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La reforma de la liturgia romana (I)

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Klaus Gamber, Ediciones Renovación, Madrid 1996, 74 páginas

La mitología litúrgica contemporánea

Hace ya treinta años exceptuando alguna referencia en la revista del movimiento Comunión y Liberación Trenta giorni y algún diminuto artículo en la sección religiosa del diario ABC sobre su propuesta de la celebración ad orientem en la Misa nueva, el autor era un perfecto desconocido para el gran público de España. No obstante, a pesar del tiempo transcurrido y que el entonces cardenal Ratzinger asumiera y extendiera parte de sus tesis acerca de la forma en que se había realizado la creación de la nueva liturgia posterior al Vaticano II, sigue siendo un completo ignorado[1]. Aún cuando no se estuviese de acuerdo con las tesis y conclusiones sostenidas en sus obras, éstas aportan una visión de la liturgia que, por tradicional, hoy resulta innovadora. Además, ofrecerá conocimiento acerca de usos, costumbres, actitudes y multitud de detalles que han dado vida a la liturgia católica a lo largo de dos milenios.

Este libro imprescindible del eminente estudioso de la historia de la liturgia, Klaus Gamber, es realmente difícil de encontrar por lo que su difusión en el ámbito de lengua española ha sido bastante limitada. Los diferentes capítulos de esta obra corresponden a una serie de artículos recogidos entre 1974 y 1978 en la revista alemana Una Voce Korrespondenz, mientras que la edición española es de 1996, por lo que es conveniente no perder de vista su contexto histórico. En sucesivas entregas, procederemos a su resumen y adaptación para que los elementos esenciales de sus enseñanzas sean conocidos y asimilados por cuantos aman la verdadera litúrgica católica y desechan sucedáneos trufados de eslóganes huecos sin fundamento alguno en la Tradición de la Iglesia. El presente escrito de Gamber combina la erudición en estado puro con la divulgación y para que su lectura sea más ágil prescindiremos de la mayor parte de su abundante aparato crítico que reservamos al estudio de los especialistas o, en la medida de lo posible, aportaremos las fuentes correlativas en español.

La Nueva Misa fue promulgada por Pablo VI en 1969, pero, tras las severas críticas que se le hicieron por los cardenales Ottaviani y Bacci en el Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, incluso el moderado cardenal y teólogo Charles Journet, se desplazó urgentemente desde su Suiza a Roma para decirle al Papa Montini que el n. 7 de la Institutio o presentación teológica del Novus Ordo era objetiva y materialmente herética. Dichas correcciones (que en otra serie de artículos traeremos a colación), únicas en la historia de la Iglesia hacia un Papa, movieron a que Pablo VI aportara algunas modificaciones a la Institutio y se publicase una segunda edición de la Misa nueva en 1970[2]. Por tanto, encontrándonos en 2020, ya han pasado exactamente 50 años de la segunda edición de la promulgación de la Misa nueva, lo que nos ha llevado a dar a conocer al gran público esta obra de obligada referencia y necesaria divulgación.

Respecto a la elaboración de la reforma litúrgica posterior al Vaticano II se ha popularizado una auténtica mitología atendiendo a las obras hagiográficas como la de su fautor Bugnini o a la historia oficiosa (y capciosa) de Alberigo de la que beben otras en mayor o menor medida[3]. Atendiendo a lo expuesto en dichos textos, donde continuando la axiología marxista la historia deviene en propaganda, resulta inevitable tener presente cómo el diccionario de la RAE define mito: «Narración maravillosa protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. 4. Persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen».

Afortunadamente, obras como la de Ralph Wiltgen, Romano Amerio, Brunero Gherardini, Michael Davis o la reciente y notablemente documentada de Roberto De Mattei, ayudan a acercarse más objetivamente a la realidad histórica que las de los patrocinados oficialistas y los diversos medios adictos al régimen[4]. Comenzamos por la breve nota de presentación del autor en la edición francesa para pasar, a continuación, a los distintos prólogos de las prestigiosas plumas, empezando por la del cardenal Ratzinger, que acompañaron las ediciones francesa y alemana enriqueciendo así también la edición española.

Nota de presentación a la edición francesa

Klaus Gamber nació el 23 de abril de 1919 en Ludwigshafen (Alemania, siendo ordenado sacerdote el 29 de junio de 1948 en Ratisbona. Una grave enfermedad le impidió proseguir su ministerio parroquial en 1957. El mismo año, con ayuda de otros colaboradores, fundo el Instituto Litúrgico de Ratisbona para el estudio de las fuentes de la liturgia occidental, obra a la que dedicó todos los desvelos de su existencia. Permaneciendo como director hasta su inesperado fallecimiento el 2 de junio de 1989, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a la edad de 70 años. Gamber era uno de los mejores historiadores de la liturgia romana, así como de los ritos occidentales que admiraba mucho. Fue un hombre que pasó su vida buscando en los más antiguos manuscritos de la liturgia romana su desenvolvimiento histórico movido por un ardiente amor por la oración de la Iglesia. No obstante, no se trataba del típico «ratón de biblioteca», desconectado de la realidad mientras se encuentra sumergido en su mundo abstracto. Heredero de los grandes liturgistas de comienzos del siglo XX, se esforzó por cultivar «la liturgia como la fuente primordial e indispensable del verdadero espíritu cristiano», según la enseñanza de San Pío X[5].

Bajo ese ángulo estudió las reformas del posconcilio y con su vasta erudición, la agudeza de su sentido teológico y su amor a la Tradición de la Iglesia tomó la pluma para dejar constancia en una sólida obra de referencia sobre la crisis, que, en nuestros días atraviesa la liturgia. Sus sabios trabajos le valieron el nombramiento, en 1958, de miembro de honor de la Academia Pontificia de Liturgia y el título de Monseñor. El catálogo de sus escritos científicos cuenta con más de 360 títulos: libros, artículos, estudios y ediciones de textos patrísticos y litúrgicos.

Klaus Gamber. La intrepidez de un verdadero testigo

Hoy necesitamos un nuevo movimiento litúrgico, esta afirmación expresa la preocupación que sólo un espíritu voluntariamente superficial podría desechar. Es necesario un nuevo renacer partiendo de lo más íntimo de la liturgia, como lo había deseado el movimiento litúrgico cuando se encontraba en el apogeo de su verdadera naturaleza. Cuando no se trataba de fabricar textos, o de inventar oraciones y formas, sino de descubrir el centro vivo, de penetrar en el tejido de la liturgia, para que su cumplimiento saliese de su misma sustancia. La reforma litúrgica, en su realización concreta, se ha alejado de este origen y el resultado no ha sido una reanimación sino una devastación.

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Por una parte, la liturgia ha degenerado en un espectáculo, donde se ha intentado mostrar una religión atractiva con la ayuda de las banalidades y frivolidades de moda, con éxitos momentáneos, pasajeros. Lo cual, se conjuga con una actitud de rechazo tanto más pronunciada en los que buscan en la liturgia no a un «showman», sino el encuentro con el Dios vivo, ante quien toda acción es insignificante, pues sólo este encuentro es capaz de hacernos llegar a la verdadera riqueza del Ser. Por otra parte, ciertamente quedan sacerdotes que, aún sintiéndose impresionados por la grandeza de las antiguas formas rituales, celebran la liturgia nueva con solemnidad. Sin embargo, se sienten inquietos ante las enormes contradicciones existentes, además, la falta de unidad en la Iglesia hace aparecer su fidelidad, como una simple variedad personal de neoconservadurismo. Por lo tanto, necesitamos un nuevo impulso espiritual para que la liturgia sea de nuevo una actividad comunitaria de la Iglesia y sea arrancada de la arbitrariedad de los liturgistas, obispos y sacerdotes.

No se puede fabricar un movimiento litúrgico, nada vivo puede fabricarse, pero se puede contribuir a su desarrollo defendiendo públicamente lo que se ha recibido. Este nuevo punto de partida necesita padres que sean modelos. Los que hoy busquen tales padres, encontrarán a uno de ellos en la persona de Mons. Klaus Gamber,          el único sabio frente a un ejército de pseudoliturgistas, cuyo pensamiento brotaba verdaderamente del corazón de la Iglesia. En esta hora de desolación, podrá convertirse en el padre de una verdadera andadura pues él nos ha traído la esperanza del antiguo movimiento litúrgico.

J. A. Jungman, uno de los verdaderamente grandes liturgistas del siglo XX, había definido la liturgia en Occidente, basándose en investigaciones históricas, como una liturgia «fruto de un desarrollo»[6]. Probablemente, por contraste con la noción oriental, que no ve en la liturgia el devenir y el crecimiento histórico, sino sólo el reflejo de la divina liturgia, en la que la luz, a través del desarrollo de lo sagrado, ilumina nuestros tiempos mudables con su belleza y su grandeza inmutables. Lo que ha ocurrido después del concilio es algo completamente distinto: en lugar de una liturgia fruto de un desarrollo continuo, se ha introducido una liturgia fabricada artificialmente. Se ha salido de un proceso de crecimiento y de devenir para entrar en otro de fabricación. No se ha querido continuar con la maduración orgánica de lo que ha existido durante siglos, sino que se ha sustituido, como si fuese un producto industrial, por una fabricación que es un producto banal del momento.

Klaus Gamber, con la vigilancia de un auténtico vidente y con la intrepidez de un verdadero testigo, se ha opuesto a esta falsificación y nos ha enseñado incansablemente la plenitud viva de una verdadera liturgia, gracias a su conocimiento increíblemente rico de las fuentes. Él mismo que conociendo y amando la historia nos ha enseñado las múltiples formas del camino de la liturgia. Él mismo que veía la historia desde dentro, ha visto en este desarrollo y en sus frutos el reflejo intangible de la liturgia eterna, que no es objeto de nuestro hacer, pero que puede continuar maravillosamente madurando y expandiéndose, si nos unimos íntimamente a su misterio. Su obra podrá ayudarnos a tomar un nuevo impulso.

Cardenal Joseph Ratzinger

Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe (1981-2005)

Prefacio a la edición francesa

Tras más de veinte años de posconcilio la publicación de los estudios científicos de Mons. Klaus Gamber es un acontecimiento de primera importancia. Una reforma, por perfecta que se haga, no está jamás exenta de crítica. ¿No ha llegado el momento de ocuparse de los escritos de este gran sabio y, con él, preguntarse si desde el Vaticano II no se han introducido en la oración de la Iglesia «elementos que se corresponde mal con la propia naturaleza de la liturgia» y consecuentemente deberían ser modificados?[7] Una cuestión que no dejará indiferente a ningún hijo de la Iglesia.

Cardenal Silvio Oddi

Prefecto de la Congregación para el Clero (1979-1985)

Klaus Gamber. Historiador de la liturgia

Conocía a Monseñor Klaus Gamber desde hace mucho tiempo, sobre todo a través de sus impresionantes publicaciones científicas consagradas al estudio de las fuentes litúrgicas que han de ser profundizadas para el mayor bien de la lex orandi, que hoy día es más importante que nunca. Para la historia, la liturgia, que es la ciencia del culto cristiano en el sentido más amplio del término, tiene una importancia fundamental. Sin el conocimiento de los orígenes de la liturgia, de su evolución, modificaciones y desarrollo, no se puede comprender la razón de ser y el estado actual de los ritos y textos litúrgicos, ni de su desarrollo en el espacio y tiempo. El conocimiento de la historia de la liturgia es la condición indispensable para una interpretación y apreciación correcta de la liturgia.

Existiendo una estrecha unión entre la fe y la liturgia según el antigua adagio, lex orandi, lex credendi, esta última obedece a leyes análogas a las de la propia fe, o sea que exige ser preservada con el máximo cuidado y, por ello, está esencialmente orientada a la conservación, no a la modificación. Todo ulterior desarrollo debería ser objeto de una prudente reflexión guiada por el sensus fidelium y, no podrá convertirse en efectiva sino bajo el atento control de la jerarquía. Debido a distintos factores, durante largos periodos de su evolución, pueden surgir deformaciones que a veces se detectarán de forma súbita pero que, tarde o temprano, deberán ser corregidas. Esto se lleva a cabo a fin de apreciar la pertinacia de las reformas y el desarrollo que la liturgia ha tenido con anterioridad, así como para introducir eventuales modificaciones. Aún más, se trata de una condición importante y por ello indispensable, para contribuir al desarrollo del culto que se necesita en nuestros días, teniendo el exacto conocimiento de sus elementos constitutivos y de su evolución.

Así se comprende fácilmente la necesidad del estudio de la historia de la liturgia, no tanto como disciplina histórica, es decir, como conocimiento exacto del pasado, cuanto como principio fundamental de todo movimiento litúrgico. Gracias a un estricto método histórico, Gamber ha demostrado cómo las liturgias orientales, por su orientación conservadora, han mantenido mejor el contacto con la Tradición desde el siglo VIII que las liturgias occidentales. El conocimiento de los orígenes históricos de la liturgia permitió a nuestro autor comprender la evolución de la liturgia en el pasado y, por consiguiente, de la dinámica inhabitual de la reforma litúrgica posterior al Vaticano II.

Cardenal Alfons Stickler

Prefecto de la Biblioteca Vaticana (1971-1988)

Archivero de la Santa Iglesia Romana (1985-1988)

A la memoria de Klaus Gamber

«Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3)

Su vida entera no fue más que un servicio escondido. Con una total renuncia, se sometió a una severa disciplina de trabajo, de una extrema frugalidad y sin jamás pensar en él mismo, quiso consagrarse al misterio de la liturgia, pues sabía, por una íntima familiaridad que era el elemento constitutivo de la Iglesia. Había comprendido perfectamente que las palabras del Apocalipsis relativas al mundo que llegará son el anuncio de una liturgia celeste, la expresión del homenaje supremo de toda criatura al misterio insondable de la Trinidad[8]. De esta forma, toda liturgia terrenal se convierte en imagen y anticipo de la liturgia eterna, fundada en el sacrificio salvífico del Hijo eterno de Dios[9]. Así abrió una nueva comprensión de la liturgia como misterio de adoración, misterio que ha tratado de volver atractivo a los fieles de nuestros días, gracias a su enorme conocimiento debido al estudio constante de las antiguas fuentes de la oración eclesial.

Una infinita labor, progresiva durante años, le permitió reunir, de una forma nueva y sorprendente, los tesoros de la oración de la primitiva Iglesia de Oriente y Occidente y hacerlos tener presentes de manera comprensible. Acogió con entusiasmo la renovación litúrgica del concilio Vaticano II pues esperaba, conforme a la constitución sobre la Sagrada Liturgia, la liberación de cierto ritualismo estrecho. Después de la publicación de las normas para la aplicación de dicha constitución (normas que deploró a causa de la desafortunada prisa de su elaboración, a causa de su carácter superficial y en general por la incompetencia que manifiestan); trató, con todo el cuidado y la claridad necesaria y sin buscar embellecer nada, llevar las eufóricas tentativas de los primeros tiempos a la seriedad de sus bases originales. Pues, en caso contrario el entusiasmo superficial podría fácilmente acabar en algo insípido y hostil a la Tradición, por ello no cesó de referirse a las normas primitivas de los orígenes litúrgicos de la Iglesia, sin tener miedo a contrariar las iniciativas de moda.

Así, trabajando sin descanso, fue rechazado y despreciado por los modernistas que pensaban que la vida de la Iglesia no había hecho más que comenzar en nuestro tiempo, pero también fue muy amado por los que buscaban y, gracias a él, encontraban las razones profundas de las convicciones que habían recibido de sus padres. En sus últimas obras adoptó una posición crítica con relación a todas las cuestiones litúrgicas actuales y parecen un testamento dirigido a toda la Iglesia.

Desamparados, muchos sacerdotes jóvenes y ancianos, que no se acomodaban a las tomas de posición oficiales de la estrategia pastoral modernista en sus diócesis, venían a verle y encontraban en él no solamente un oído atento, sino también sugerencias y nuevos ánimos. Fue el confesor de muchísimos sacerdotes que diariamente, venidos desde lejos, ocupaban su despacho en el Instituto Litúrgico de Ratisbona. Su espíritu incomparablemente realista, enemigo de toda beatería, le permitía enfrentar a los hombres consigo mismos y de este modo conducirles a Dios.

Lo fundamental de la riqueza y diversidad de la obra de Klaus Gamber es haber mostrado que el árbol de la vida litúrgica de la Iglesia, plantado desde su origen, sólo podrá reverdecer si ahonda cada vez más profundamente en sus raíces, es decir en la gran Tradición eclesial, no en innovaciones al gusto de las cambiantes opiniones humanas. Gamber consideraba su vida como un camino empedrado de oscuros sacrificios. Y fue en medio de la actual Iglesia, dedicada a cultivar el sensacionalismo, donde bruscamente terminó su solitario camino de la cruz.

«Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente, sino que buscamos la que ha de venir» (Heb 13, 14). Cuando San Pablo emplea el término «ciudad», no se refiere a un lugar físico sino a una comunidad reglamentada, más en concreto tiene en su mente el modelo de la «polis» griega. Esto significa que toda comunidad humana, por muy satisfactoriamente reglamentada que se encuentre, será sustituida por la comunidad eterna de la ciudad santa de Jerusalén. Toda la existencia del hombre se estructura en función de la espera a la partida hacia nuestro definitivo lugar. Antes de cualquier proclamación de la Palabra de Dios, antes de hacer viva y actual la formación católica o cualquier otro tipo de pastoral, se encuentra el acontecimiento de la celebración litúrgica, que, sólo por sí misma, nos proporciona la certeza sin par de la que antes nos hablaba el Apóstol. Esta convicción de que el mismo Señor de la historia opera la actualización de su venida por medio de la celebración de la Santa Misa, era para Klaus Gamber una certeza interna y la propia base que incitaba su actividad.

Constató el espíritu de superficialidad e imprecisión con el que se desarrollaba el impulso litúrgico del Vaticano II, pronto degenerando en cálculos mezquinos y modificaciones arbitrarias que no retrocedían ante textos tan lamentables como las inventadas oraciones de presentación de las ofrendas. De ahí que recordara apasionadamente en sus trabajos que todo lo que la gran Tradición de la Iglesia nos ordenaba conservar y guardar vivo como su herencia más preciosa, había sido liquidado:

  1. Por una organización de la celebración litúrgica totalmente irreflexiva, por lo que se refiere a las fuentes y abre la puerta de para en par a cualquier arbitrariedad.
  2. Por una ordenación de lecturas que no respeta las grandes ordenaciones de la Tradición occidental, ni a fortiori, de la oriental, a pesar de que podían ser conocidas a través de los profundos estudios de los que habían sido objeto.
  3. Pero, sobre todo, a causa de las tendencias, indudablemente introducidas intencionadamente, que conducen a la degradación de la celebración eucarística, para reducirla a una autorepresentación basada en la idea de que se trata de una simple cena.

En cuanto a la tan alabada concelebración que ofrece tantos espantosos ejemplos de desorden espiritual en obispos y sacerdotes, Klaus Gamber contra todas las innovaciones debidas a la ignorancia se ha visto obligado a recordar incansablemente el sentido profundo de la Tradición. Se ha tragado la concelebración como el hecho de representar cuantitativamente la diversidad de la potestas, sin embargo, no puede haber más que un solo consagrante y un solo representante de Cristo.

Su mayor preocupación consistía en que Occidente olvidase el lenguaje original de la liturgia y los signos litúrgicos fueran sustituidos por elementos puramente inmanentes. Ante todo, temía que, en estos tiempos de locura, las nuevas generaciones de sacerdotes no tardarían en perder todo referente sobre los fundamentos de la liturgia y se contentarían con organizar, en función de las necesidades prácticas, unos eventos, ya no celebraciones, que no permitieran acceder a la experiencia misteriosa, sagrada y solemne de la presencia trascendente de Dios.

Mons. Wilhelm Nyssen

Doctor en liturgia

Introducción

En general se está de acuerdo en que era necesario un enriquecimiento del rito romano y en el hecho de que la constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, se corresponde en muchos de sus puntos con las necesidades legítimas de la pastoral actual. No obstante, no faltan quienes tienen un juicio negativo acerca de las reformas realizadas porque reflejan el espíritu neoplatónico de la Nouvelle Theologie sin tener en cuenta la Tradición católica[10]. De este modo rechazan la liturgia nueva que habría ido demasiado lejos en sus nuevas elaboraciones.

La concepción de los movimientos litúrgicos de los años veinte y treinta del siglo pasado es la que han encontrado sus expresiones en la constitución conciliar y de manera particular en las ideas de Romano Guardini y Pius Parsch[11]. El primero era un pensador sutil de la investigación de las leyes internas del culto divino y el segundo, el celoso pastor de almas que deseaba iniciar al pueblo de Dios en los tesoros del Misal Romano y en el rezo del Breviario. No obstante, ni el uno ni el otro eran investigadores, propiamente dichos, del camino de la historia de la liturgia, sus conocimientos eran demasiado parciales e insuficientes como para construir sobre ellos una reforma definitiva de la Santa Misa. De manera especial, les faltaba haber tenido contacto con la liturgia de la Iglesia de Oriente a fin de poseer una visión litúrgica más amplia.

Al comienzo de la reforma litúrgica se comprobó cómo los fieles no se encontraban preparados para las innovaciones, que ellos no habían solicitado en modo alguno y les fueron impuestas, por supuesto en nombre del pueblo, desde los laboratorios de los liturgistas de moda. Así se desechaba la enseñanza de la propia constitución conciliar: «No se harán innovaciones, solamente si la utilidad de la Iglesia las exige verdadera y ciertamente»[12].

Hasta entonces, el Santo Sacrificio de la Misa se había caracterizado, sobre todo, por las formas y usos tradicionales. Desgraciadamente, se ha pasado, exageradamente, a poner el acento de la liturgia en la actividad de los participantes, dejando en un segundo plano los elementos propios del culto católico. Lo cual no ha hecho más que empobrecer y degradar cada vez más la liturgia de la Iglesia. Actualmente, se echa en falta en gran manera la solemnidad propia en todos lo actos de culto sustituidos por una austeridad litúrgica propia del calvinismo.

La liturgia tradicional es despreciada, especialmente por los pastores, so pretexto de ser anticuada, no quieren imaginarse perdiendo el tren de la evolución moderna de la sociedad. Aquella antigua liturgia de más de mil años, a la que el pueblo cristiano se encontraba aferrado, le servía como vehículo para su piedad. Por lo que no es de extrañar que la destrucción de la primera haya colaborado a la desaparición de la segunda. Los responsables de la Iglesia no han querido escuchar la voz de los que no han cesado de advertirles, pidiéndoles no suprimir el Misal Romano tradicional y solamente autorizar la liturgia nueva ad experimentum.

He aquí hoy día cual es desgraciadamente la situación: los obispos callan ante las experimentaciones litúrgicas más desnaturalizadas e incluso sacrílegas, pero amenazan o reprimen severamente al sacerdote que, por razones objetivas o de conciencia, se mantiene en la antigua liturgia.

Lamentablemente, la ruptura con la Tradición se ha consumado: por la introducción de la nueva forma de celebración; y, aún más por la libertad concedida tácitamente por la jerarquía de organizar libremente la celebración de la Misa; sin que se pueda entrever en todo esto un avance substancial desde el punto de vista pastoral. En cambio, se constata una gran decadencia de la vida cristiana. Por consiguiente, puede decirse que las esperanzas que se depositaron en la reforma litúrgica no se han realizado en absoluto.

[1] Cf. Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Cristiandad, Madrid 2007.

[2] Cf. Alfredo Ottaviani-Antonio Bacci, Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, Rio Reconquista, Buenos Aires 2015, 10.

[3] Cf. Annibale Bugnini, La reforma de la liturgia, BAC, Madrid 2017; Giuseppe Alberigo, Historia del concilio Vaticano II, Sígueme, Salamanca 1999-2008, 5 vols.; Breve historia del concilio Vaticano II, Sígueme, Salamanca 2015.

[4] Cf. Ralph Wiltgen, El Rin desemboca en el Tíber. Historia del concilio Vaticano II, Criterio, Madrid 1999, 77; Romano Amerio, Iota unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Criterio, Madrid 2003, 413; Brunero Gherardini, Vaticano II: Una explicación pendiente, Peripecia, Larraya 2011, 123; Michael Davis, El concilio del Papa Juan, Bonusprint, Buenos Aires 2013, 397; Roberto De Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Homo legens, Madrid 2018, 472.

[5] Cf. San Pío X, Motu proprio Tra le sollecitudini. Sobre la música sagrada, 1903.

[6] Cf. J. A. Jungman, El sacrificio de la Misa. Tratado histórico-litúrgico, BAC, Madrid 1959, 78. Dicho liturgista jesuita fue miembro del Consilium que elaboró la Misa nueva.

[7] Sacrosanctum Concilium, n. 21.

[8] Cf. Ap 21.

[9] Para profundizar en esta cuestión, en clave divulgativa, recomendamos la magnifica obra de Scott Hahn, La cena del Cordero, Rialp, Madrid 2016.

[10] Cf. Cipriano Vagaggini, El sentido teológico de la liturgia, BAC, Madrid 1959, 302.

[11] Cf. Pius Parsch, El año litúrgico, Herder, Barcelona 1962; Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, CPL, Barcelona 2000.

[12] Sacrosanctum Concilium, n. 23.

2 comentarios en “La reforma de la liturgia romana (I)
  1. Pedagógicamente, interesantísimo.
    De las mejores aportaciones que habrá en Infovaticana.
    La liturgia era la piedra angular que había que destruir para que, posteriormente, derribar la Iglesia. Conocer toda la conspiración es fundamental.

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