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AL VI ARTICULETE DE D. IRABURU (IV)

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4. Es contrario a la Tradición católica rechazar públicamente las enseñanzas y normas establecidas por los Concilios, especialmente por los Concilios Ecuménicos, aunque éstos hayan tratado predominantemente de asuntos pastorales y disciplinares. Por eso la actitud lefebvriana es incompatible con la Tradición católica.

La tesis central supone mucho de lo que debe probar. Lo primero que hay que deshacer es el equívoco iraburrita de divinización de los concilios ecuménicos. Es doctrina católica pacífica y universal que un Concilio, sin el Romano Pontífice, es inferior a este; y que el Concilio con el Papa, no es superior a este, ya que la misma jurisdicción tiene el Papa sólo y el Concilio con el Papa. El Concilio nunca es superior al Papa. Si en determinados casos es lícito resistir públicamente al Papa; luego –a fortiori– será lícito resistir las enseñanzas de un Concilo.

(a) La resistencia es conforme a la Tradición. Fiel al pensamiento neoconservador D. Iraburu presenta la obediencia al Papa y al Concilio como un deber absoluto. Pero olvida mencionar que se puede pecar contra la obediencia por exceso, obedeciendo en cosas contrarias a una ley o a un precepto superior, y en este caso se tiene el servilismo. Sería fácil justificar nuestra tesis con numerosas citas de la Escritura, la Tradición, el Magisterio, las opiniones de los teólogos y los ejemplos de los santos. Para ser breves remitimos a esto.

(b) La resistencia pública a los actos no infalibles puede ser lícita. En determinadas condiciones extremas, la resistencia a la autoridad puede ser pública. Desde la resistencia de Pablo a Pedro (Gal II:14) santos doctores como Tomás de Aquino y Roberto Bellarmino, teólogos como Suárez, Cornelio a Lapide y Francisco de Vitoria, admiten no ya la suspensión del juicio, ni una resistencia meramente privada, sino una resistencia pública. Los textos se encuentran en el enlace que damos en (a).

(c) La resistencia pública de la Hermandad de San Pío X. Tenemos que insistir en que la posición de Monseñor Lefebvre no fue el rechazo total del Concilio Vaticano II, sino de algunas novedades conciliares, a pesar de las expresiones metonímicas por las que se designa la parte por el todo.

La resistencia pública de los “lefebvrianos” se puede resumir en cuatro proposiciones:

1. Es posible que existan algunos errores en la enseñanza falible de un concilio o de un papa.

2. Que esos errores en la enseñanza amenacen gravemente el bien común de la Iglesia.

3. Que algunos obispos, sacerdotes, y fieles, tengan conciencia cierta de esos errores.

4. Que, consecuentemente, se opongan lícitamente a esos errores, con el debido respeto pero con firmeza; y que denuncien los errores, recurriendo a un magisterio anterior, claro y constante.

Nosotros no tenemos la misma certeza de conciencia que los miembros de la Hermandad, razón por la cual no podemos seguirlos en todo. Pero tampoco podemos condenarlos como hace D. Iraburu, porque sabemos que quien obra con conciencia recta (aunque esté en el error) no peca ni es culpable ante Dios.


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