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La memoria histórica y una anécdota de mi familia

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A tenor de la polémica generada por los profanadores de tumbas en el Valle de los Caídos, vale la pena reflexionar sobre la memoria histórica.

Dictaminar por ley una versión de la historia es totalitario y más si implica acciones como las de los talibanes con el derribo sistemático de estatuas impías, pero obviando lo evidente, reflexionemos sobre el propio nombre: memoria. ¿Por qué memoria y no simplemente historia? Pues seguramente tenga mucho que ver que la memoria sea algo fácilmente manipulable, más subjetiva e incierta que el propio análisis histórico y más cercana a lo emocional que a lo racional. En ella cabe de todo: bulos, exageraciones, errores, sesgos, y los abracadantes comentarios que hacen los comentaristas de barra de bar de toda la vida. Sin embargo, en la historia se tiende a lo contrario, si bien es cierto que siempre ha sido objeto de manipulación por el régimen de turno.

Si de memoria se trata, no nos queda más remedio que unirnos a la moda, no sea que el recuerdo sea derecho exclusivo de unos y no de otros. Mi abuelo solía contar que días antes de la guerra civil estuvo encarcelado en Marchena por el crimen de ser un señorito. Nunca se metió en política, tenía 17 años, y siempre presumió de no haber pegado un tiro. Su familia tenía la fábrica de harinas del pueblo (que pronto heredó), por lo que fue señalado. En la celda se encontró con varios amigos y todos temían por su vida, sobre todo porque cerca, en el pueblo de Paradas o Arahal, no recuerdo, habían encarcelado a varios burgueses y meapilas, y los habían quemados vivos. Repito, lo de mi abuelo fue antes de la guerra civil y no por unos descontrolados. Fue liberado precisamente días después del alzamiento nacional y gracias a la insurrección de varios mandos del pueblo.

Esta era la democracia republicana de la que muchos presumen. Imagínense que hoy día la gente no supiese si en cualquier momento varios policías pudiesen llevarse a Carabanchel a menores de edad sin saber qué destino iban a correr. Y aún muchos cuestionan si es legítimo levantarse contra esta situación.

El caso es que como esta historia era memoria, con los años llegué a ponerla en entredicho. Pensé que quizás todo eran exageraciones pero, varios años después, un amigo experto en genealogía me confirmó todo. Desde luego el suceso puede tener sus imprecisiones (para dirimirlas está la historia, y agradeceré correcciones de los comentaristas), pero lo fundamental parece a todas luces cierto.

Quizás la Iglesia sepa de la historia de la guerra civil, de sus conventos y de sus fieles, pero ande algo desmemoriada. Mi abuelo hubiese muerto. Yo no hubiese nacido. Y quizás esa sea la historia de tantos que se unen a esta moda del olvido selectivo envuelto en lecciones de moralidad.

1 comentarios en “La memoria histórica y una anécdota de mi familia
  1. Hacer olvidar o mejor borrar, la historia con la H o la h, es una de las herramientas más eficientes de las dictaduras. Sólo la verdad (en la caridad), sinónimo de libertad auténtico, sobre el pasado, puede permitir un presente y un futuro común, si no es la guerra perpetua hasta la muerte de los últimos testigos de lo ocurrido y la exterminación de los heraldos de lo verídico. Sufrimos hoy una terrible guerra contra verdad y realidad, en España y en muchos países.

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