XVIII encuentro de las Comunidades Cristianas Populares

CCP torrox 15 2           http://www.redescristianas.net/comunicado-final-del-xviii-encuentro-de-ccp-de-andalucia/ Vean las fotografías. No  son nada. No reúnen a nadie. En este caso no cabe aquello de que de ilusión también se vive porque aquí de ilusión también se muere. Los curas casados con nostalgias ministeriales, los curas obreros, estas comunidades, los Congresos de la Juan XXIII, los de Redes Cristianas, las manifestaciones ante el piso del cardenal Rouco y hasta las mismas órdenes y congregaciones religiosas en su mayoría se van. Algunos ya se han ido y los demás están ante una corta espera. Siguen dando la tabarra, acogida por los medios, pero las fotografías y las estadísticas, como el algodón, no engañan. Todo eso ya no existe o casi. Sus santones, los que todavía no se han ido al otro mundo, al geriátrico o al simple aburrimiento, están en puertas. Sus nombres no dicen ya nada a nadie y sus seguidores caben en tres taxis. No llegan ni para un autobús. Eso no lo levanta ni el Papa Francisco si se pusiera a ello. Que además no termina de ponerse. Una ilusión más marchitada de esta pobre gente. Yo veo con simpatía cordial aunque no ideológica esos encuentros cada vez más mermados por imperativo de los años. Conozco mucho a una persona que no se perdía varios de ellos, intentaba convencerme que ese era el futuro de la Iglesia y que lleva ya varios años sin asistir a ninguno pues apenas puede moverse por su casa con ayuda de un andador. La cabeza la sigue teniendo, con sus más de noventa años, en buen estado pero ya hace algún tiempo que no se atreve a decirme lo del futuro de la Iglesia. Por una elemental caridad no le recuerdo tanta ilusión vendida y ya perdida. Hablamos del tiempo, de sus achaques, de amigos que ya se han ido y de algunos que todavía quedan… La última vez que estuve con él me dijo, con cierto orgullo, que todavía bajaba al piso inferior donde se celebraba la misa diaria, que él concelebraba, sin ayuda de nadie. Se paró un momento y añadió. Bueno, con la ayuda de éste, y me señaló el andador, y del ascensor. Y luego me dijo: De cabeza estoy mejor que el que nos la celebra. Ante tanto patetismo, tanta vida frustrada y ya sin ilusiones, uno mira hasta con cierta simpatía a quienes todavía se niegan a reconocer un fracaso más que evidente. También pienso que seguramente Dios Nuestro Señor no va a ser muy duro cuando comparezcan ante Él pues muchos se embarcaron en esa aventura sin mañana, ya sin hoy, con buena voluntad aunque equivocada, de servirle. Y aquellos a los que el pecado, la tentación no superada, carencias de entendimiento y de voluntad o los motivos que fueren les llevaron al abandono de un estado asumido en su día con enorme ilusión y entrega, pues a confiar en quien es rico en misericordia. Y que nos perdona a todos nuestros muchísimos fallos. ¿Qué para eso se requiere arrepentimiento, al menos alguno, y en muchísimos no se advierte ni un ápice de ello? Pues sí. Pero es muy duro reconocer la equivocación y el fracaso. Aunque al ser tan espectacular algo tiene que haber en ellos de conciencia del mismo. Y de lo interno, ni la Iglesia. Pero algo habrá. La misa diaria de mi amigo, con su andador al lado, pronunciando todos los días las palabras que convierten el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Dios, y creo que en eso cree pues nunca fue persona de pantomimas, algo tienen que pesar ante el Señor. Y hasta diría, por supuesto que sometido al juicio de la Iglesia, que en las misas ilícitas pero válidas de esos curas casados que se empeñan en celebrarlas porque se siguen sintiendo sacerdotes, y lo son, aunque las celebren ilícitamente. Creo haber contado alguna vez una experiencia vivida hace ya muchos años. Un vecino de mi casa era joven sacerdote secularizado o en trámites de ello y con boda próxima. Otro vecino, mayor, de practica religiosa, se encontró una noche a morir, lo que aconteció esa misma noche o al día siguiente. Su hija, con la que vivía, de hondas convicciones religiosas, llamó al médico y a la parroquia pero en ésta nadie contestaba. Y acudió a la puerta del vecino conocedora de que había sido sacerdote. Tres o cuatro de la madrugada, llamada insistente en el timbre, y el joven, en pijama, que abre la puerta de la casa donde vivía con su madre. Mi padre se muere y pide confesión, llamo a la parroquia y no me contestan, ¿querrías absolverle tú? Largos segundos, seguramente algún minuto de vacilación. Hasta que le dijo: Ahora me visto y paso a tu casa. El anciano se confesó, el joven se casó y a mí me cuesta trabajo no creer que cuando ese chico, hoy ya maduro y probable padre de familia, del que nunca volví a saber nada, que aquella confesión no pese nada en las balanzas de Dios. Y seguro que en aquel anciano que voló al cielo limpio de los pecados que tuviere, cuando el cura secularizado comparezca en su juicio final va a tener un valedor en el cielo. Creo ser muy claro denunciando lo impresentable. Me parecen penosas esas asambleas vacías, vender el error como verdad, empecinarse en él y hacer el ridículo un día sí y otro también presentándonos realidades muertas e incluso malolientes. Pero yo no soy Dios, confío, incluso con interés personal, en su misericordia, y no voy a medir con mi pobre entendimiento sus altísimos juicios. Que deseo misericordiosos incluso con quienes tanto discrepo. La norma me la sé. Pero, ¿qué sabemos nosotros del peso de las cosas que Dios mide en sus altas balanzas de cristal? Hay evidencias naturales. Y una de ellas es el inmenso fracaso de unas vidas. Y no será porque bastantes venimos señalándolas desde hace muchos años. Hoy es simple realidad constatable por cualquiera. Católicos, ateos o mediopensionistas. Todo se les ha hundido, no queda nada o casi nada de aquello y lo que queda tiene los días contados. La responsabilidad de quienes lo procuraron con enorme empeño es indiscutible. Ellos hoy tocan la catástrofe que procuraron con celo digno de muchas mejores causas. Los pocos que ya quedan de ese colosal hundimiento. Ese juicio mío es incontestable. Pero no puedo pasar de ahí. El de Dios sobre ellos, para abrirles o cerrarles las puertas del cielo, ya no es cosa mía sino exclusivamente suya. Y sobre eso no puedo decir más que mi deseo, ante tanto error, tanto pecado y tanta vergüenza, es que impere la misericordia.

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