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EL ÚLTIMO EXORCISTA. MI BATALLA CONTRA SATANÁS

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Padre Amorth-Paolo Rodari, Madrid 2012, 215 páginas

  1. La dramática voz de alarma de Pablo VI en 1972

Con una catequesis dedicada a Satanás, el Pontífice quiso desarrollar con mayor autoridad y de manera más amplia y completa la enseñanza que de manera más breve había pronunciado en su histórica homilía durante la solemnidad de San Pedro y San Pablo de aquel mismo año[1]. En aquella ocasión, denunció, como era habitual en él sin hacer la menor autocrítica de su apertura acrítica al mundo; la realidad innegable de la causa que explica la situación actual de descomposición de la Iglesia desde el concilio Vaticano II [2]: «A través de alguna grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia; se confía más bien en cualquier profeta profano, que nos viene a hablar desde algún periódico o algún movimiento social».

«¿Cómo ha ocurrido todo esto? Ha habido un poder; un poder adverso; digamos su nombre: el demonio. Este misterioso ser, al que se hace alusión tantas veces en el Evangelio, y por los mismos labios de Cristo. Es el enemigo del hombre. Sí, creemos en algo preternatural, venido al mundo, y ahora precisamente para perturbar; para sofocar los frutos del concilio, y para impedir que la Iglesia prorrumpiese en un himno de júbilo. Se creía que después del concilio, vendría un día de sol para la Iglesia y su historia. Más, por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de incertidumbre»[3].

«¿Cuales son las necesidades mayores de la Iglesia? Una de las necesidades mayores es la defensa del demonio. El pecado es la perversión de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, porque es separación de Dios, fuente de la vida; y, además, a su vez, ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en el mundo de un agente oscuro y enemigo, el demonio[4]. El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, una presencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene, como cualquier otra criatura, su origen en Dios; o bien lo explica como una pseudo realidad, una personificación conceptual y fantástica de las cusas desconocidas de nuestras desgracias. El conocimiento del mal es de suma importancia para nuestra justa concepción cristiana del mundo, de la vida, de la salvación».

«Cristo, refiriéndose al demonio en tres ocasiones como a su adversario, lo denomina “príncipe de este mundo”[5]. Y la incumbencia de esta nefasta presencia está señalada en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento. San Pablo lo llama “el dios de este mundo”[6]. Y nos pone en guardia sobre la lucha a oscuras que los cristianos debemos mantener no con un solo demonio, sino con una pluralidad pavorosa: “Revestíos de la coraza de Dios para poder hacer frente a las asechanzas del diablo, que nuestra lucha no es sólo contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos de los aires”»[7].

«Y que se trata no de un solo demonio, sino de muchos, diversos pasajes evangélicos nos lo indican; pero uno es el principal: Satanás que quiere decir el adversario, el enemigo[8]. Y con él muchos, todas criaturas de Dios, pero caídas -porque fueron rebeldes- y condenadas; todo un mundo misterioso, revuelto por un drama desgraciadísimo»[9].

«Conocemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diabólico que afectan a nuestra vida y a toda la historia. El demonio está en el origen de la primera desgracia de la humanidad; él fue el tentador engañoso y fatal del pecado original[10]. Por aquella caída de Adán el demonio adquirió un cierto dominio sobre el hombre, del que sólo la redención de Cristo pudo liberar. Es una historia que sigue todavía: recordemos los exorcismos del Bautismo y las frecuentes alusiones de la Sagrada Escritura y la liturgia a la agresiva y opresora “potestad de las tinieblas”»[11].

«Es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos también que este ser oscuro y perturbador existe de verdad y de que con alevosa astucia actúa todavía; es el enemigo oculto que siembra errores e infortunios en la historia. Él es “homicida desde el principio y padre de toda mentira”, como lo define Cristo; es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre. Es el pérfido y astuto encantador, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de los desordenados contactos sociales en el juego de nuestro actuar, para introducir en él desviaciones, tanto más nocivas cuanto que en apariencia son conformes a nuestras estructuras físicas o psíquicas o a nuestras instintivas y profundas aspiraciones[12]».

«Este capítulo sobre el demonio y sobre la influencia que puede ejercer, tanto en cada una de las personas como en comunidades, sociedades enteras o acontecimientos, sería un capítulo muy importante de la doctrina católica que debería estudiarse de nuevo, mientras que hoy se le presta poca atención. Piensan algunos encontrar en los estudios psicoanalíticos y psiquiátricos o en experiencias espiritistas, hoy difundidas por muchos países, una compensación suficiente. Se teme volver a caer en viejas teorías maniqueas o en terribles divagaciones fantásticas y supersticiosas. Muchos positivistas, luego prestan fe a supersticiones gratuitas mágicas o populares, como igualmente a las seducciones ideológicas de los errores de moda; fisuras estas a través de las cuales penetra fácilmente el Maligno y altera la mentalidad humana. No se ha dicho que todo pecado se deba directamente a la acción diabólica[13]. Pero, sin embargo, quien no vigila con cierto rigor sobre sí mismo se expone a la influencia del misterio de iniquidad[14]».

«¿Existen señales, y cuales, de la presencia de la acción diabólica? ¿Y cuales son los medios de defensa contra un peligro tan insidioso? Podremos suponer una acción siniestra allí donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde[15]. Donde el espíritu del Evangelio es desmentido; donde la desesperación se afirma como la última palabra».

«A la otra pregunta sobre qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio, la respuesta es más fácil de formular. Todo lo que nos defienda del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia adquiere un aspecto de fortaleza. La pedagogía apostólica ha simbolizado en la armadura del soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano[16]. El cristiano debe ser militante; debe ser vigilante y fuerte; y debe recurrir a algún ejercicio ascético especial para alejar ciertas incursiones diabólicas[17]».

A propósito de las reacciones, dentro y fuera de la Iglesia, causadas por a las palabras de Pablo VI apunta el cardenal Ratzinger con justificada ironía: «Una y otra vez surgieron los clamores y protestas; y curiosamente por parte de aquellos periódicos y comentaristas a los que parece que no debería importarles nada la reafirmación de un aspecto de la fe que dicen recusar en su totalidad»[18].

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  1. La verdad de la existencia del demonio

Ante todo, hay que encuadrar el problema de la existencia demoníaca, cuestionada, silenciada o abiertamente negada por buena parte de teólogos y pastores durante tanto tiempo y que de ese modo ha sido transmitida a los fieles ¿Cabe la posibilidad de que el origen de esta actitud se encontrara en el hecho de que el Vaticano II no hable del infierno? «En los años del concilio y en los siguientes fueron muchos los teólogos, desde Hans Kung hasta Karl Rahner, desde Urs Von Balthasar hasta Edward Schillebeckx, que redujeron el infierno a una representación mitológica o que, aún admitiendo su realidad, consideraron que estaba vacío. La negación o redimensionamiento del infierno fue la consecuencia de una insistencia, muchas veces obsesiva, sobre la misericordia divina, que llevó a dejar completamente a un lado el papel de la divina justicia. Las consecuencias estaban predestinadas a ser desastrosas, en orden a la responsabilidad personal de los hombres respecto a la fe y a la moral de la Iglesia»[19].

Dichos ministros interpretan a Satanás como un simple mito o un símbolo genérico del mal[20]. «El silencio sobre estas verdades de nuestra fe, en el ámbito de la predicación y de la catequesis, es causa de la desorientación entre el pueblo fiel»[21]. «Casi siempre que Cristo predica, lo hace en clara referencia a la salvación y a la condenación finales. En muchas iglesias, sin embargo, esta dimensión soteriológica (salvífica) ha desaparecido prácticamente, tanto de la catequesis como de la predicación»[22].

«El Vaticano II se olvidó del infierno casi totalmente, lo que lamentó algún Padre conciliar al tratarse del carácter escatológico de la vocación cristiana. En los textos conciliares el infierno no se menciona nunca con su término léxico propio, y tan sólo una vez tangencialmente con la perífrasis “fuego eterno”. A la doctrina misma del infierno no se encuentra dedicada ninguna perícopa. Pablo VI lamentó en uno de sus discursos que “las palabras sobre el paraíso y sobre el infierno ya no se escuchan”[23]. Pero lo que debería lamentar es que los responsables sean los sacerdotes: si estos callan no pueden los fieles escuchar ese discurso. Desaparecido de la enseñanza, el infierno ha desaparecido de las creencias de las multitudes, se lo niega en su esencia (la eternidad) o aparece reducido, como en el epicureísmo, a un puro mito alusivo a la pena inmanente padecida por la conciencia culpable»[24].

«Según una estadística publicada por L´Osservatore Romano el 19 de noviembre de 1970 sobre la religiosidad del pueblo de Roma, resulta que el 50% de los que se declaran católicos no cree en el infierno»[25].

«Un silenciamiento sistemático y prolongado de una determinada verdad equivale a su práctica negación. Un ejemplo, la verdad del infierno. Jesús conoce bien la posibilidad de una condenación eterna, y como ama mucho a los hombres y desea su salvación, habla con frecuencia de “la gehena y del fuego que nunca se apaga”[26]. Habla con mucha frecuencia ¡Cómo no va a hacerlo! Pues bien, hoy, al contrario, es muy frecuente el predicador que jamás, nunca, predica sobre el infierno. Habrá que pensar que no cree en él. O que, si cree, y nunca lo menciona, es que no ama de verdad a los hombres»[27].

La doctrina católica acerca de Satanás se halla sintetizada en el Catecismo y ampliada por la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Las afirmaciones sobre el diablo son asertos indiscutidos de la conciencia cristiana; si bien la existencia de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática, es precisamente porque parecía superflua, ya que tal creencia resultaba obvia para la fe constante y universal de la Iglesia, basada sobre su principal fuente, la enseñanza de Cristo, y sobre la liturgia, expresión concreta de la fe vivida, que ha insistido siempre en la existencia de los demonios y en la amenaza que estos constituyen»[28].

Satanás es una persona y junto a él se encuentran todos aquellos ángeles que, habiéndose negado a obedecer a Dios, se convirtieron en demonios, rebeldes y malditos por toda la eternidad[29]. El pecado por el que fueron condenados eternamente solo pudo ser soberbia, orgullo y envidia[30]. «Dado el carácter angélico del entendimiento y de la voluntad de los demonios quedaron obstinados en el mal, de manera que alcanzaron de forma instantánea su estado definitivo. Una ulterior “oportunidad” por parte de Dios sería algo así como ofrecérsela a los condenados»[31].

  1. La acción del diablo

Es de dos tipos, la actividad principal u ordinaria, consiste en tentar al hombre para que cometa el pecado, buscando su alejamiento de Dios[32]. Todos estamos sometidos a la acción tentadora del demonio, y durante toda la vida; hasta el mismo Cristo también la experimentó[33]. Por lo que es necesario vigilar, orar y evitar las ocasiones de pecado[34]. Solos seremos vencidos en la lucha contra Satanás mientras que unidos a Cristo por la participación en su vida divina, la gracia santificante, le venceremos[35].

La actividad extraordinaria del demonio consiste en procurar molestias particulares, excepcionales; esto ocurre en ocasiones por culpa nuestra; pero también puede suceder por la acción de otros[36]. El P. Amorth clasifica estos males en cuatro categorías.

a) Posesión

Ocurre cuando el diablo entra en el cuerpo humano y se manifiesta con gestos y palabras, no obstante Satanás no puede jamás apoderarse de un alma a menos que ella lo consienta[37]. Los ángeles, y nunca puede olvidarse que los demonios son ángeles, aunque caídos; tienen cierto poder sobre la materia corporal, de ahí que puedan influir sobre las pasiones, pero no directamente sobre la voluntad. Ese poder sobre el mundo material explica los casos de posesiones que «obedecen siempre a una permisión divina ya que no son la situación normal de un ser humano»[38]

b) Vejación

El demonio ataca a una persona con sufrimientos y maleficios, actuando en el plano de la salud, de los afectos o del trabajo. Se trata de un caso extremadamente difícil de discernir pues, aunque estos males procedan de Satanás, lo son de forma indirecta, no evidente; hasta el punto de parecer fenómenos naturales. Por tanto, las personas afectadas, a menudo incomprendidas por sacerdotes y obispos, buscan ayuda en los brujos. En consecuencia, los problemas no dejan de aumentar ya que la eficacia de la magia proviene del reino de las tinieblas.

En este punto es útil recordar que la así denominada «magia blanca», es decir la que se realiza con un buen fin, no pueda utilizar el poder del Maligno para atraer beneficios y eliminar el mal. La magia siempre es negra y maléfica incluso cuando falsamente es presentada como buena.

c) Obsesión

Son perturbaciones que afectan a la serenidad interior de la persona, a su equilibrio psico-emotivo. Satanás ataca causando profunda turbación, angustia profunda y fuertes tormentos íntimos[39].

d) Infestación

Se refiere a aquellos maleficios que afectan a los objetos y animales[40].

Todos estos males particulares, que sin embargo nunca tienen poder sobre el alma, se reciben principalmente por cuatro motivos.

a) Por la libre iniciativa del demonio

Dios, en virtud de la libertad concedida a las criaturas, no quiere positivamente, pero tolera que Satanás obre el mal, aunque ese mal no sea la voluntad de Dios. No se trata tanto de una permisión divina al mal cuanto de una no intervención inmediata suya. Los motivos de esta voluntad divina se escapan a nuestro entendimiento limitado, no obstante: «Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman»[41]. No han sido pocos los santos que han sido atacados por posesiones, vejaciones, obsesiones, y se han santificado a través de esas durísimas pruebas como Santa Gema Galgani. Asimismo, tampoco han faltado los santos que, sin ser exorcistas, también liberaron a muchos endemoniados en virtud de la fe, la oración y la penitencia; en definitiva, la santidad de Dios de la que eran partícipes, como, por ejemplo: Santa Catalina de Siena, el Santo Cura de Ars, San Pío de Pietrelcina o San Leopoldo Mandic.

b) Por frecuentar personas o lugares peligrosos

Como brujos, astrólogos, grupos satánicos, sesiones espiritistas o de guija, etc[42].

c) Por la persistencia en el pecado mortal

Con el paso del tiempo el alma se endurece en el pecado, el mal se enraíza profundamente en la mente y la voluntad de la persona. La ausencia absoluta de pecado en Jesucristo debido a su divinidad es el motivo de su dominio sobre los demonios[43]. «Viene el príncipe de este mundo, que en mí no tiene nada»[44].

d) Por los maleficios

Suele ser la causa más común que abarca el 90% de los casos y que no depende del que recibe los males. El maleficio es un mal realizado con la colaboración del demonio. Solamente pueden realizarlo los brujos que se encuentran realmente en contacto con el diablo, no por charlatanes y estafadores. Existen varias formas de maleficio como los hechizos, ataduras, mal de ojo, etc. El culpable de estos males es quien ordena el maleficio y quien lo lleva a cabo[45].

  1. Cristo ha transmitido su autoridad a la Iglesia para que expulse a Satanás

Jesucristo confirió este poder, primero a los doce apóstoles, y luego a los 72 discípulos; finalmente, aunque de manera diferente, lo extendió a todos los creyentes: «Éstos son los signos que acompañarán a los que creen: en mi nombre arrojarán los demonios»[46]. No obstante, el exorcismo solo puede realizarlo un sacerdote autorizado por su obispo como oración oficial y pública hecha en nombre de la Iglesia, de ahí que sea la más eficaz[47].

Durante 36 años, el P. Gabriele Amorth fue el principal exorcista del Vaticano y de la diócesis de Roma que ya en 2013 cifraba en más de 160.000 lo exorcismos que había realizado. Hasta su fallecimiento en septiembre de 2016, a los 91 años, se enfrentó a lo largo de su fecundo ministerio a innumerables encuentros donde podía mirar a Satanás a los ojos y que fueron el tema de muchas entrevistas concedidas por el sacerdote a medios de comunicación del mundo entero, así como a una abundante bibliografía[48]. Esta obra que tratamos es, posiblemente, la que mejor condense su pensamiento. Nuestro tiempo tiene graves dificultades para aceptar la realidad del demonio, empezando por la propia jerarquía como este exorcista no dejó de denunciar «a tiempo y a destiempo», es decir rompiendo la dictadura de la corrección política que se ha impuesto en la Iglesia[49]. Sin embargo, detrás de la dimensión oscura y perturbadora de las historias reveladas por el P. Amorth, quedan dos lecciones fundamentales:

a) La realidad del demonio y su actuación en el mundo principalmente durante la época de la historia en la que su existencia es menos creída que nunca.

b) Satanás puede combatirse y ser derrotado por medio de la gracia santificante, sin embargo, para ello se necesita que los obispos crean en su realidad completa (existencia y actuación) y nombren exorcistas preparados para combatirlo. La fuerza de los hechos (es decir el aumento de los casos) y el ministerio del P. Amorth, en este punto, ha producido un cambio de mentalidad en varias diócesis.

Otra característica del pensamiento y obra exorcística del P. Amorth, aunque esta secundaria, fue su vehemente y continuada repulsa al nuevo Ritual de exorcismos, fabricado después del Vaticano II sobre los nuevos presupuestos teológicos irenistas y eclécticos que se pusieron de moda a partir de 1965 hasta nuestros días coincidiendo con la nouvelle theologuie[50]. El Padre Amorth siempre aprovechaba la ocasión que le brindaban los medios católicos para arremeter contra el nuevo Ritual denunciando los graves errores de base de los que parte. Algunas de sus respuestas a esta interesante entrevista sirven también para describir y así comprender mejor el estado actual en el que se encuentra la Iglesia salida del último concilio, especialmente en materia episcopal y litúrgica.

«Los exorcistas no estamos de acuerdo con muchos puntos del nuevo Ritual. Por ejemplo, se afirma categóricamente que está prohibido hacer exorcismos en caso de maleficios[51]. Absurdo. El antiguo Ritual Romano explicaba cómo afrontarlos. Los maleficios son con mucho la causa más frecuente de posesiones o de males causados por el demonio: no menos del 90%. Además, afirma solemnemente que no se deben hacer exorcismos si no se tiene certidumbre de la presencia del diablo[52]. Es una obra maestra de la incompetencia: la certidumbre de que el diablo está presente en una persona sólo se tiene haciendo un exorcismo. Por lo demás, los redactores no se han dado cuenta de que en ambos puntos han contradicho al Catecismo de la Iglesia Católica, que indica que hay que hacer el exorcismo tanto en el caso de posesiones diabólicas como en los casos de males causados por el demonio[53]. Y dice además que hay que hacerlo tanto sobre las personas como sobre las cosas. Y en las cosas nunca está presente el demonio, sólo su influencia. Las afirmaciones contenidas en el nuevo Ritual son gravísimas y muy dañosas».

«Ninguno de los que han colaborado en su redacción han realizado exorcismos. Los exorcistas nunca fuimos consultados en su elaboración. Nuestras observaciones fueron muchas, artículo por artículo, y se las hicimos llegar a todas las partes interesadas: Congregación para el Culto Divino, Congregación para la Doctrina de la Fe, conferencias episcopales. Una copia fue entregada directamente al Papa. La acogida fue pésima. Chocamos con un muro de rechazo y de desprecio. El nuevo Ritual es inutilizable e ineficaz en la lucha contra el demonio. Querían darnos un fusil sin balas. Se han eliminado oraciones eficaces, oraciones que tenían doce siglos de historia, para crear otras nuevas, ineficaces. Gracias a una maniobra in extremis del cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se nos autorizaba a poder seguir usando el antiguo Ritual Romano para que evitáramos los grandes errores contenidos en el nuevo Ritual».

«Tenemos un clero y un episcopado que han dejado de creer el demonio, en los exorcismos, en los males extraordinarios que puede acarrear el diablo, ni en el poder que ha concedido Jesús de expulsar a los demonios. Los exorcistas, que tocamos con nuestras propias manos cada día el mundo del más allá, sabemos que Satanás ha metido mano en muchas reformas litúrgicas. El concilio Vaticano II había pedido que se revisaran algunos textos[54]. Desobedeciendo esta orden, lo que se ha hecho es rehacerlos completamente, empeorando las cosas en lugar de mejorarlas; por esa manía de querer deshacerse de todo lo que había ya en el pasado para rehacerlo de nuevo. Como si la Iglesia hasta el día presente lo único que hubiera hecho fuera embrollar y engañar, y como si sólo hoy dispusiera de grandes genios, de superteólogos, de superbiblistas, de superliturgistas, que saben darle a la Iglesia lo que es más justo».

«Una patraña: el último concilio simplemente había pedido que se revisaran los textos, no que se destruyeran. Había oraciones que cuentan con doce siglos de experiencia. Antes de eliminar oraciones tan antiguas, que han resultado eficaces durante siglos, habría que pensárselo dos veces. Las oraciones del nuevo Ritual son totalmente ineficaces. Se ha empeorado también el rito del nuevo Bendicional. He leído minuciosamente todas sus 1.200 páginas. Se ha eliminado todas y cada una de las referencias al hecho de que el Señor ha de protegernos contra Satanás, que los ángeles nos protegen del asalto del demonio. Antes había que bendecir y protegerlo todo, pero hoy la protección contra el demonio no existe. Tampoco existen ya las defensas y ni si quiera las oraciones contra él»[55].

«Si nos fijamos en las oraciones del Bendicional, efectivamente no se hace mención explícita alguna para proteger del Maligno. Pero siguiendo el axioma lex orandi lex credendi, si se elimina algo de la lex orandi esto repercute en la lex credendi: se deja de creer en el demonio. Algo parecido ocurre con el Ritual de la Unción de enfermos y del viático: se han eliminado las referencias al Maligno, que sí estaban explicitadas en el ritual antiguo, por lo que se repercute en la lex credendi ¿Se cree hoy en la presencia y acción del Maligno que trata de perturbar y alejar de Dios a los enfermos y moribundos?»[56].

Y en otra entrevista concluye el P. Amorth: «En la Iglesia Católica se ha abandonado casi completamente el uso de los exorcismos, considerándolos una herencia de los “siglos oscuros”. La jerarquía católica debe darse golpes de pecho si se difunden cada vez más las prácticas esotéricas y las sectas satánicas, es también culpa suya. Se ha cometido el pecado de omisión en la enseñanza del demonio y en ofrecer remedios a los fieles que éste ataca. Es mejor quedarse con el Ritual Romano preparado hace más de tres siglos»[57].

Juan Pablo II recordaba cómo: «Hay épocas en que la existencia del mal entre los hombres se hace singularmente evidente en el mundo. El hombre actual no quiere ver ese problema. Hace todo lo posible por eliminar de la conciencia general la existencia de esos dominadores de este mundo tenebroso, esos astutos ataques del diablo de los que habla la Carta a los Efesios. Con todo, hay épocas históricas en las que la verdad de la revelación y de la fe cristiana, que tanto cuesta aceptar, se expresa con gran fuerza y se percibe casi palpable»[58].

Causa sorpresa cómo en la época en que «los signos de los tiempos» se han elevado a categoría teológica suprema se niegue la presencia y acción del diablo en el mundo. Solamente así puede vislumbrarse correctamente el gravísimo error que supuso la eliminación del exorcismo a San Miguel Arcángel al final de la Santa Misa. No cabe la menor duda, es un dato empírico verificable para cualquier católico, de que la supresión de dicha oración y el silenciamiento de la doctrina católica sobre Satanás coincidan con el auge de su poder en las almas, las sociedades y la propia Iglesia. El Papa Francisco ha pedido que se rece este exorcismo, de «peligroso lenguaje preconciliar», al final del Rosario durante el mes de octubre. Esperemos que pronto ordene su inclusión al final del rito de la Misa como se venía haciendo desde la visión terrorífica que el Papa León XIII tuvo de la Iglesia siendo acosada por una multitud de demonios[59]. No es una cuestión de menor importancia que otras a las que Bergoglio ha prestado una gran interés como el cambio climático, la selva amazónica o la contaminación de los automóviles[60].

[1] Cf. Ricardo de la Cierva, La hoz y la cruz. Auge y caída del marxismo y de la teología de la liberación, Toledo 1996, 82; Historia esencial de la Iglesia Católica en el siglo XX. Asalto y defensa de la roca, Toledo 1997, 235.

[2] Cf. Roberto de Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid 2018, 463.

[3] Pablo VI, Homilía, 29-6-1972.

[4] Rom 5, 12.

[5] Cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11.

[6] 2 Co 4, 4.

[7] Ef 6, 12.

[8] Cf. Lc 11, 21; Mc 5, 9.

[9] Cf. DS 800-428.

[10] Cf. Gn 3; Sab 1, 24.

[11] Cf. Lc 22, 53; Col 1, 13.

[12] Cf. Jn 8, 44.

[13] S. Th. I, q. 104, a. 3.

[14] Cf. Mt 12, 45; Ef 6, 11; 2 Tes 2, 3-12; 1 Pe 5, 8.

[15] Cf. 1 Cor 16, 22.

[16] Cf. Rom 13, 12; Ef 5, 11; 1 Tes 5, 8.

[17] Pablo VI, Audiencia general, 15-11-1972.

[18] Joseph Ratzinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, Madrid 1985, 153.

[19] Roberto de Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid 2018, 322; Cándido Pozo, Teología del más allá, Madrid 2008, 138.

[20] Cf. J. José Alviar, Escatología, Pamplona 2004, 255; Justo Luis R. Sánchez de Alva-Jorge Molinero, El más allá. Iniciación a la Escatología, Madrid 2011, 171; Aurelio Fernández, Yo no moriré. La vida después de la muerte. La escatología cristiana, Madrid 2015, 113.

[21] Conferencia Episcopal Española, Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del concilio Vaticano II, Madrid 2006, 40.

[22] José María Iraburu, Infidelidades en la Iglesia, Pamplona 2005, 71.

[23] L´Osservatore Romano, 29-4- 1971.

[24] Romano Amerio. Iota unum. Historia de las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Madrid 2003, 465.

[25] Ibíd.

[26] Catecismo de la Iglesia Católica, 1034.

[27] José Mª Iraburu, Infidelidades en la Iglesia, Pamplona 2005, 10.

[28] Congregación para la Doctrina de la Fe, Fe cristiana y demonología, 26-6-1975; Catecismo de la Iglesia Católica, 391, 392, 414, 2851; Aurelio Fernández, Teología dogmática. Curso fundamental de la fe católica, Madrid 2009, 1034.

[29] S. Th. I, q. 63, a. 1, 5, 6; Michael Schmaus, Teología dogmática, vol. VII, Los novísimos, Madrid 1961, 467.

[30] S. Th. I, q. 63, a. 1, ad 4.

[31] Eduardo Vadillo Romero, Breve síntesis académica de teología, Toledo 2009, 196; Eudaldo Forment, Catecismo de la Suma contra los gentiles, Alicante 2015, 219.

[32] Cf. Joseph Ratzinger, Escatología, Barcelona 2007, 232; Congregación para la Doctrina de la Fe, Temas actuales de Escatología. Documentos, comentarios y estudios, Madrid 2003, 92.

[33] Cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13; Catecismo de la Iglesia Católica, 538, 40, 566, 2119.

[34] Cf. Mt 26, 41; Catecismo de la Iglesia Católica, 407, 409

[35] Cf. Jn 15, 5; Catecismo de la Iglesia Católica, 2850, 2853, 2854; José Mª Iraburu, Reforma o apostasía, Pamplona 2011, 18.

[36] Catecismo de la Iglesia Católica, 394, 395, 398, 2851, 2852.

[37] Cf. Ludwig Ott, Manual de Teología dogmática, Barcelona 1968, 203.

[38] Eduardo Vadillo Romero, Breve síntesis académica de Teología, Toledo 2009, 197; Javier Abárzuza, Teología del dogma católico, Madrid 1966, 1456.

[39] Cf. Santiago Cantera Montenegro, Ángeles y demonios. Criaturas espirituales, Madrid 2015, 152.

[40] Catecismo de la Iglesia Católica, 1653; José Antonio Sayés, El demonio ¿Realidad o mito? Valencia 2008, 151.

[41] Rom 8, 28.

[42] Cf. Angelo Scola (dir.), Sectas satánicas y fe cristiana, Madrid 1998, 23; José Rivera-José Mª Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, Pamplona 2008, 215.

[43] Catecismo de la Iglesia Católica, 421, 447, 539, 550, 566, 635, 636, 1086, 1708.

[44] Jn 14, 30.

[45] Catecismo de la Iglesia Católica, 2113, 2116, 2117; Enrique Pardo Fuster, Fundamentos de teología bíblica católica, vol. II, Pamplona 1994, 433; Luis Godtsseels, Biblia temática. Diccionario temático de los textos bíblicos, Madrid 2008, 174.

[46] Mc 16, 17; Catecismo de la Iglesia Católica, 1506.

[47] Catecismo de la Iglesia Católica, 517, 550, 1237, 1673; Xavier Leon-Dufour, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona 2205, 221.

[48] Cf. Gabriele Amorth, Habla un exorcista, Barcelona 2005; Padre Amorth-Marco Tosatti, Memorias de un exorcista. Mi lucha contra Satanás, Barcelona 2010; Madrid 2010; Padre Amorth-Roberto Ítalo Zanini, Más fuertes que el mal. El demonio: reconocerlo, vencerlo y evitarlo, Madrid 2010; Padre Amorth-Paolo Rodari, El signo del exorcista. Mis últimas batallas contra Satanás, Madrid 2013; La mujer que venció al mal. El Evangelio de María, Madrid 2013; El diablo, Madrid 2014; Mi encuentro con el diablo, Madrid 2015; Padre Amorth-Stefano Stimamiglio, La misericordia vencerá al diablo. Seremos juzgados por el amor, Madrid 2016; Padre Amorth-Padre Sznurkowski, María contra el mal. La última entrevista al exorcista más famoso, Madrid 2017.

[49] Cf. Padre Amorth-Paolo Rodari, El último exorcista. Mi batalla contra Satanás, Madrid 2012, 153.

[50] Cf. Roberto De Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid 2018, 196.

[51] Ritual de exorcismos, n. 15, edición de 1999.

[52] Ritual de exorcismos, n. 16, edición de 1999.

[53] Catecismo de la Iglesia Católica, 1673.

[54] Sacrosanctum concilium, 23, 25, 79.

[55] Gabriele Amorth-S. M. Paci, «… Y líbranos del Maligno», 30 Días, 19, 2001, 28-34.

[56] Antonio Doñoro González, Exorcismos. Fuente y teología del Ritual de 1952, Toledo 2011, 25.

[57] José Antonio Sayés, El demonio ¿realidad o mito? Valencia 1997, 163-164.

[58] Juan Pablo II, Homilía en Munich, 3-5-1987.

[59] Cf. Gabriele Amorth, Un exorcista habla, Barcelona 2005, 37.

[60] Francisco, Laudato si, 2015, n. 20, 38, 153.

1 comentarios en “EL ÚLTIMO EXORCISTA. MI BATALLA CONTRA SATANÁS
  1. Qué grande padre Amorth!!!!!!!!!! Cuánto amor y entrega a Dios y al prójimo para dedicarse al exorcismo con tanta entrega.
    Ya estará disfrutando del cielo y seguirá ayudando en el combate al enemigo.
    Si aquí te temía…

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