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¿Todo vale en la casa de Dios?
El pasado 7 de noviembre, la Santa Iglesia Catedral se convirtió, insólitamente, en el escenario de una representación teatral titulada “Las honras de un gentil hombre”. El templo entero —desde el presbiterio hasta las capillas laterales, pasando por el claustro y la sala capitular— fue transformado en un espacio escénico donde se recreaba el funeral de un caballero del siglo XVI.
Lo grave no es solo el hecho de utilizar un espacio consagrado al culto divino para un espectáculo de carácter profano, sino el modo en que se hizo: invasión del presbiterio, uso de ornamentos litúrgicos auténticos como disfraces y participación activa de canónigos de la propia catedral.
Todo ello se presentó como una actividad cultural, con una entrada de 10 euros, cuya recaudación —según se ha indicado— iría destinada al arreglo del órgano de la catedral. Pero el fin no justifica los medios. Y menos cuando se vulnera el sentido sagrado del espacio, la dignidad de los signos litúrgicos y el respeto debido a la casa de Dios.
Este episodio no puede entenderse de manera aislada. Es un nuevo síntoma del desgobierno eclesial que se vive bajo el episcopado de Mons. Antonio Gómez Cantero, en el que los criterios pastorales parecen haberse sustituido por una peligrosa permisividad donde “todo vale” con tal de llenar los templos o justificar actividades culturales.
La catedral, que debería ser madre y modelo de todas las iglesias de la diócesis, se ha convertido —tristemente— en un espacio de confusión, donde se borra la frontera entre lo sagrado y lo profano. Lo ocurrido evoca aquellos tiempos oscuros en los que los espacios sagrados eran ridiculizados, convertidos en salas de verbena o en escenarios de banalidades que nada tienen que ver con la fe ni con la liturgia.
Resulta especialmente doloroso comprobar que este tipo de iniciativas no solo se permiten, sino que son auspiciadas por el propio deán de la catedral y por algunos de sus canónigos. Ante esto, la pregunta que queda en el corazón de muchos fieles es inevitable:
¿Hasta qué punto hemos perdido el sentido de lo sagrado?
¿Y hasta cuándo se seguirá tolerando que la casa de Dios se utilice para fines que contradicen su misma naturaleza?
Quizá haya llegado la hora de recordar que el templo no es un auditorio ni una sala de teatro. Es morada del Altísimo, lugar de adoración, oración y encuentro con Cristo. Y cuando se olvida esto, lo que se profana no es solo el edificio, sino también la conciencia de la Iglesia.