Sobre monseñor y monseñores

Sobre monseñor y monseñores

El pasado miércoles el sucesor de Pedro recibió en el Vaticano a los obispos amigos del Movimiento de los Focolares. Los prelados provenían de 35 países diversos. El único español presente fue monseñor Fray Jesús Sanz Montes, religioso franciscano, arzobispo de Oviedo. Desde ayer hasta el domingo tiene lugar en la diócesis de Getafe un congreso sobre nueva evangelización, donde acuden los monseñores propios de la diócesis getafeña que cumple las bodas de plata de su nacimiento, e intervendrán otros monseñores por asimilación. El actual sucesor de Pedro, hace unos meses, ha recalificado el terreno de los monseñores, antaño una finca donde cambian todos los monseñores que el mismo Vaticano repartía como rosquillas en la feria de San Blas, abogado de las enfermedades de la garganta. Desde ahora, solamente, serán monseñores los obispos ordenados legítimamente dentro de la Iglesia Católica, ni siquiera los esperpénticos obispos del Palmar de Troya totalmente ilegítimos pueden usar el término monseñor. Cuando alguien no borra el tratamiento de monseñor, delante de su nombre, y además carece de solideo, resulta un tanto raro que aparezca como tal, aunque le guste más verse entre los sucesores de los apostóles que a un tonto un lápiz. Es cosa de revisar los tramientos eclesiásticos cuando aparecen en programas de actos eclesiales, porque la gente, la claque, desea encumbrar a quien ellos creen que se merece ser monseñor, pero si la autoridad suprema de la Iglesia Católica no ha elegido al encumbrado, entonces, solamente en ese momento se destaca en la cartelería informativa: que tiene unas ganas inmensas de enfundar la cabeza en una mitra, algo que no es ortodoxo, ni siquiera en los carteles taurinos cuando al sobresaliente le equipara al maestro de la cuadrilla. A lo mejor es un error de imprenta, pero nunca nadie puede ser monseñor por juntarse con otros monseñores a quienes lleva los papeles metidos en una cartera de mano. De las erratas es necesario aprender, porque las risotadas se escuchan hasta en Roma. Tomás de la Torre Lendínez

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