todos busca con los designios de su Misericordia. Así, la Tradición considera como preparación del Evangelio los restos de verdad y de bien que sobreviven en las religiones paganas. De estos se sirve el Espíritu Santo para despertar en esos pueblos deseos de posesión integral de la verdad y el bien que sólo la Revelación proporciona…
Lo mismo se da con las religiones llamadas cristianas, que se constituyeron en virtud del abandono de la Casa paterna. En ellas, también la Misericordia de Dios mantiene riquezas dispersas —como Sacramentos, sucesión apostólica, Sagradas Escritura— que pertenecen a la verdadera Iglesia, y que deben servir como punto de partida para el retorno al seno de la familia.”
* Tomado de: Castro-Mayer, A. Por un cristianismo auténtico. Ed. Vera Cruz, 1971. Ps. 235-237.
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