Y así lo manifiesta. Con inquietud. Y anunciando estar dispuesto a llegar a la verdad que da la impresión todavía no sabe cual es. Pues tiempo ya ha tenido aunque parece que no lo ha aprovechado bien, levantando no pocas ronchas. Dice que le mueven las mejores intenciones, que no quiere hacer daño a nadie y que es el primero que quiere encontrar y poner de manifiesto la verdad. Y para ello no le ahorra un viaje a su antecesor.
Tal vez ha comprobado que no es bueno llegar como elefante en cacharrería, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, que hoy todo se termina sabiendo y que el respeto hay que ganárselo y además es facilísimo perderlo.
El pontificado de Gómez Cantero en Almería ha comenzado muy mal y él es el primero en comprobarlo en su propia persona. Ya lo del mismo obispo coadjutor fue un notable error al que él colaboró aceptándolo. Aunque la mano negra no fuera la suya. Lo de González Montes, si fuera cierto lo que se le adjudicaba, que todavía no se sabe con seguridad, había que dejarlo morir de modo natural, quedaban poquísimos meses, o, si la situación fuera de notable gravedad, cesándole en el ejercicio ministerial. El parche del coadjutor que no coadyuvaba sino que apuntillaba resultó penoso. Y ya lo de dejar sin poderes al coadyuvado, más. Menuda coayuda. Eso era una defenestración. Y desde la mentira.
Que Don Adolfo intente reivindicar su buen nombre es normal. Otra cosa es que sea posible, que yo no lo sé. Que Don Antonio desee rectificar su poco afortunado comienzo episcopal, también. ¿Lo hace desde la verdad, la humildad y la caridad? Así lo deseo pero tampoco lo sé.
La diócesis de Almería precisa urgentemente una reconciliación aunque tampoco sé si la quieren de verdad quienes tienen que quererla.