Infovaticana
El Santo Oficio

«Amoris laetitia»: lectura afectuosa, reflexiva y libre

Cristóbal Orrego
13 Abril, 2016

  Una regla básica de hermenéutica es procurar comprender un texto según el espíritu y la intención con que se escribió y dándole el mejor sentido posible según su contexto. Los anglosajones denominaron principio de caridad —así lo llaman hasta los más seculares como Quine y Davidson— a una exigencia básica de la teología escolástica: tomar un texto o argumento, especialmente si es del adversario en una disputa intelectual, en su versión más fuerte y racional, evitando atribuirle una falacia o incoherencia, o una mala intención al autor, en la medida de lo posible. Así puede avanzar el debate racional, que no excluye, naturalmente, desenmascarar la malicia o la falacia dondequiera que genuinamente se halle y no quepa la hermenéutica de la caridad.   Si así debe tratarse el texto incluso de un adversario, ¿cómo será la lectura correcta de un documento del Papa Francisco, especialmente cuando ha dado origen a mil interpretaciones contradictorias, como habíamos previsto?   Sé que algunos, llevados por el entusiasmo de la novedad —algo siempre peligroso en materias de fe y moral—, abogan por concentrarse en los pasajes ambiguos o que parecen cambiar la doctrina o al menos la pastoral oficialmente aprobada por la Santa Sede. Ellos pondrán en sordina la reiteración de las doctrinas políticamente incorrectas. Sé que muchos otros, preocupados por la salud espiritual de sus fieles, pondrán todo el énfasis en la continuidad con el Magisterio precedente de la Iglesia. Omitirán los pasajes que ni siquiera el principio de caridad puede negar que chocan con el pasado. Y habrá y ya ha habido, algunas veces en público y tantas más en privado, toda clase de interpretaciones intermedias, con reacciones de admiración por la magnífica presentación de la belleza del matrimonio, pero también con voces de tristeza y de alarma por los números más problemáticos.   La aproximación que seguiré en los capítulos sucesivos, es la de San Pablo: veritatem facientes un caritate (Efesios 4, 15).   He seguido al Santo Padre de cerca desde su elección; lo he leído también retroactivamente; he visto sus reacciones espontáneas de certidumbre en las verdades que más ha experimentado —sobre todo verdades prácticas: no es un buen teólogo—, pero también de perplejidad y dudas, de buen humor y de alteración airada, de afecto y misericordia, de espontaneidad y solemnidad… Pienso que, por eso mismo, puedo permitirme el atrevimiento de creer que lo leeré como él quiere que lo lea, aunque ciertamente no como los Romanos Pontífices del pasado habrían querido ser leídos.   Mi lectura será, en primer lugar, afectuosa, llena de cariño hacia el Vicario de Cristo. Yo tengo fe. Pienso que mi fe en que Jorge Mario Bergoglio es ahora el representante de Cristo en la tierra es tan grande que excede incluso a la que tiene él mismo. Si a mi propio padre, en caso de leer algún texto suyo con el que no estuviera de acuerdo (cosa muy difícil), lo leería con cariño, ¿por qué había de hacer algo distinto con el Padre común de los cristianos?   La mirada de amor a su Persona y a sus palabras, a lo que él genuinamente ha pensado que debía decir a todos los fieles sobre el amor humano y la alegría de vivir en familia, es el punto de mira fundamental. Eso me lleva a dedicar primero un esfuerzo a recoger todo lo que en Amoris laetitia es una profundización hermosa —hay pasajes sublimes— de la visión cristiana y de la doctrina católica de siempre, inmutable, sobre este Sacramento magno: todo cuanto, en pocas palabras, quisiera dar a leer a mis amigos que luchan por enriquecer su matrimonio o por recuperarlo en medio de una tormenta; todo lo que puede resucitar un amor que parece muerto, pero está dormido (Lucas 8, 52); todo lo que incluso quienes han sido atrapados por las garras del demonio pueden leer con nostalgia para comenzar a moverse hacia el fuego del hogar de Cristo.   ¿Puede haber otro punto de partida para reflexionar sobre las palabras del Vicario de Cristo, que no sea el Amor a Cristo y la fe de la Iglesia? ¿Y podría yo amar a Cristo sin amar al Papa? ¡No puede ser!   Mas también será una lectura reflexiva, que aplique la razón a un texto que no por casualidad ha dado origen a interpretaciones tan contrastantes. Esa ambigüedad es deliberada. El principio de caridad —que lleva a atribuir inteligencia al autor: racionalidad, coherencia— no permite pensar que el Papa Francisco haya querido decir algo totalmente claro, que zanjara todas las cuestiones pendientes. Por el contrario: «quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales» (AL, 3), es decir, el Papa expresamente ha querido no zanjar magisterialmente las principales cuestiones pendientes. Él ha preferido «redactar una Exhortación apostólica postsinodal que recoja los aportes de los dos recientes Sínodos sobre la familia, agregando otras consideraciones que puedan orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrezcan aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades» (AL, 4). Intenta orientar la reflexión y el diálogo, no cerrarlos mediante una palabra definitiva.   Por eso mismo, en tercer lugar, haré una lectura comprensiva y a la vez libre, con toda la libertad de espíritu que el Santo Padre desea. Ante «la complejidad de los temas planteados» (AL, 2) el Papa Francisco ha preferido no resolverlos, convencido de «la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales» (ibidem). Él quiere, pide, anhela, una reflexión «fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa» (ibidem), que ayude «a encontrar mayor claridad» (ibidem).   Esta es una de esas raras ocasiones en las que un católico, si quiere ser fiel al Romano Pontífice, debe tomarse en serio su llamado a un diálogo honesto y libre que, al final, abra nuevos senderos a la luz que procede del Espíritu Santo.   Afecto, reflexión, libertad: mi lealtad con el Papa Francisco.  

Cristóbal Orrego