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Carta abierta a Su Santidad Benedicto XVI

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Amadísimo Padre:

Hoy llega, Su Santidad, a España. Dos tierras históricas de esta milenaria nación pisará Su Santidad. En Santiago de Compostela será el primer Papa que venga en un Año Compostelano. En Barcelona bendecirá y dedicará la Basílica de la Sagrada Familia, gran obra de Antonio Gaudí, en proceso de beatificación.

La España que recibe al Papa no la conoce nadie. Ni siquiera los que vivimos aquí. Y la Iglesia que le abre sus puertas tampoco está libre de sombras, porque algunos pastores están mirando para otro lado, mientras las ovejas se descarrían a toneladas.

La situación de España
Desde que, Su Santidad, estuvo aquí, en Valencia, en 2006, en España han sucedido muchas cosas que en Roma le han informado puntualmente, pero siempre envueltas en el papel de estraza de un embajador español de un gobierno absolutamente enemigo de todo lo religioso católico.

Aquí nos han metido un laicismo de primera división. Aquí, tras la mascara de los derechos civiles, se han roto la familia, el matrimonio, la educación, la vida de los no nacidos, la convivencia social y vecinal, la economía, la industria, la moral social, la memoria histórica, las raíces ancestrales rolando los apellidos familiares como si fueran velas de una barca rota que camina al naufragio asegurado en aguas tormentosas e imparables.

Aquí, Santidad, nos han colocado un relativismo moral que no existe en otras naciones de Europa. Hemos pasado de ser una nación cristiana, a ser una multitud de “naciones” cantonales, donde todo es bueno según con el cristal que se mire. Se justifica la corrupción política; se lucha por la cultura del pelotazo económico pisando los derechos de quien sea; se adora a seres inanes llenos de ignorancia convirtiéndolos en ídolos de una sociedad decadente; se entrega a la juventud todos los elementos para que se envilezcan con las drogas y el sexo; y se impone la doctrina de una ciudadanía obligatoria en los valores relativistas más exagerados a una juventud que asegura la continuidad de este sistema de “moral cívica” por muchos años. Además, sufrimos porque cinco millones de españoles están en el paro laboral y nadie mueve un dedo para dar de comer al hambriento. Solamente Cáritas no pide ninguna credencial.

La situación de la Iglesia
Aquí, la Iglesia que peregrina en España, ha sufrido estos cambios con el paso cambiado y sin pastores, desde cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes y laicos, preparados para la mudanza tan rápida que se ha operado en la real ingeniería social y cívica llevada a cabo por un gobierno lleno de ineptos, pero sabios conocedores de que usando los medios que tienen en su poder, casi todos los medios de comunicación social, han implantado unos valores absolutamente contrarios a los valores de la doctrina de Jesús de Nazaret.

Esta Iglesia camina, entre asustada y temblorosa, buscando un término medio inexistente, donde apoyarse para no cortarse con el filo de la navaja barbera por donde caminamos a diario. Los grupos eclesiales han optado por el enroque como forma fácil de esperar que pase el temporal de lluvia y nieve. En esta tormenta las vocaciones sacerdotal y religiosas han bajado como una pelota tirada por una ventana.

Otros, bastantes, les bailan el agua a los doctrinarios situados en el poder; y los pastores han optado por el lenguaje y la actuación “políticamente correcta” para cohabitar con una situación irrespirable rayana en la dictadura de las mentes y las prohibiciones permanentes. La blandengue oposición está sentada esperando que pase el cadáver de su adversario sin hacer nada. Y si llega a gobernar, tampoco, hará nada. Los conocemos bien.

Tenemos esperanza
Sabemos, Santidad, cuanta es su autoridad intelectual, pastoral y moral de su persona como Sucesor de San Pedro. Estas cuarenta horas que pasará en tierra hispana esperamos que su doctrina allane los caminos, elimine las piedras, rellene los socavones, asegure los corazones, ilusione los espíritus, y nos conduzca por un sendero de esperanza cristiana, absolutamente necesaria en esta hora histórica.

Perdone la longitud de la epístola que cuelgo en este blog. La ocasión de su venida a España lo exige, que un cura de a pie le diga, Amadísimo Padre, lo que ha vivido, visto, leido, reflexionado, dialogado, y rezado delante del Señor en los últimos tiempos.

Rezo al Señor para que su estancia entre nosotros sea una buena siembra de la semilla permanente de la Palabra de Dios, cuyos frutos podamos recoger todos los vecinos de esta tierra, tan amada, pero tan necesitada de una segunda evangelización a la que estoy entregado hasta el último hálito de mi vida sacerdotal.

Tomás de la Torre Lendínez

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