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La restauración de la cultura cristiana

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John Senior, Homo Legens, Madrid 2018, 219 páginas

Este libro puede definirse como la voz de un profeta que clama en la barbarie cultural de nuestra época. Todo comenzó hace más de 40 años en la Universidad de Kansas y dio como resultado una oleada conversiones a la fe católica de más de 200 jóvenes, a los que siguieron sus familias, bajo la tutela de tres profesores que compartían la misma visión tradicional de la educación. Uno de esos profesores es el autor de esta obra. En la época en que la revolución sexual, el mayo del 68 francés, causaba estragos en la sociedad y en la Iglesia, aquellos jóvenes se convertían en excelentes sacerdotes, profesores, escritores, e influían benéficamente en la sociedad, además, formando familias numerosas. Esos profesores eran católicos convencidos, sin embargo, su programa de estudios no lo era. Su tarea consistía en enseñar los grandes clásicos de la literatura y la filosofía e inculcar el amor por el conocimiento y por el legado de la civilización occidental.

Se trató de un «experimento en la Tradición» a fin de rescatar la mente y el corazón de toda una generación de estudiantes que estaba siendo presa del escepticismo y de la quiebra moral de esos años. Escepticismo y amoralidad que hoy alcanzan cotas incomparables en la historia de la humanidad, porque, quien dude de que la situación actual del mundo y de la Iglesia no es la peor por la que han atravesado; realmente no hace más que mostrar su oceánico desconocimiento de la historia.

Pues ocurrió que aquella iniciativa insólita, disparatada, quijotesca y que parecía condenada al fracaso, no obstante, se constituyó como un éxito rotundo. De modo que el experimento tradicional de Kansas resultó demasiado peligroso por lo que la Universidad lo suprimió al saltar las alarmas sobre lo que estaba sucediendo. Cuando Occidente continúa adentrándose sin freno en la noche mas profunda de la modernidad, es decir, la postmodernidad que es lo único peor que la modernidad; este libro se convierte en un compendio de principios y prácticas para recuperar la cultura cristiana. Y para ello nos guía hacia el silencio y la oración frente a la primacía del ruido y la praxis, propias del marxismo, que se han introducido en la mente de las personas, clérigos incluidos.

«Mientras que las nuevas corrientes conciliares abogaban por una apertura acrítica al mundo moderno y, como consecuencia, las iglesias se vaciaban, un programa de estudios de las enseñanzas de autores antiguos y tradicionales, impartido por tres laicos llenaba las iglesias» (p. 16). Los tres profesores se propusieron el restablecimiento del uso de la razón en las aulas, el enseñar a pensar lógicamente a los alumnos. Concebían la universidad como lo que había sido desde sus inicios en la Edad Media: un lugar de transmisión privilegiada de conocimientos; en lugar de lo que se había convertido desde la modernidad: un lugar de transmisión de una ideología cada vez más degradada y degradante. «Eligieron ser genuinamente extremistas» (p. 17) en lugar de ceder a las descabelladas pretensiones de los estudiantes y a las absurdas teorías de la educación que elaboraba esa conjura de los necios que habían dinamitado la enseñanza en todos los niveles.

«Se trataba de formar inicialmente buenos paganos para formar luego buenos cristianos» (p. 19). El mismo Senior relata: «Los estudiantes se convertían tanto por leer a San Agustín como a Platón, porque Platón no es solamente un dispositivo para provocar a la mente en el descubrimiento de la verdad, sino que Platón tiene realmente una parte de la verdad» (p. 19). Esta iniciativa fuertemente a contracorriente enfureció a los demás profesores que no podían entender que los estudiantes se sintieran atraídos por lo tradicional. Exactamente lo mismo que ocurre hoy en día en la Iglesia cuando buena parte de la jerarquía pertenece a aquella generación enferma del 68.

La Tradición es la que nos forma, de ahí que el hombre no puede no ser tradicional porque nacemos albergados en una comunidad, en una familia, en una tradición de la que formamos parte, tanto individual como colectivamente. Está en nuestra naturaleza, por consiguiente, sin Tradición no hay identidad, no hay historia, no hay cultura, no hay más que instinto. En este momento se comprende que la lucha contra la Tradición, el menosprecio y la aversión hacia ella no pueden provenir más que del odio hacia el autor de la creación, es decir, la aversión hacia el Dios Creador. El anti-tradicionalismo es por tanto esencialmente preternatural o dicho de un modo más simple: demoníaco. Ya lo decía Chesterton: «Quitad lo sobrenatural y no tendréis lo natural sino lo antinatural»[1].

No es casualidad que de entre aquel numeroso grupo de jóvenes conversos salieran vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, 31 de ellos lo hicieron en la abadía francesa de Notre Dame de Fontgombault donde se celebra la liturgia romana tradicional y que se encuentra rebosante de vocaciones. Tanto es así que uno de los alumnos de John Senior que ingresó allí, Philip Anderson, en 1999 retornó a Estados Unidos para fundar el monasterio de Nuestra Señora de Clear Creek en Oklahoma, con más de 50 monjes en la actualidad y donde también siguen la regla benedictina junto con la antigua liturgia romana. Lo cual apunta al núcleo del catolicismo: el Santo Sacrificio del altar.

Aunque sea largo, merece la pena transcribir las palabras de Senior: «Nuestra acción, cualquiera que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, el corazón de la cual es el Santo Sacrificio de la Misa, plegaria perfecta de Cristo mismo, sacerdote y víctima, en la cual el sacrificio del Calvario se hace presente de un modo incruento. ¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente la Misa, el hecho central de dos mil años de historia. La Cristiandad, que el secularismo llama civilización occidental, es la Misa y todo el aparato que la protege y favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, toda la economía, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura, todas estas realidades cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el Santo Sacrificio de la Misa. Para celebrar la Misa es necesario un altar, y sobre el altar un techo».

«Para reservar el Santísimo Sacramento construimos una pequeña casa de oro. Alrededor de la iglesia y del jardín donde enterramos a los fieles difuntos, viven los que se ocupan de ella: el sacerdote y los religiosos cuyo trabajo es la oración, y que conservan el misterio de la fe en ese tabernáculo de música y palabras que es el Oficio Divino. Y en torno a ellos se reúnen los fieles que participan del culto divino y realizan el resto de los trabajos necesarios para perpetuar y hacer posible el Sacrificio: producen el alimento y confeccionan el vestido, construyen y salvaguardan la paz, para que las próximas generaciones puedan vivir por Él, por quien el Sacrificio continuará hasta la consumación de los siglos» (p. 36-37). Lo cual nos lleva a la conclusión evidente de que la devastación litúrgica de la que hablara el cardenal Ratzinger se haya hecho notar de manera tan profunda en todos los ámbitos de las otrora naciones católicas; y, por eso la raíz de la crisis actual de la Iglesia es de naturaleza litúrgica con todo lo que ella conlleva[2].

Causa de la suplica Senior de: «que se restaure la gran liturgia gregoriana y tridentina que se celebraba antes de la reforma del concilio Vaticano II, la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental, y la madre nutricia de tantos santos» (p. 53).

En repetidas ocasiones hace una llamada ya no sólo a ignorar la televisión, sino a destruirla para recuperar el diálogo y el verdadero ambiente familiar. Clama de forma urgente, casi desesperada, para recuperar el hábito de la lectura de los grandes clásicos como Shakespeare, Dumas, Dikens o Chejov. Afirma que con el consumo masivo de pizzas, perritos calientes, hamburguesas y demás comida basura; «nos hemos hundido, desde el punto de vista antropológico, por debajo del nivel cultural del tenedor». Y cómo: «Una civilización desintegrada se mide no solamente por su decadencia artística sino también por sus diversiones populares y sus restaurantes» (p. 124). Porque otro tanto puede decirse de la «tele basura», por no hablar de muchos contenidos de internet.

Se equivoca de plano quien pensara que Senior es una especie de «neofóbico», un simple nostálgico de un pasado idealizado pues, por ejemplo, del mismo modo que realiza una justa apología de Santo Tomás de Aquino: «Los católicos deben creer que es el Doctor Común de la Iglesia con el mismo grado de certeza con la que creen que es santo, y, otros doctores y doctrinas son medidas por la regla ordinaria de Santo Tomás y leías a su luz. Santo Tomás ocupa un lugar especial entre los teólogos, análogo al que ocupa la Santísima Virgen entre los santos» (p. 125). No duda en denunciar la baja calidad de la formación tomista de los seminarios anterior al Vaticano II, lo cual fue la causa principal de la hecatombe postconciliar entre la jerarquía y los fieles (p. 116-117).

En fin, todo un manual de combate, ante el ocaso de occidente del que hablara el gran historiador Oswald Spengler, con el fin de revertir el proceso de hundimiento religioso, moral, político, social, demográfico y cultural en que nos hallamos sumidos cada vez más y que en dos generaciones tocará fondo[3]. Para lo cual Senior propone formar: «algunas almas extraordinarias, y luego enviar a estas élites de soldados, como tropas de asalto de una contrarreforma católica general» (p. 135).

[1] G. K. Chesterton, ¿Por qué soy católico?, Madrid 2010, p. 108.

[2] Cf. Joseph Ratzinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 2015 p. 132; cf. Joseph Ratzinger El espíritu de la Liturgia, Cristiandad, Madrid, p. 98.

[3] Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Austral, Madrid 2011, vol. I, p. 86

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