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La reforma de la liturgia romana (III)

Klaus Gamber, Ediciones Renovación, Madrid 1996, 74 páginas
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Capítulo 2

Ritus romanus et ritus modernus

¿Ha habido alguna reforma litúrgica antes de Pablo VI?

 

Se ha hecho un esfuerzo a fin de presentar en misal de Pablo VI como si se tratase de un desarrollo natural y legítimo de la liturgia de Occidente. Así se afirma que la «Misa de San Pío V» solamente habría existido durante treinta y cuatro años, ya que desde 1604 los papas habrían añadido modificaciones posteriores al misal de 1570. Era, pues, enteramente conforme al desarrollo de este proceso que Pablo VI hubiese a su vez reformado el Missale romanum. Los modernistas se han aferrado a un punto débil terminológico: las expresiones «Misa tridentina» o «Misa de San Pío V». Ahora bien, en sentido estricto no existe una Misa tridentina como resultado del concilio de Trento, pues no se creó un nuevo ordinario de la Misa. Por consiguiente, el misal de San Pío V no es otra cosa que el misal de la Curia romana, que vio la luz bastantes siglos antes y que fue introducido por los franciscanos en el siglo XIII (al igual que la devoción al Via crucis) en numerosas comarcas de Occidente y adoptado para la Curia romana por el Papa Clemente V, pero que jamás había sido impuesto de manera obligatoria[1]. Las modificaciones introducidas en su época por San Pío V son tan mínimas que sólo pueden ser apreciadas por los especialistas más minuciosos.

Otro hábil procedimiento de los modernistas consiste en no distinguir entre el ordinario de la Misa y el propio de las misas de los distintos días y de las diferentes fiestas. Hasta Pablo VI los Papas no habían introducido modificación alguna en el ordinario de la Misa propiamente dicho. Después del concilio de Trento, lo que se introdujo fueron los textos «propios» para las nuevas fiestas, simplemente. Por ejemplo, la Misa de la Inmaculada Concepción de María después de su definición dogmática en 1854 por el beato Pío IX[2]. Esto no suprimió la «Misa tridentina», como las añadiduras al código civil no lo convierten en caduco, sino que lo perfeccionan.

Para hablar con propiedad debería más bien referirse al rito romano en oposición al rito moderno o nuevo. De este modo lo atestiguan las mismas palabras de Pablo VI:

«Os invito a reflexionar sobre esta novedad que constituye el nuevo rito de la Misa, que será utilizado en la celebración del Santo Sacrificio a partir del próximo domingo 30 de noviembre, primer domingo de Adviento. ¡Nuevo rito de la Misa! Esto es un cambio que afecta a una venerable Tradición multisecular […]. Este cambio afecta al desarrollo de las ceremonias de la Misa […]. Nos debemos preparar a estas múltiples perturbaciones que son inherentes a todas las novedades que cambian nuestras costumbres. Los sacerdotes pueden, hasta el 28 de noviembre de 1971, emplear ya sea el misal romano como el del nuevo rito. Si utilizan el nuevo rito, deben seguir el texto oficial»[3].

El rito romano, en sus partes más importantes, se remonta al siglo IV. El canon de la Misa o canon romano, con leves modificaciones efectuadas bajo San Gregorio Magno (590-604), había permanecido hasta la reforma de Pablo VI. La única realidad en que los papas no habían cesado de insistir desde el siglo V ha sido en que era preciso adoptar el canon romano. Su argumento consistía en su venerable antigüedad al remontarse al apóstol San Pedro. Sin embargo, en todo lo relativo a otras partes del ordinario, así como en la elección de los textos propios de las misas, respetaron las costumbres de las iglesias locales.

Hasta San Gregorio Magno no había existido un único misal oficial que contuviera todos los textos propios de las misas para cada una de las fiestas del año. El Liber Sacramentorum, establecido por San Gregorio Magno al inicio de su pontificado, tan sólo estaba destinado a la Misa que se celebraba en las llamadas estaciones o basílicas romanas, también conocida como liturgia pontifical. Dicho papa no tenía intención de imponer un misal a la totalidad de Occidente. Más tarde se convirtió en la base misma del misal curial o Missale romanum de San Pío V.

Durante la Edad Media, casi cada parroquia, monasterio o diócesis, utilizaban un misal particular si todavía no habían adoptado el misal de la Curia romana. Ningún papa se inmiscuyó en este asunto. Variaban, sobre todo, las partes de la Misa que el celebrante decía en voz baja (como son las oraciones al pie del altar, el ofertorio -llamado también canon minor– y las oraciones antes de la comunión). Por el contrario, los textos latinos cantados eran los mismos en todas partes, únicamente ciertas lecturas y oraciones presentaban diferencias locales.

La defensa del catolicismo contra la agresión de la revolución protestante dio lugar al concilio de Trento[4]. Los padres conciliares pidieron al papa la publicación de un misal mejorado y uniforme para toda la Iglesia pues ante el relativismo dogmático y el negacionismo litúrgico del protestantismo era imprescindible que la unidad de la fe (de ahí también la promulgación del Catecismo del concilio de Trento -primer catecismo universal-, también llamado Catecismo para párrocos, Catecismo de San Pío V o Catecismo romano[5]) se expresara en la unidad de culto (un solo rito de la Misa).

De este modo, San Pío V tomó el misal de la Curia, ya en uso en Roma desde siglos atrás, y lo mejoró. No obstante, tampoco hizo obligatorio este misal para toda la Iglesia ya que respetó las tradiciones locales que tuviesen más de doscientos años de antigüedad. Como a las que antes nos referimos, tanto el rito mozárabe en Toledo y el Ambrosiano en Milán como otros ritos propios de los religiosos, como el cartujano o el dominicano. Tal tradición era suficiente para que una diócesis u orden fuera liberada de la obligación del uso del Missale romanum. El hecho de que la mayor parte de las diócesis adoptasen rápidamente este nuevo misal se debe a otras causas, porque, insistimos, Roma no ejerció ninguna presión al respecto. Y esto en una época de la Iglesia en la que, contrariamente a lo que ocurre hoy en día, no se hablaba de diálogo, pluralismo o tolerancia.

El primer papa que procedió a una intervención significativa en el misal tradicional fue Pío XII en 1950 introduciendo la nueva liturgia de la Semana Santa. Sencillamente, se hubiera podido ubicar la Misa del Sábado Santo en la noche de Pascua sin necesidad de modificar el rito. Por cierto, dicha reforma fue llevada a cabo por el claretiano Annibale Bugnini quien también realizaría el nuevo rito de la Misa de Pablo VI en 1969[6]. Juan XXIII le siguió en 1962 (año del inicio del Vaticano II) con una reforma de las rúbricas. Es cierto que, aún entonces, el ordinario de la Misa se conservó intacto, aunque se abrió la puerta a una reorganización radical de la liturgia romana. Por este camino, contemplamos tiradas por el suelo las ruinas, no de la «Misa tridentina», sino del antiguo rito romano, que se había desarrollado a lo largo de los siglos hasta llegar a su madurez. Se puede conceder que no era perfecto, pero hubiera sido suficiente añadirle unas pequeñas mejoras para adaptarlo a las exigencias actuales.

[1] Cf. Javier Sesé, Historia de la espiritualidad, EUNSA, Pamplona 2005, 158

[2] Cf. Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona 1963, n. 1641.

[3] Pablo VI, Audiencia general, 26-11-1969.

[4] Cf. Ángela Pelliccardi, La verdad sobre Lutero, Voz de papel, Madrid 2016, 103.

[5] Cf. Pedro Martín, Catecismo romano, BAC, Madrid 1956, XXX.

[6] Cf. Roberto de Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Homo legens, Madrid 2018, 472.

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