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LA AMISTAD DE CRISTO

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LA AMISTAD DE CRISTO

Todavía dolido por la homilía del domingo de Cristo Rey, ya comentada, quiero hoy glosar un libro fundamental titulado “La amistad de Cristo” escrito por Monseñor Robert Hugh Benson, inglés, autor de la conocida obra “Señor del mundo”, Buenos Aires, 2012, traducida al castellano por mi amigo el párroco hoy del “Señor del Milagro”, Jorge Benson, perseguido en Buenos Aires por el arzobispo Bergoglio, quien destruyó la magnífica obra que estaba realizando como párroco en el Bajo Belgrano. Durante su gestión fue inaugurada en el ámbito de la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, por el entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, Héctor Aguer, la capilla San Luis Rey, destinada a la comunidad francesa local, y Benson fue su capellán.

En el primer capítulo, titulado “Descubriendo al Cristo Amigo”, el autor escribe que “La amistad es una de las vivencias más fuertes y misteriosas de la vida humana… que no es una mera manifestación del sexo… ni una simpatía derivada de intereses comunes… ni una relación basada en el cambio de ideas… porque las amistades más profundas prosperan mejor en el silencio que en la conversación” (p. 7), silencio al cual ya se refiere Aristóteles.

La amistad vive en el ámbito de la gratuidad, tan escaso en el mundo de hoy, porque “no busca ganar ni producir nada. Al contrario, puede sacrificarlo todo… tiene en sí misma un cierto aire de eternidad” (p. 8).

Hay una amistad Suprema, a la que apunta toda amistad humana… porque conocer la persona, los atributos y las obras del Dios encarnado… conocer al Creador es incalculablemente más que conocer su creación”.

El amor de Cristo transformó a sus siervos en sus amigos y nos habla más de una vez en las Escrituras, clara y deliberadamente, de este deseo suyo de ser nuestro amigo.

Esta amistad se ofrece a todos, porque nuestro Señor es la luz que ilumina a todo hombre (Jn. 1, 9), es Su voz la que habla a través de la conciencia, más allá de lo defectuoso que pueda encontrarse ese instrumento” (p. 37).

El autor pone ejemplos de búsqueda de esa luz, entre los que cita a Marco Aurelio y a Confucio, porque “esto que decimos de la Amistad de Cristo, se brinda también a los no cristianos, sería terrible que no fuese así; porque en ese caso no podríamos afirmar que nuestro Salvador es, realmente el Salvador del mundo” (p. 37).

Existe una diferencia clave entre las iglesias católicas y los templos protestantes: las primeras están habitadas por la presencia del Santísimo y una luz la señala; las segundas están vacías. “Jesús habita hoy en nuestros Sagrarios tan ciertamente como vivió en Nazareth y en la misma naturaleza humana” (p. 40). Pero como bien aclara Benson “Jesucristo no viene directamente al Sagrario. Antes se presenta en el altar, en las palabras de Su sacerdote, y en la forma de una víctima” (p.41).

Los sacerdotes son “embajadores de Cristo, para anunciar el Evangelio… pero el acerdote “cuando trata de ser original, en lo sustancial, en el mensaje que debe transmitir, es infiel a dicha misión. Cristo no envía a su embajador a inventar nuevos acuerdos o alianzas de reconciliación sino a transmitir la divina alianza… que no sea oscurecida por esa originalidad” (p. 55).

Nuestro Dios trinitario, por medio de la Iglesia debe estar presente en toda sociedad política y ella “no es amiga de César, ni de ningún régimen que pretenda organizar la sociedad apartándose de Dios” (p. 90). Porque una sociedad sin Dios y sin templo en el cual sea honrado, es una ciudad inhumana.

Queremos cerrar este comentario con unos versos de nuestro amigo y maestro, Miguel Ángel Etcheverrigaray dedicados a Chesterton, parte de la Parábola de un cruzado, en la cual aparece Cristo como el Gran Amigo que un día nos trajo el sumo bien:

Y así, pensando y meditando, esta parábola sería

Una parábola que abarca del primero al último día,

Porque parábola cruzada de un Cruzado como fue éste,

Abarca al mundo (esfera y cruz) revestido de azul celeste.

Porque parábola de amigo que amó al amigo y enemigo,

Es semejante a la Parábola que nos narrara el Gran Amigo.

El Gran Amigo que a la tierra nos trajo un día el sumo bien:

El Gran Amigo del Cruzado que conquistó Jerusalén” (“El reino”, Medina del Río, Buenos Aires, 1953, p. 149).

Bernardino Montejano

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