Y no digamos ya a todos, todos y todos.
¿A los necios? ¡A los malvados? ¿A los pederastas? ¿A los rufianes? ¿A los embaucadores?
¿Y escucharles para qué?
¿Por la inmensa estupidez de escuchar sin sentido, sin finalidad, por hacer del oír cosas, por necias que sean, el objeto de nuestras vidas?
¡Amos vete, salmonete!