La oración en el interior de la mina

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Ayer el Papa Benedicto XVI, en la audiencia general, se dirigía así a los 33 mineros atrapados en su mina de Chile:

“Al saludar cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, quisiera recordar con particular afecto a los mineros que se encuentran atrapados en el yacimiento de san José, en la región chilena de Atacama. A ellos y a sus familiares los encomiendo a la intercesión de San Lorenzo, asegurándoles mi cercanía espiritual y mis continuas oraciones, para que mantengan la serenidad en la espera de una feliz conclusión de los trabajos que se están llevando a cabo para su rescate. Y a todos os invito a acoger hoy la Palabra de Cristo, para crecer en fe, humildad y generosidad. Feliz domingo’.

A lo largo de todos los días que dura la tragedia han dado estos hombres una perfecta lección de fe y compromiso con la oración, como medio de sostener sus espíritus ante los largos días de encierro que les quedan hasta que sean liberados.

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En sus cincuenta y cuatro metros cuadrados han habilitado un altar portátil para recogerse en la oración al Señor rogándole fuerzas para no caer en la depresión y demás consecuencias lógicas ante la dramática circunstancia vital que atraviesan.

El poder de la oración no tiene fronteras. Traspasa los setecientos metros que les aísla de la superficie de la tierra, donde los familiares y amigos han colocado imágenes religiosas, velas y ruegan por los encerrados en la mina.

Por esto las palabras del Papa han sido oportunisimas. En unas situaciones como esa la oración vale más que cualquier otro remedio. Estos hombres cuando, Dios mediante, sean liberados de su cautiverio bajo tierra, seguramente nos darán testimonios que nos dejarán petrificados, sobre todo a tanta gente que no reza nunca, porque solamente confía en sus propias fuerzas humanas.

Nosotros invitamos a todos los lectores y amigos a elevar nuestra oración al Señor por la pronta liberación de estos 33 héroes conocedores de que quien a Dios tiene nada les falta, porque sólo Dios basta.

Tomás de la Torre Lendínez

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