Recuerdo de Don Marcelo

DON MARCELO: PADRE Y PASTOR
La primera vez que vi a Don Marcelo fue en mi pueblo, cuando yo era un pequeño
monaguillo. Lo recuerdo vivamente. Era la mañana de un sábado, en el que se había
celebrado una boda. Cuando habíamos terminado de recoger todo y nos disponíamos
a regresar a casa, paró un coche frente a la puerta de la iglesia y vimos salir de él
unos señores. Solo recuerdo la alegría de nuestro párroco al saludar y recibir aquellos
desconocidos, entre los que se encontraba Don Marcelo, antiguo compañero de curso
en el Seminario Diocesano de Valladolid y, en aquel momento, arzobispo de Toledo
y primado de España. Todos habíamos oído hablar de él en aquel contexto rural, pero
nadie lo conocíamos.
Podéis imaginar la alegría y alborozo que se generó en aquel pequeño pueblo de
Castilla cuando se supo que había estado allí, aunque de modo rápido e inesperado,
una de las figuras más señeras de la Iglesia en España.
Don Marcelo pasaba por la carretera en dirección a Salamanca y, al percatarse de la
proximidad de mi pueblo, recordó a su antiguo compañero de estudios y tuvo la
delicadeza de desviar su ruta para dedicar unos minutos a un pobre sacerdote
olvidado en un pequeño pueblo de su antigua archidiócesis.
Años más tarde, puede ver y escuchar a Don Marcelo en Toledo y Valladolid; pero
fue sobre todo durante el periodo de estudios en Roma donde se me ofreció la
posibilidad de conocerlo mucho mejor. Residía en el Pontificio Colegio Español y él
lo visitaba frecuentemente. Conocí allí a don Santiago Calvo quien, en una ocasión,
se acercó a mí para transmitirme que el Señor Cardenal invitaba a comer fuera del
Colegio a los alumnos pertenecientes a la archidiócesis de Toledo, que eran
numerosos, a un presbítero de Astorga y a mí, único seminarista de Valladolid.
Todavía recuerdo su amabilidad, cercanía e interés por conocerme y actualizar su
información sobre personas y acontecimientos de la archidiócesis de Valladolid; pero
me admiró, también su preocupación por todos y cada uno de los presentes a través
de sus palabras y sus gestos.
Reconozco que quedé inmensamente admirado y agradecido por este encuentro
romano, no solo con el gran cardenal primado de España, sino con Don Marcelo,
aquel de quien tanto escuché hablar en el contexto rural de mi infancia con gran
fervor y cierto orgullo provinciano.
Terminados mis estudios romanos, fui enviado como párroco a unos pueblos del
Monte Torozos. Allí inicie mi ministerio presbiteral alternando quehaceres y
preocupaciones entre las dos parroquias encomendadas y numerosas fincas
diseminadas en la inmensa planicie de encinas y sembrados. Un día, víspera de la
solemnidad de la Epifanía del Señor, al regresar al atardecer de una de las parroquias
a mi casa en Villalba de los Alcores, se acercó una de las vecinas agitada y con cierta
preocupación. Me dijo que habían estado dos personas llamando a mi puerta, y
merodeando alrededor de la iglesia, a pesar del frío, durante bastante tiempo y que
preguntaron por mí. Ella les informó que estaba celebrando la misa en la otra
parroquia y con las actividades pastorales típicas de la víspera de Reyes. La vecina no
sabía quiénes eran, pero, tras varias explicaciones comprendí que se trataba de Don
Marcelo y su secretario, Don Santiago, que, camino de Fuentes de Nava, habían
hecho una parada en el pueblo para saludarme. ¡Podéis imaginar la alegría de un
joven sacerdote de veintisiete años al recibir esta noticia y una visita como esta!
Al día siguiente, traté de averiguar el teléfono del Cardenal llamando al bar de
Fuentes de Nava y finalmente pude contactar con él. Me invitó a ir esa misma tarde a
tomar café en su casa, y desde aquel momento todas las veces que iba a Fuentes de
Nava, durante las vacaciones navideñas y estivales, me llamaba para disfrutar de un
rato de encuentro y conversación, siempre encomiables, junto con otros sacerdotes
del pueblo, entre ellos el buen hermano y amigo Mons. Manuel Sánchez Monge.
Allí pude presenciar también sus últimos momentos de vida, cuando ya había perdido
su vigor físico y mental: y pude ser el primer sacerdote que rezó ante su cuerpo
expuesto en el salón de su casa, por invitación de Mons. Rafael Palmero, allí
presente.
¿Por qué recuerdo todo esto? Porque el recuerdo que me deja Don Marcelo, entre
otros muchos, no es solo el de una gran personalidad eclesial del siglo XX, -que la
historia se encargará de engrandecer-, sino también el de un pastor atento y diligente
con todos; y un padre, particularmente sensible con los seminaristas y sacerdotes.
¡Gracias Don Marcelo, fuiste un verdadero padre y pastor!
Aurelio García Macías
Obispo titular de Rotdon
Subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

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