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Espiritualidad laical: desenvolvimiento personal en el deber de estado

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Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 
Todo aquello que sirve a Dios, nos sirve, nos eleva también a nosotros. Si es verdad que es doloroso y humillante el ser esclavo de las gentes, también lo es que siempre es muy bueno y fortalecedor el ser esclavo de un trabajo, cuando éste es oportuno y según el orden debido.
Un poeta declaraba que lo que más estimulaba su numen, no era lo que ordinariamente se llama inspiración, sino más bien la necesidad de concluir una vez que emprendía la obra, una vez que tiraba los dados de la suerte. Lo mismo ocurre con los dados de la Providencia que se hallan extendidos ante nosotros; si después de leer el resultado, lo aceptamos con valentía serena, tendremos una ocasión estupenda para nuestro desenvolvimiento y nuestro progreso.
Todo empleo tiene su rendimiento en el cual es en lo que ordinariamente se piensa, y lo que únicamente se procura obtener. Pero la realidad sobrepuja siempre nuestros intentos: pues lo divino es rico. Si confronto con los movimientos de mi ser íntimo lo que intento realizar en el trabajo, veo que en cierto modo no viene a ser otra cosa que un perfeccionamiento. El alma sobrepasa al empleo; éste podrá desfigurar mi vida íntima, puesto que se interpone entre el público y yo, pero no será capaz de aniquilarla.
¿Qué consuelo puede haber mejor para el caso en que el rendimiento es aparentemente nulo o en que se ha obtenido —si es que esto puede llamarse obtener— precisamente un resultado contrario al que se pretendía? Pero, ¿qué digo? Aún así ha salido ganando si, mediante el esfuerzo generoso realizado para vencerse a sí mismo con ocasión de lo exterior consigue un aumento de dignidad y de valor moral.
Por lo demás, la tierra se niega con frecuencia a dar al labrador todo lo que de ella espera; sin embargo, pocas veces se arrepentirá éste de haberla trabajado. Lo que por una parte se pierde, se gana por otra. La naturaleza no es ingrata. Ahora bien, si esto ocurre en la naturaleza, en lo sobrenatural hay que decir que es imposible concebir la riqueza que esperamos; en este orden, la nada vale infinito, lo insignificante produce lo inmenso, y los valores negativos se tornan positivos por la acción de Aquel que «llama a lo que es y también a lo que no es».
No me refiero aquí en absoluto a la recompensa; hablo de formación. En el fondo son idénticas; pero puede ocurrir que no se piense en las futuras floraciones. Esta semilla de inmortalidad que tenemos y que se confunde con nuestra persona moral, se desarrolla, mejor que en parte alguna, en el deber de estado, independientemente de cualquier acción y de toda eficacia visible: «¿No es verdad —dice M. Jacques Madaule— que los días en que estamos abrumados por las ocupaciones nos llega a cada uno de nosotros un momento en que sentimos de repente que todo eso no tiene en realidad importancia alguna, que no llegamos a lo esencial, que nos quedamos en la superficie?» Así es, en efecto. Sin embargo, el fondo de las cosas nos espera siempre; está esperando que lo asgamos, o mejor, que nos dejemos asir por él, porque solamente nos llevará cuando en verdad nos posea.
Por lo demás, es preciso conceder que en el deber de estado, la quietud del espíritu y el equilibrio del alma exigen un cierto éxito a los propios ojos y una satisfacción de los demás. Pero no olvidemos que el éxito depende de la fidelidad que pongamos en la obra y de la importancia que le demos. Formándose, se adquiere fe; teniendo fe, se forma uno. Hay en ello sus más y sus menos; pero en general el fracaso es debido casi siempre a la irreflexión, al olvido o al descuido de las condiciones esenciales que exigen los actos; y es que se deja al azar, a la «probabilidad», lo que de por sí exige un esfuerzo perseverante si se quiere sacar partido. Naturalmente tendemos a querer obtener efectos sin poner antes las causas. Por un mínimum de semilla queremos un máximum de cosecha, y aun ese poco lo regateamos en lugar de sembrar en abundancia. Sin embargo, no lo entiende así la naturaleza cuando no nos complace, elogiando de este modo a la moralidad aun en sus leyes y dando con ello una lección a nuestra pereza. También reciben ahí su lección nuestra imprudencia y nuestras pasiones, porque no solamente queremos el bien sin que nos exija esfuerzo, sino que también pretendemos evitar los peligros sin aventurar nada. Lo mismo que ocurre al enfermo que se aferra en llamar al médico y no quiere comenzar por sujetarse a las más evidentes prescripciones de la higiene. En ambos casos puede adivinarse qué cambios puede obrar una entrega al deber de estado que no favorezca menos la represión de las pasiones que la práctica de la valentía.
Un escritor contemporáneo escribía sin ambages: «No he tenido por qué preservar mi pluma; ella ha sido la que me ha preservado a mí». Delacroix escribía también en su diario: «La pintura comodona es la pintura de un comodón». Y luego se felicitaba de haber encontrado su bienestar donde menos lo pensaba: en su quehacer diario. A la larga —y así lo apunta Delacroix también— dificultades, preparaciones o retoques fastidiosos y hastío, todo se desvanece por sí mismo. Según Baudelaire, «la obra más larga es la que no se comienza por falta de decisión», y en su Princesse lontaine leemos este verso: «Se termina por amar el punto al que se boga».
Nosotros bogamos hacia Dios sobre la barca de cada día en la que El nos colocó. Y lo hizo por amor: si nosotros bogamos también por amor, terminaremos amándole más.
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